¿Votaremos (otra vez) por un caudillo?

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Hace un par de semanas, un periódico local publicó los resultados de una encuesta en la que preguntaba a la población por quién votaría en las siguientes elecciones. Las preferencias se distribuían entre Fernando Camacho, Marco Pumari, Andrónico Rodríguez, Carlos Mesa y Chi Hyun Chung.

Al margen de los porcentajes obtenidos por cada supuesto candidato (ya se escribió bastante al respecto), llama la atención que la población acepte participar en (y que el periódico acepte realizar) una encuesta sin que los candidatos hayan oficializado su condición de tales ni presentado nada parecido a un programa de gobierno (lo cual, es cierto, aún no se les puede exigir), ni definido una posición ideológica clara; y que la mayoría de los mencionados aún no hubiese definido con qué partido político o agrupación ciudadana participarían.

Es decir, parece normal (tanto para encuestadores como para encuestados) que los votantes definamos nuestras preferencias basándonos en los nombres, las caras y algunas declaraciones de los candidatos. ¿Cómo podría luego fiscalizarse una gestión gubernamental si no sabemos qué ofrece cada quién al momento de postularse como opción?, ¿cómo saber a futuro si cumplió o no lo ofrecido, cuándo no tuvimos el cuidado de preguntar qué proponía, y lo más importante, cómo lo conseguiría?

El caudillismo se reconoce históricamente como un fenómeno político surgido en Latinoamérica en el S. XIX, caracterizado por el surgimiento de líderes carismáticos que llegaban al poder muchas veces derrocando al gobierno anterior con ayuda de militares. Muy a menudo, al no cumplir sus promesas, eran sustituidos… por otros líderes cuyo mayor argumento de bienestar futuro era su propio carisma (y cierta capacidad de decir lo que la gente deseaba escuchar, supongo).

Bajo esta forma de elegir presidentes, que aparentemente surgió en México para extenderse rápidamente hacia el sur de América (y ahora parece también que hacia el norte, aunque ése es tema para otra columna), ya perdimos un siglo votando por quien más promete, sin pedirle que explique cómo cumplirá lo prometido.

Y en este país en el que ya aceptamos la estupidez de votar en elecciones presidenciales sin exigir un debate serio entre los candidatos, ahora la gente justifica que votará por Camacho porque es “macho”, por el “Chino” porque parece “buen tipo”, por Pumari porque es “joven”, etc. Seguimos repartiendo nuestras filias y fobias políticas basándonos en caras, gestos, apellidos, apodos, raza o alguna otra característica superficial de los candidatos. ¿Hasta cuándo?

Cuando todavía era niño, la televisión de entonces mostraba –aún en blanco y negro y sin efectos especiales– la serie “Yo Claudio”, basada en la novela homónima de Robert Graves, en la que mostraba a un emperador romano elegido casi como última opción (quizá porque era tartamudo, cojeaba, era acomplejado y por ello era erróneamente considerado como estúpido), que lograba encauzar un gobierno mucho mejor al de sus carismáticos –pero deshonestos– antecesores.

Creo que, al momento de elegir gobernante, no nos diferenciamos mucho de aquellos romanos del primer siglo de nuestra era. El fervor por aquello de “pan y circo” es de una actualidad innegable en nuestro país. Dudo que votáramos hoy por un Tiberio Claudio César Augusto Germánico de origen boliviano. Quizás otorgaríamos nuestras preferencias a Calígula, hombre carismático que, aunque mató a su propio hermano y prostituyó a su hermana, sí logró ser muy popular e incluso tuvo un gobierno con gran prosperidad en sus primeros años, además de que se consideraba a sí mismo un dios (o semidiós, según fuentes más modestas).

¿Podríamos acaso resistirnos a los encantos de un Nerón paisano nuestro? Un candidato joven (se hizo emperador a sus 16 años), que además tocaba la lira y en su reinado impulsó la actividad atlética. Mandó matar a su madre, cierto… e incendió Roma, pero quizá esas son calumnias de la oposición, nunca se sabe. ¿Cómo dudar de alguien que tenía una estatua con la forma del mismo dios sol?

Preocupa pensar si en el siglo anterior, y acaso en lo que va de éste, no habremos dejado pasar de largo a más de un Claudio, sin darle nunca nuestro voto, simplemente porque seguimos empeñados en ignorar la capacidad de los candidatos, prefiriendo buscar a un elegido, capaz en sí y por sí de traer bienestar y progreso a nuestro país. Y creemos que reconoceremos a ese semidiós por algún rasgo físico, alguna característica distintiva, y no por su talento o voluntad para plantear objetivos claros, y explicar de manera también clara cómo piensa alcanzarlos, generando así nuestro compromiso con tal proyecto, aspecto clave para el éxito de cualquier gobierno.

Pero claro, es más cómodo seguir apostando por un caudillo, sin analizar en detalle lo que propone, ni prestar atención a los debates. Es más fácil elegir a alguien en quien depositar nuestra confianza y a quien luego echar la culpa por cualquier fracaso, en lugar de asumir que el bienestar de un país depende tanto de gobernantes como de gobernados.

Sí. Es más fácil no pensar antes de votar.