Márcia Batista Ramos

Los vientos aúllan en la tarde triste, anunciando que conocen toda la estupidez del mundo, desde las orillas del mar hasta la cima de las montañas. Eriza mi piel, tiembla mi cuerpo. Recuerdo que el mundo solo tiene sentido si la vida existe en él, para mirarlo con sus ojos grandes, con su brillo acuoso de las lágrimas que se detienen. Los aullidos del viento cuentan del abismo inmenso que divide el mundo. Cuentan de las contradicciones de la modernidad occidental en África. Cuentan de guerras más importantes que otras guerras, donde mueren personas más importantes que otras personas y se desplazan personas más blancas que otras personas. Yo escucho su voz, que parece ser subterránea y que retumba en la superficie contando que la vida es triste en todos los lugares. Se mueven los árboles, se inclinan con tanta reverencia, que dejan claro que privilegian el contenido que expresan los vientos.

Mientras tanto, las noticias de última hora o del momento impactan los espíritus más sensibles, parece que inventaron nuevas supersticiones, ya que dan cuenta de personas que desaparecen con la rapidez del viento. No es verdad que la naturaleza permanece fuera de la historia. Porque siempre habrá una piedra o un poco de arena que cuenten, que un día, ahí hubo un río y en sus márgenes había vida que, después fue engullida por el tiempo. Al Igual que el viento que cuenta todo, una y mil veces, hasta que sus historias se convierten en leyendas, así hace la piedra redonda que viajó kilómetros por el lecho de los ríos, y la arena.

Poco a poco la tarde se ve más triste, el cielo parece de plata y grises contemplando los vientos que levantan el polvo de las tierras como un exorcismo, sin remordimiento… Sin buscar ningún atajo para su camino, los vientos van internándose en todos los recónditos de la realidad, asimilando la inmediatez del mundo.

De repente una estrella eléctrica parpadea, recordando los letreros anticuados que se encendían en las tardes frías. En el cielo brillan relámpagos de las tempestades y Dios grita de su trono eterno, que el hombre bajó a la tierra para ser feliz. Eso perturba a los vientos que rugen con más fuerza trayendo la noche en su bramido. Como en mí nada está salvado, siento el dolor que roe la carne.