Venezuela y la sentencia de muerte

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Quien fuera Oscar Pérez poco importa. Un policía con veleidades de actor de cine de aventura, héroe o no. Agarró un helicóptero, meses atrás, y tiró granadas a un edificio gubernamental asegurándose de que no fuesen mortales. Pensó, al extender un mensaje desde la nave, que Venezuela explotaría en rebelión masiva contra el régimen. Hacía ya tanto que con cuentagotas los muertos de la oposición embriagaban a Nicolás Maduro de sangre, que creyó urgente desencadenar la debacle. No es tan fácil. El adivinar cómo se mueve el colectivo queda en arte casi secreto; no hay fórmula. O no total.

Pues la odisea terminó mal para los sublevados, un pequeño grupo que aguantó el asedio y se desangró en cámaras ante un público inerte hasta el fin. Los narcos: Reverol, Maduro, Cabello, las mujercitas que levantan puños como monstruitos de opereta, se frotaron las manos. Cada autócrata reclama que se deshizo de células terroristas, amplia definición para tal confusión, y la vida sigue.

Años van en que la esperanza de ver caer a los delincuentes en el poder se aleja. Uno piensa que esta vez sí, que la economía… y siguen, aferrados al oro, a la opulencia y, en realidad, a la única tabla de salvación de que disponen. Espero, creo a veces, que el pueblo venezolano ya sentenció a muerte a Maduro, su mujer, Diosdado, algunas decenas, o centenas, o miles de personajes encumbrados que tienen que ser ejecutados in situ. Dejémonos de corrección política. Cierto que lo que uno pregona, y he ahí el peligro, puede volcarse eventualmente y caer encima del inventor. Así y todo, la situación de Venezuela tocó límites en que no se puede ceder siquiera la mínima posibilidad de que los oligarcas eludan el castigo. Cuánto peso tuvo la ejecución del dictador rumano y de su esposa, quizá poco. Pero no es tiempo de tomar riesgos. Hay que barrer el registro de la dinastía Chávez: padre, madre, hijas y etcéteras. Aparte de distribuir sus posesiones. Siempre lo he dicho: utilizar la práctica iraní al derrocar al sha. Todos los generales al paredón. Lástima que se desvió y terminamos con otros peores, de sotana y sabiduría.  Que nos libremos, decía Bakunin, del gobierno de los hombres sabios y virtuosos. Y de estos otros también, los del opresor marxismo en ciernes, falso o real, de la izquierda marihuana o de la simple afición de mercaderes con títulos licenciados, o mesías de pelo en pecho, sin pelo en el caso andino, que opinan de sí mismos que no hay otro igual.

A esos, bala. Maduro, así el cofre, perdón ataúd, que lo encierre sea un poco grande y caro, no puede escapar vivo de la tragedia que produjo. Su destino, el único, el panteón.

La gente tiene miedo de decirlo; se aterran de hablar siquiera de castigo. Lo ideal sería que hubiera sana justicia y se confiara en las instituciones. Al no haber ni una ni otra, el pueblo francés guillotinó, muchas veces estúpida y trágicamente. Superado ese frenesí canibalesco de caiga quien caiga, se puede, con algo de organización y estadística, saber el nombre del que camina para el foso. Claro que el pueblo (en abstracto) suelto, juzga de otra manera y no siempre bien. Sea uno, sea el otro, hay que impedir que Maduro y sus congéneres escapen ilesos. Pese a quien pese y guste a quien guste. ¿Que quién nos convierte en jueces? La historia. Y que ella nos juzgue también. Mientras tanto a afilar la guadaña que es temporada de siega.