Vivir y morir en Facebook

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Morir más de una vez es un fenómeno hoy por hoy posible que podría equivaler -viendo el vaso medio lleno- a vivir aún después de la muerte, y no me refiero a ninguna esperanza ni convicción religiosa. Que la vida no fuera una sola, o que la muerte se repitiera y esto significara permanecer, por decir algo, podría ser -para todos menos para los pesimistas, me imagino- una gran noticia.

Hace poco un amigo puso en su muro de Facebook que había muerto un reconocido intelectual y, como no podía ser de otra manera, hubo gente que empezó a comentar al respecto. El detalle estaba en que el fallecimiento del famoso en cuestión se había producido en esos días, pero de hace dos años atrás.

No se trata de un hecho aislado. En las redes sociales hay quienes no reparan en la fecha de publicación de las noticias y dan por recientes algunas informaciones antiguas; de esa manera, al difundirlas a través de sus cuentas personales, otros más se “enteran” de sucesos que pasaron desapercibidos para ellos a su hora justa.

Este fenómeno origina otro: que una misma persona pueda morir no solo el día de su muerte sino también después, generando en todos los casos -y he aquí lo interesante- diferentes reacciones en diferente tiempo.

¿Cuántas veces puede morirse alguien en Facebook? ¿Cuántas repercusiones puede colectar una misma muerte después de tanta muerte dispersa?

Punto y aparte.

Vivir más de una vez es un fenómeno hoy posible que podría equivaler a morir, sin la formalidad del morir, antes de cambiar de vida. Tampoco en este caso me refiero a ninguna experiencia mística, aunque algo de esto hay.

Estoy viendo una serie danesa en la que uno de los personajes, imbuido en un proceso de búsqueda de sí mismo, camino hacia su conversión al budismo decide “suicidarse” en Facebook. Desaparecer, salirse de la red de amigos. “Mi suicidio en Facebook es el comienzo de mi nueva vida”, dice al pasar en “Algo en qué creer” (Netflix, del director Peter Price), como resuelto a no participar más del mundo; asfixiado dentro de una sociedad tecnologizada, acelerada, parece necesitarlo.

No siendo esto lo esencial del drama de Christian (su nombre en la serie), me preguntaba si en serio la vida puede reducirse en algún momento (o en todos los momentos) a Facebook. Y desde cuándo estar o no en Facebook o en cualquier otra red social es, para algunos (o para muchos), sinónimo de vivir o no vivir, de existir o no. Dicho sea de paso, ¿cuándo fue que se normalizó la idea de que las personas no sean más personas sino “usuarios” o no sean nada?

Como podemos ver, no solo se vive a pleno en las redes: también se muere.

Que la vida y la muerte no fueran una sola permaneciendo ambas vigentes, aunque sea, en red, me imagino que representa una gran noticia, incluso para los pesimistas. (La extravagancia de morirse en repetidas ocasiones tiene su gracia, y tal vez roba una risa sardónica a algún enemistado con la vida).

A propósito de amigos inasibles, navegamos en un mar de egos que dan la sensación de potenciarse en cada ingreso a Facebook. Ahí nos gusta estar ahora, leyendo y, sobre todo, dejando pegadas, en “muros”, nuestras opiniones. En las redes sociales, por las que nos (des)vinculamos con un “nuevo mundo” de usuarios cada vez menos personas (o cada vez más personas usuarias de aparatos que nos distancian físicamente al mismo tiempo que nos acercan virtualmente), nuestras expresiones se maximizan, a menudo, como en un campo de batalla. Es parte del individualismo en boga con el que, en otras épocas, se reforzaba una tendencia a la soledad escogida y, por ende, a la incomunicación. ¿En otras épocas? ¿Ya no?

Los tiempos han cambiado y ahora, para quien se siente asfixiado por tanta exacerbación de la individualidad dentro de una comunidad brutalmente tecnológica, existe la posibilidad del “suicidio” en Facebook para comenzar una nueva vida. Y si la muerte llega, como la vida parece que pasa indefectiblemente por las redes, no hay por qué preocuparse: no todos se enterarán en el momento preciso y, pues, ella llegará, para muchos, después. Entretanto seguiremos vivos. Mientras Facebook -el mundo usuario- no diga lo contrario.

Óscar Díaz es escritor y periodista