Maurizio Bagatin

La primera novela que leí de Giorgio Scerbanenco fu Los milaneses matan en sábado, ayer domingo en emergencia del hospital Viedma pareció vivir esta novela. Y después hay quienes niegan el poder de la ficción.

“El policía de la sección homicidios bajó lentamente de la vagoneta, creo que en el vagón blindado de atrás seguía el asesino, bien esposado y en compañía del otro agente de policía. Jóvenes los dos agentes, ambos gordos, casi obesos. La prensa detrás, aunque ya estaba ahí, obesos también los periodistas, el único flaco del escenario el camarógrafo, con todo el peso encima. Diez minutos después llegan los de la funeraria, un gordo y un flaco, el gordo con un chonono ridículo y el flaco, de tan flaco perdiendo el pantalón (unas piedras en sus bolsillos le hubieran asegurado mayor estabilidad…).”

No escribiremos de lo que ya sabemos: tan buenos y serios profesionales arrojados en un sistema de salud estatal siempre colapsado, como en la educación, como en todo lo que el estado maneja: el contrato social de Rousseau eclipsado entre burocracia y corrupción. Y si ya lo hice es por la emoción, seguimos llegando siempre demasiado tarde a todas las citas, la de la Historia y la del presente. El Mariscal Sucre mirando en el vacío, luego de la traición…

La noche transcurre, no tan lenta como cuando éramos llocalla, no tan oscura como cuando la vida y la muerte se abrazan, siempre larga por quien sufre.

“Sale el policía gordo de la sala de emergencia, se acerca a la tiendita de la esquina y chismotea algo con la dueña, se aleja saludándola y con en boca un chupete rojo como la sangre; el otro agente lo mira y le invita una coca-cola, los dos suben a la vagoneta y se van. Los periodistas esquivando curiosos y enfermos se desfilan, el camarógrafo se tarda un poco y recibe insultos y carajazos. En la calle los esperan la camioneta del canal televisivo. Al mediodía Unitel tendrá mucho sensacionalismo que repartir.”

Mi hijo sigue esperando el traumatólogo, es domingo y los domingos uno no debería accidentarse, y Scerbanenco lo sabía.