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¿Vuelve la Guerra Fría?

Juan Francisco Fuentes

«Fue un sistema bajo el que vivimos bastante felizmente durante cuarenta años»1. Douglas Hurd, secretario del Foreign Office británico, rindió este pequeño homenaje a la Guerra Fría en diciembre de 1989, apenas unos días después de que la caída del Muro de Berlín pusiera fin a aquella época. Llama la atención que este destacado miembro del gobierno conservador de Margaret Thatcher tardara tan poco en reivindicar el mundo bipolar surgido de la victoria sobre el fascismo en 1945. Tal vez sorprenda menos si recordamos la Guerra Fría como una forma relativamente previsible de gobernanza mundial, que contaba con unas reglas del juego más o menos claras, unas áreas de influencia definidas y dos bloques antagónicos poco dispuestos a poner en riesgo su propia existencia por satisfacer un primario impulso hegemónico. Ese elemento de autocontención basado en lo que entonces se llamó la «destrucción mutua asegurada» (también conocida por su acróstico en inglés: MAD) actuó como un poderoso factor de estabilidad, capaz de frenar los bajos instintos de las principales potencias y de reconducir la tensión internacional cuando amenazaba la paz mundial, como ocurrió con la crisis de los misiles en 1962. Supo verlo muy bien Raymond Aron ya en 1948 al titular uno de los capítulos de su libro El gran cisma: «Paz imposible, guerra improbable»2.

Que el conflicto Este/Oeste terminara sin una guerra a gran escala no quiere decir que no pudiera darse otro desenlace, pero lo cierto es que finalmente el instinto de conservación de las dos superpotencias prevaleció sobre su deseo de aniquilar al adversario. Esta es la razón por la que, como dice Odd Arne Westad al acabar esta historia de la Guerra Fría, «puedo escribir sobre estos acontecimientos desde la seguridad relativa de mi despacho de Harvard». En ese privilegiado observatorio del mundo del siglo XX, el historiador noruego concluyó una obra iniciada en la London School of Economics, de la que también fue profesor, dedicada a desentrañar un fenómeno sumamente complejo que sigue fascinándonos por múltiples razones. Entre ellas está, sin duda, el hecho de que un conflicto que parecía condenado a acabar en tablas, o simplemente a no tener un final, terminara en jaque mate a uno de los dos contendientes, la Unión Soviética y su red de Estados satélites, cuya posición en el tablero mundial era considerada, al menos hasta los años ochenta, tan firme o más que la del bloque rival. Para descifrar los grandes enigmas de la Guerra Fría, entre ellos el de su abrupto final, Westad adopta una amplia perspectiva histórica que lo lleva a remontarse hasta finales del siglo XIX, cuando se produjeron los cambios económicos y demográficos que, a su juicio, marcaron el declive de los imperios europeos, el ascenso de Rusia y Estados Unidos a la condición de grandes potencias y la configuración de un mundo bipolar gobernado en gran medida desde fuera de la vieja Europa.

No es una interpretación del todo nueva. Ya en su magistral obra De la democracia en América, al final del segundo tomo, publicado en 1840, Alexis de Tocqueville vaticinaba un mundo partido en dos mitades, una bajo dominio de Estados Unidos, que gobernaría su hemisferio en nombre de la libertad, y otra controlada por Rusia, que tendría como razón de ser la servidumbre3. Diez años después, el español Juan Donoso Cortés auguraba una próxima revolución en San Petersburgo, que daría lugar a «la conquista inevitable de toda la Europa por toda la Rusia»4. Es difícil valorar estas y otras consideraciones sobre el expansionismo ruso –alguna del propio Marx–, relativamente comunes en el siglo XIX, sin caer en un determinismo histórico o cultural difícil de defender en términos académicos. Como quiera que sea, el siglo XX acabó pareciéndose a lo que anunciaron algunos visionarios modernos, mucho antes de que el triunfo del comunismo en Rusia convirtiera a este país en epicentro de un sistema alternativo a la civilización liberal construida en el siglo XIX.

¿Cuándo empieza entonces la Guerra Fría? La expresión aparece, seguramente por primera vez, en un artículo publicado por George Orwell en octubre de 1945 en el que se aludía al «permanente estado de “guerra fría”» que iba a experimentar el mundo a partir de aquel momento debido a la existencia de la bomba atómica5. Que escribiera «guerra fría» entre comillas indica hasta qué punto el autor era consciente de la novedad del concepto y de las dudas que podía suscitar su significado. Pese a que el nacimiento del término coincide claramente con una nueva etapa histórica, marcada por el comienzo de la era atómica y de una rápida escalada de la tensión Este/Oeste, es frecuente la búsqueda de una interpretación alternativa del origen de la Guerra Fría. André Fontaine, en un libro clásico, lo situó en 1917, con el triunfo de la Revolución rusa y la llegada de las primeras tropas norteamericanas a Europa6. Westad prefiere arrancar de la crisis económica mundial que estalló en 1890 y que, en su opinión, «lo cambió todo». De ella surgió una realidad que hoy nos resulta familiar: por un lado, una oleada de desempleo, malestar social y atentados terroristas; por otro, la ruptura de la izquierda de obediencia marxista entre un sector radicalizado, al que pertenecía el joven Lenin, y un socialismo reformista progresivamente integrado en el sistema. Es extraño que Westad no añada el nacimiento del populismo en aquella época, con la creación del People’s (o Populist) Party en Estados Unidos, al hacer inventario de los grandes cambios producidos en aquel período, porque su paralelismo histórico con la etapa actual quedaría notablemente reforzado. Vista desde la longue durée que propone el autor, la Guerra Fría sería, pues, el resultado último de una crisis global que llevó al mundo a la guerra y a la revolución a partir de 1914, en un doble proceso cuyo desenlace en 1918, afirma Westad, «prefiguró la Guerra Fría como sistema internacional, aunque todavía debían ocurrir muchas cosas hasta que viera la luz la plena bipolaridad de finales del siglo XX». La etapa comprendida entre 1945 y 1989 sería más bien, según sus palabras, «el apogeo de la Guerra Fría» (pp. 37 y 18).

La expresión aparece por primera vez en un artículo  de Orwell en que aludía al «permanente estado de “guerra fría”» que iba a experimentar el mundo a causa de la bomba atómica.

Esta visión del fenómeno obliga a interrogarse sobre el impacto del factor ideológico en el antagonismo Este/Oeste. Lo dijo ya John Lewis Gaddis en su estudio sobre los orígenes de la Guerra Fría: el marxismo soviético no fue más que la «hoja de parra» que cubría de respetabilidad intelectual la política expansionista de la Unión Soviética7, contenida, por puro pragmatismo, hasta 1939 y desatada al final de la Segunda Guerra Mundial como consecuencia de la lucha contra la Alemania nazi. Al éxito militar de la Unión Soviética se sumó la eficacia de su política de imagen, basada en la capacidad de atracción del comunismo sobre las clases trabajadoras occidentales y sobre los pueblos sometidos por el colonialismo europeo. La Unión Soviética partía además con la ventaja de capitalizar el sufrimiento sin parangón del pueblo ruso en la Segunda Guerra Mundial, que sirvió para blanquear la política de hechos consumados practicada por Stalin en Europa Central y Oriental. Luego vinieron el triunfo de Mao en la guerra civil china y la noticia de que la Unión Soviética había fabricado con éxito su primera bomba atómica. La humanidad veía cada vez más cerca el peligro de una guerra nuclear y las cancillerías occidentales recelaban del posible avance del comunismo más allá de aquello que Winston Churchill llamó en 1946 el «telón de acero».

Sin restar importancia a los sucesos ocurridos en Europa a partir de 1945, con Berlín como símbolo de la política soviética tras el bloqueo de la ciudad en 1948, Westad pretende evitar una visión eurocéntrica de la Guerra Fría y desplaza en parte su foco de atención a los otros grandes escenarios del conflicto: América Latina, África y, sobre todo, Asia. A la larga, la China de Mao contribuyó, en su opinión, a convertir la bipolaridad Este/Oeste en un sistema multipolar más complejo e inestable de lo que cabía esperar. Que los dos principales episodios bélicos de aquella época, las guerras de Corea y Vietnam, se produjeran en Asia indica la creciente influencia de China en la Guerra Fría en detrimento de la Unión Soviética, que empezó a pagar –por ejemplo, en la crisis coreana– la pérdida de facultades de Stalin en sus últimos años de vida. Lo que no disminuyó con la edad fue su implacable persecución del enemigo interior, entendido según criterios siempre laxos que explicarían los dos millones y medio de prisioneros recluidos en el Gulag a principios de los años cincuenta, superando incluso las cifras que había alcanzado el Gran Terror quince años atrás (p. 208). El Vozhd iba a morir matando.

Había cosas, pues, que no cambiaban. La lógica bipolar de la Guerra Fría, sin embargo, transformó el mundo con arreglo a nuevas categorías geopolíticas. «El concepto de Occidente –afirma el historiador noruego– carecía de significado antes de la década de 1950». El capítulo titulado «La creación de Occidente» explica cómo una vaga noción identitaria dio paso a un sólido espacio económico, militar y político vertebrado a través de distintas organizaciones supranacionales, desde la OTAN hasta la Comunidad Económica Europea, y sustentado en el doble éxito de la reconstrucción económica y del Estado del bienestar. Como consecuencia de ello, los partidos comunistas iniciaron un lento declive electoral y Estados Unidos pudo volcarse en otros focos de tensión, localizados principalmente en Oriente Próximo y Extremo Oriente. El extraño –por obvio– subtítulo del libro, Una historia mundial (de la Guerra Fría), se justifica por el protagonismo que el autor otorga a esos escenarios periféricos, en los que confluyen la lógica de la bipolaridad, reconocible en las alianzas locales de ambas superpotencias, y las claves específicas de tal o cual conflicto, a menudo anteriores a la Guerra Fría, como en Oriente Medio, y ajenas en ocasiones a la dicotomía comunismo/capitalismo. La desestalinización de los años cincuenta, que puso en circulación el concepto de «coexistencia pacífica» –en realidad, utilizado ya por Lenin–, y la puesta en marcha en 1961 del Movimiento de Países No Alineados crearon un espacio para la convergencia entre dos mundos enfrentados, que coincidían al menos en el deseo de evitar la destrucción mutua asegurada. El Tercer Mundo, convertido en víctima y actor del conflicto, se postulaba de esta forma como alternativa al precario equilibrio del terror que mantenían las dos superpotencias.

La visión global que ofrece Westad permite entender la Guerra Fría como un proceso relativamente errático, que tuvo mucho de entropía histórica, con abundancia de acontecimientos, encrucijadas y líderes políticos capaces de llevar al mundo en una dirección o la contraria. La crisis de los misiles –aquel momento en el que, según Robert McNamara, la humanidad estuvo a un minuto del Juicio Final8– dio paso a la distensión, que a su vez convivió con Vietnam y con dos nuevas guerras en Oriente Próximo. Contrariamente a lo que solemos pensar, distensión y Guerra Fría no eran, por tanto, dos fenómenos antitéticos que formaran una suerte de suma cero. El deshielo en las relaciones Este/Oeste era compatible con el recalentamiento de zonas muy sensibles de la geopolítica mundial. Así, mientras las dos superpotencias avanzaban en su política de control de armamentos, la China de Mao se embarcaba en la llamada Revolución cultural, una mezcla explosiva de fanatismo y terror que ejerció una fascinación patológica en los medios académicos occidentales. De ello se ocupa Westad en los diversos apartados en los que trata la evolución de la República Popular China desde la radicalización de los años sesenta hasta el acercamiento posterior a Estados Unidos y, finalmente, su mutación en un extraño y exitoso híbrido de totalitarismo comunista y capitalismo salvaje. Estaba naciendo –quién lo iba a decir entonces– un sistema llamado a sobrevivir a la Unión Soviética y a la propia Guerra Fría, o tal vez a continuarla por otros medios.

Churchill, Roosevelt y Stalin. Conferencia de Yalta, 1945.
Churchill, Roosevelt y Stalin. Conferencia de Yalta, 1945.

Westad sostiene al final de su libro que el fracaso de la distensión acabó agravando el conflicto, en vez de superarlo, y que en última instancia provocó la reacción reaganiana de los años ochenta, calificada de Segunda Guerra Fría por algunos autores. Un sector de la opinión pública norteamericana vio en los grandes acuerdos con la Unión Soviética una capitulación por entregas ante un enemigo taimado, que se habría aprovechado de la buena fe occidental para extender su área de influencia, por ejemplo en Nicaragua y Afganistán. La victoria de Reagan en 1980, fruto de esa percepción negativa de la distensión, inauguró una etapa de confrontación y rearme que precipitó el colapso de la Unión Soviética, víctima de su política de prestigio en el exterior y de la ineficiencia de su modelo productivo, paliada en los años setenta por la crisis energética y la consiguiente revalorización del petróleo soviético. Cuando el precio del crudo empezó a desplomarse en 1981, la Unión Soviética sufrió, en palabras de Westad, «un auténtico descalabro», que la burocracia gobernante justificó como «un revés temporal» (p. 530). Nada más lejos de la realidad. La reactivación de la Guerra Fría, la caída del precio del petróleo y un estancamiento económico arrastrado –y negado– durante años crearon un escenario endiablado, que la perestroika de Gorbachov no pudo revertir. Lo que no aclara Westad es si las reformas fracasaron por tardías, por insuficientes o, simplemente, por inútiles, al pretender salvar in extremis un sistema acaso irreformable. El hecho es que, en apenas tres años, el desempleo pasó del 0 al 30% de la población activa y que, como efecto retardado de todo ello, «más de la mitad de los rusos creen ahora que Leonid Brézhnev fue su mejor dirigente del siglo XX, seguido de Lenin y Stalin» (p. 641). La paradoja de la decadencia y desaparición de la Unión Soviética, provocada en parte por sus ínfulas de superpotencia, es que el régimen que le sucedió sigue aspirando a desempeñar un papel preponderante en el orden internacional, pero sin la fuerza expansiva que el comunismo proporcionó al país de los soviets. Esa ventaja adicional que la Unión Soviética tuvo en el pasado –una ideología con vocación hegemónica dentro y fuera de su territorio–, más una economía altamente competitiva –cosa que nunca tuvo la Unión Soviética–, es lo que impulsa ahora mismo a la República Popular China en su carrera por el poder mundial.

Esta historia de la Guerra Fría termina con algunas certezas sobre su naturaleza y desenlace, que llevan a plantearse, sin embargo, preguntas de difícil respuesta sobre la etapa iniciada tras la caída del muro. Westad afirma que Estados Unidos ganó la contienda y, sobre todo, que la Unión Soviética «la perdió, y la perdió por mucho» (p. 639). La inseguridad e incertidumbre posteriores habrían podido evitarse, a su juicio, si Rusia hubiera tenido la posibilidad de integrarse en la OTAN y la Unión Europea y diluirse así en el nuevo orden internacional, en vez de quedar en una especie de limbo geopolítico alimentando su nacionalismo y su nostalgia. Pese a su papel desestabilizador en los últimos tiempos y al ascenso imparable de China, el autor no cree que estemos a las puertas de una nueva guerra fría, sino más bien ante una grave crisis global, mucho mayor que aquella que a finales del siglo XIX «lo cambió todo». Pero, a diferencia de esta última, en la que se gestó la bipolaridad del siglo XX, el mundo actual tiende, en su opinión, a la multipolaridad y a un equilibro basado en la salvaguarda de intereses comunes, propios de una economía globalizada, más que en el inquietante principio de la destrucción mutua asegurada.

La visión macro de la Guerra Fría que nos brinda este libro lleno de datos e ideas contrasta con el análisis micro por el que opta Ricardo Martín de la Guardia al centrarse en la historia del Muro de Berlín y, sobre todo, en su final, del que están a punto de cumplirse treinta años. En realidad, son dos enfoques complementarios que encajan perfectamente el uno en el otro. El libro de Martín de la Guardia contiene el relato pormenorizado de unos días trascendentales que cambiaron el curso de la historia, como si setenta y dos años después de la Revolución de Octubre la caída del muro le diera la vuelta al mundo creado por el triunfo del comunismo en 1917 y volviéramos a la situación anterior. Sería, sin duda, una conclusión errónea, por más que el siglo XX acabara exactamente como empezó: con una guerra en los Balcanes. Pero las percepciones, por equivocadas que sean, forman parte también de la historia, tal como muestra este recorrido por las vicisitudes de uno de los principales símbolos del siglo XX, percibido de forma muy distinta según el momento, el lugar y la ideología de cada cual. El hecho de que un monumento a la barbarie como el Muro de Berlín, causa de la muerte de entre 86 y 227 personas (p. 9), fuera defendido por sus promotores como un «muro antifascista», indica la pasmosa facilidad que tuvo siempre el comunismo para crear un relato amable de sus propias aberraciones y, lo que es aún más llamativo, la predisposición de ciertos sectores de la opinión pública occidental a dar por bueno ese relato, por inverosímil que fuera.

Lo que empezó siendo una metáfora propagandística acabó materializándose en un muro de hormigón, levantado a toda prisa en 1961

El origen de esta historia se remonta al Berlín de la posguerra mundial, convertido en encrucijada de la Guerra Fría y escaparate de la política de uno y otro bloque, separados virtualmente por el famoso telón de acero de Churchill. Lo que empezó siendo una metáfora acuñada con fines propagandísticos acabó materializándose en un muro de hormigón, levantado deprisa y corriendo en agosto de 1961, para poner fin al éxodo continuo de ciudadanos germano-orientales hacia Berlín occidental. Ese trasiego de gente –2,7 millones de personas desde la división de Alemania–, siempre en la misma dirección, del Este al Oeste, muestra bien a las claras cuáles eran las preferencias de la población mientras se le dejara elegir. Por utilizar una expresión de Lenin referida a la deserción de los soldados rusos en la Primera Guerra Mundial, los alemanes del Este estaban votando con los pies en un plebiscito cotidiano que acabó colmando la paciencia de las autoridades comunistas.

Martín de la Guardia subraya el protagonismo del gobierno de la República Democrática Alemana en la decisión de construir el muro, frente a las dudas que albergaba el líder soviético Nikita Jrushchov, temeroso de las consecuencias que pudiera tener en las siempre difíciles relaciones Este/Oeste. Desde entonces, su existencia fue reivindicada con orgullo por las autoridades germano-orientales como un baluarte alzado frente a los enemigos del comunismo sin plantearse en ningún caso su desaparición, hasta el punto de que en agosto de 1989, apenas tres meses antes de su demolición simbólica, el líder de la República Democrática Alemana, Erich Honecker, le auguraba todavía cien años de vida. Mientras tanto, los efectos de la perestroika y la apertura iniciada por algunos gobiernos comunistas abrían las primeras grietas en el telón de acero y aceleraban la fuga de ciudadanos a la República Federal, donde los recién llegados eran objeto de la máxima atención mediática, sobre todo por parte de la televisión, cuya influencia en los acontecimientos «resultó decisiva» (p. 118). Junto al efecto llamada provocado por los medios de comunicación, el anuncio del gobierno húngaro de que facilitaría el tránsito a Europa Occidental hizo inútil la actitud numantina del gobierno germano-oriental. Su decisión de cerrar la frontera con Hungría sólo sirvió para resaltar el aislamiento de la República Democrática Alemana dentro del propio bloque comunista.

El régimen de la Alemania del Este unió, pues, su destino a la existencia del muro, convertido en símbolo de una particular idiosincrasia política, que sus partidarios consideraban tan respetable como cualquier otra. Cabría preguntarse si, además de las evidentes razones políticas y económicas que llevaron a construirlo, no había un oscuro afán de expiar la responsabilidad del pueblo alemán en un pasado reciente. Todo ello explicaría la obcecación con que las autoridades de Berlín oriental defendieron su «protección antifascista» ante un cambio histórico que les acabó pasando por encima, a diferencia de lo ocurrido en otros países del Este, en los que la antigua nomenklatura intentó, a menudo con éxito, adaptarse a los nuevos tiempos. En la República Democrática Alemana, por el contrario, la cerrazón de sus dirigentes aceleró, en vez de impedir, la desintegración del sistema y de sus organizaciones de masas, meras terminales de un Estado-partido creado y sostenido desde arriba. Su falta de arraigo popular y las dificultades que iba a afrontar el comunismo germano-oriental para sobrevivir al muro quedan patentes en los datos de militancia que proporciona Martín de la Guardia: el Partido Comunista pasó de los 2,8 millones de afiliados con que contaba en el otoño de 1989 a trescientos cincuenta mil en junio de 1990 y a ciento treinta mil en 1993, reconvertido en Partido del Socialismo Democrático, en el marco de la nueva Alemania unificada (p. 133).

Berlín, 1991

La reunificación y sus consecuencias, dentro y fuera de Alemania, ocupan el último tercio del libro. No fue un proceso sencillo, entre otras razones por la resistencia que encontró en la Unión Soviética, ya en vías de extinción, y en algunos países miembros de la Unión Europea, como el Reino Unido. A la desconfianza que provocaba una Alemania notablemente fortalecida se añadían las dudas sobre la forma en que la unificación alemana y, en general, el final de los regímenes comunistas afectarían a la Europa comunitaria. Contrariamente a lo deseado por los principales gobiernos europeos, la reunificación siguió la vía rápida defendida por el canciller de la República Federal Alemana, Helmut Kohl, partidario asimismo de abordar sin ambages ni demoras la ampliación de la Comunidad Europea hacia la Europa del Este. Todo fue muy deprisa. En marzo de 1990 se celebraban las primeras elecciones democráticas en la República Democrática Alemana, con el triunfo de la Alianza para Alemania auspiciada por Kohl; en octubre se promulgaba la Ley Fundamental, que estipulaba las condiciones de la reunificación y, en noviembre, la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa aprobaba su «Carta de París para una nueva Europa», que incluía esta solemne declaración: «La era de la confrontación y la división en Europa ha terminado».

Pero no faltaban tampoco motivos de preocupación. Junto a la política de las grandes decisiones, encaminadas a integrar la nueva realidad internacional en estructuras cada vez más amplias, Martín de la Guardia destaca los primeros síntomas de una crisis social y económica que acabaría teniendo graves consecuencias. A lo largo de 1990, y como contrapunto de los acontecimientos históricos de aquel año, la producción industrial en la Alemania del Este caía un 54% y el paro alcanzaba el 33%. Apenas dos años después, sólo el 36% de los alemanes mantenía una opinión favorable a la unificación (pp. 251-252). No es de extrañar por ello que en las elecciones al Bundestag celebradas en 1994 se registrara una significativa recuperación del voto comunista, sintomática de un estado de opinión –advierte Martín de la Guardia– más complejo y contradictorio de lo que podría parecer. La Ostalgie, o nostalgia por la antigua República Democrática Alemana y su estilo de vida, se conjugaba con un anticomunismo primario, efecto tardío del resentimiento de la población hacia un régimen policíaco de la peor especie. El fenómeno es interesante, porque apunta a una idealización del pasado que se ha repetido con frecuencia en los países del Este, incluida Rusia: la nostalgia por los regímenes depuestos en 1989, no por lo que tenían de comunistas, sino por su fuerte componente nacionalista y por su capacidad para crear marcos de convivencia estables. De ahí la facilidad con que ese sentimiento ha derivado en un nacionalismo agresivo y xenófobo, según pudo comprobarse ya en la antigua Yugoslavia en cuanto se produjo la implosión del Estado comunista.

Martín de la Guardia se muestra cauto al analizar esta y otras posibles consecuencias de los hechos ocurridos hace ahora treinta años. Ese carácter riguroso y contenido de la obra es, sin duda, una de sus grandes virtudes, aunque pueda echarse en falta una mayor audacia y perspectiva al interpretar fenómenos determinantes del mundo del siglo XXI, como el nacionalismo o el populismo, que cobraron a partir de aquellos acontecimientos una fuerza inusitada. Su libro se ciñe en general al propósito con que fue escrito: contar la historia del muro y en particular de su inesperado final, analizando las claves políticas que hicieron posible su existencia y su desaparición. No es una tarea sencilla que pueda abordarse sin reconstruir el marco mental de la Guerra Fría, presente a lo largo de toda la obra. Por eso su enfoque minimalista aporta mucho más que la crónica de unos días que cambiaron el mundo. Es también un manual de uso para entender la Europa actual, surgida de un hecho histórico cargado de simbolismo y marcada por la misma «falta de polaridad» –vacío de poder, crisis de liderazgo y de auctoritas– que el autor atribuye a la política mundial.

Frente al libro de Westad, concebido como un brillante ejercicio de historia global sobre un mundo bipolar, el de Martín de la Guardia puede leerse como la anatomía de un instante y de un lugar en los que se escenificó el final de una etapa histórica y el comienzo de otra. Nadie que lea estos dos libros sentirá nostalgia de una época en la que «vivimos bastante felizmente durante cuarenta años», según el curioso epitafio que Douglas Hurd le dedicó en diciembre de 1989. Aunque algunos conflictos internacionales sugieran como una vuelta a la bipolaridad Este/Oeste, el debate sobre una nueva Guerra Fría –una «Cold War 2.0»– responde mucho más a un interés mediático, favorecido por los treinta años de la caída del muro, que a un paralelismo real entre dos épocas difícilmente comparables.

Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense y miembro del Colegio Libre de Eméritos. Es autor de Adolfo Suárez. Biografía política (Barcelona, Planeta, 2011) y, con Pilar Garí, Amazonas de la libertad. Mujeres liberales contra Fernando VII  (Madrid, Marcial Pons, 2014). Es coeditor, con Javier Fernández Sebastián, del Diccionario político y social del siglo XIX español  (Madrid, Alianza, 2002) y del Diccionario político y social del siglo XX español (Madrid, Alianza, 2008). Su último libro es Con el Rey y contra el Rey. Los socialistas y la Monarquía. De la Restauración canovista a la abdicación de Juan Carlos I (1879-2014) (Madrid, La Esfera de los Libros, 2016).

Referencias bibliográficas

1. Declaraciones de Douglas Hurd, secretario del Foreign Office, a Timothy Garton Ash, recogidas en “Intellectual Odyssey. Conversation with Timothy Garton Ash”, Institute of International Studies, UC Berkeley, 4 de abril de 1996.

2. Raymond Aron, Le grand schisme, París, Gallimard, 1948.

3. Alexis de Tocqueville, De la démocratie en Amérique, París, Garnier-Flammarion, 1981, vol. II, pp. 540-541.

4. Juan Donoso Cortés, «Discurso sobre la situación general de Europa», Congreso de los Diputados, 30 de enero de 1850; Obras de Don Juan Donoso Cortés, Madrid, Imprenta de Tejado, 1854, tomo III, p. 320.

5. George Orwell, «You and the Atom Bomb», artículo incluido en The Collected Essays, Journalism and Letters of George Orwell, Harcourt, Nueva York, Brace & World, 1968, vol. IV, p. 9.

6. André Fontaine, Histoire de la guerre froide, París, Fayard, 1965, 2 volúmenes.

7. John Lewis Gaddis, The United States and the Origins of the Cold War, 1941-1947, Nueva York, Columbia University Press, 1972, p. 303.

8. Robert S. McNamara, «One Minute to Doomsday», The New York Times, 14 de octubre de 1992.

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