De: Pablo Cerezal / Inmediaciones
A Álvaro Suite… profundidad, abrazo, talento y emoción

Hace ya siglos, paseando las callejas de tenderete y soroche de La Paz, en compañía de Miguel Sánchez-Ostiz, conversábamos conviniendo que lo primordial para un escritor, la máxima cima que este puede alcanzar, es lograr una voz propia. Para Miguel, que ha alcanzado los diversos ochomiles del arte literario, tal afirmación era una obviedad, pero para mí era un sueño. Las únicas cimas a mi alcance eran las de las viviendas que, como suspendidas del vacío, desordenan las paredes de esa ciudad vertical que es la metrópoli boliviana.

Todavía me quedan lejos las cimas de lo literario, a pesar de mis dedos como garfios desgarrando el teclado, a diario. Busco mi voz propia, con denuedo. Pero la literatura sigue siendo una novicia a la que deseo violar, con mi sexo de gramática errónea, contra el altar del pensamiento único (analmente, a ser posible, para incrementar así el efecto politícamente incorrecto de la infamia). Al final, todo queda en un ejercicio onanista de sílabas tartamudas y metáforas sin gracia. Además, si algún día alcanzo esa cima de la voz propia, lo único que contemplaré, desde tal altura, será mi soledad andina. Los lectores que no tengo habrán quedado lejos, comiendo raviolis de lata en el campo base.

Pienso que si un escritor necesita una voz propia, igual la necesita un músico… más, en el caso de ser, además, cantante.

El pasado año tuve la fortuna de asistir a un recital de Enrique Bunbury, debidamente acompañado de “sus” Santos Inocentes. Llegaba hasta Madrid, el aragonés errante, para presentar su nueva obra, Expectativas, y lo hacía cargado con la maleta de lo imprevisible, como hace siempre el artista que ha encontrado su voz propia. Porque, reincidiendo en lo literario, creemos conocer bien a un autor, cuando amamos el amarillo costumbre de sus páginas, sólo para que este nos sorprenda con un nuevo volumen en que se reinventa de amarillo hiedra. Pero, entre líneas, seguimos escuchando el caudal áureo de su voz inconfundible, como un regato de orín renovado y valiente. Igual ocurre con los buenos músicos. Igual en el caso de Bunbury, que aparenta cambiar de piel, en cada nuevo disco, cuando sólo desordena el ropero. También en cada nueva gira.

Así lo hizo, de nuevo, en Madrid, el pasado 8 de enero (ya saben, escribo con retraso, por llevar la contraria a la urgencia de los días). Del nuevo disco sólo sonaron cinco temas. El resto que cumplimentaron las dos horas de show emergieron de otras épocas, de trabajos anteriores, como lo harían los buques del Triángulo de las Bermudas si algún día fuesen rescatados de las profundidades: vestida de alga sin relojes su armazón, sí, pero renovada en fabulosos brillos al contacto con la luz de un nuevo sol.

En escena, aquellas canciones perdieron el óxido del tiempo sonando infinitamente nuevas, distintas, extrañas incluso hasta el punto de confundir a parte del público. Pero sonaron magistrales, y fueron pespunteando las costuras de tempo y compás que, en un vuelo nada improvisado, descubría a los espectadores el elegante modelo de alta costura en que se convirtió el recital. Ni siquiera la acústica errónea del local pude deslucir aquella pasarela de prodigios.

Enrique Bunbury, es obvio, ya ha alcanzado la cima de su propia voz, y su espectáculo con Los Santos Inocentes, apuntalado en una milimétrica escenografía de luminotecnia sobria y exacta, permitió al personal degustar en toda su amplitud la literatura con que la prosa firme del grupo engarza la lírica de este poeta de los escenarios que, vestido de blanco inmaculado, como de traje primera comunión o de piel naúfrago fronterizo, ejerce de chamán que acompaña, con su voz como caudal de monedas sin cruz, las de quienes, entre el público, celebran un viaje hacia las propias emociones tan revelador como el que se supone al de la ayahuasca. Una especie de exilio voluntario, mínimo, pero necesario, como todos, de tanto en tanto.

Bunbury añade tonalidades a su paleta de sonidos, inventando un lienzo que reordena el presente de sus himnos pretéritos con texturas de tiempo venidero. Croupier desmedido y feroz, baraja su dicción de melodías con los arpegios hieratismo frágil de Jordi Mena, el sutil galopar ritmos de Robert Castellanos, los fulgores en que ciega timbres Santi del Campo y, cómo no, la pasmosa vitalidad riff y elegancia de Álvaro Suite. Bunbury pasea su vocalización por los horizontes atmósfera cero de Jorge Rebenaque, y acuna su cuerpo al compás fronterizo de Quino Béjar, mientras replica contra el público la musculatura con que redobla métricas Ramón Gacías. Bunbury, el músico/artista, se rodea de una banda de artistas/músicos a los que, en vez de hacer sombra, permite sean la sombra que engrandezca su perfil de épica y amianto. Mucho más que un concierto de rock: un viaje, un breve exilio… todo un espectáculo, o sea.

El músico ha encontrado su voz propia, está claro, y yo me pregunto si no tendrá que ver con su permanente exilio. Sí, eso es algo que no le comenté a Miguel, mientras resudábamos las pendientes de La Paz, pero que siempre pensé: el exilio puede que sea el primer paso para encontrar la voz propia, lejos de todos aquellos que te la equivocan dándote la razón o llevándote la contraria… amigos, familia, defensores, detractores y aledaños… eso que aún nos empeñamos en llamar patria. Más allá de las voces que moldean nuestra sintaxis. Remotos de ese griterío que nos enmudece la pronunciación. Así, tal vez le sea más fácil encontrar la voz propia al poeta, el escritor, el músico, el artista. Y pienso en el propio Miguel, tantas veces autoexiliado en Bolivia, o en Juan Goytisolo que, en Marruecos, hizo de el exilio patria. También, claro, en Bunbury, vagabundo de exilios más o menos largos por tierras americanas.

Yo, hoy, extraño ese exilio de dos horas que ofrecen Bunbury y Los Santos Inocentes en cada nuevo concierto. Me siento frente al teclado, de nuevo, para equivocar pensamientos, y añoro, de paso, mis exilios bolivianos, marroquíes… sus noches de verbo fácil. Que por aquellas tierras escribía mejor, creo.

Pero, aun dudando de estos dedos que equivocan la noche con su taconeo de teclas y tabaco, por si acaso, escribo… escribo y sigo buscando mi voz propia.


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