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Un sueño africano

Maurizio Bagatin

En un libro de W.G. Sebald viajo con Joseph Conrad a lo largo del rio Congo. Oigo la voz lejana de una madre, en el tam tam primordial imagino el cordón umbilical de la humanidad entera; Romeu enseña a criar gallinas a los Masái, Cristina escucha a las mujeres de un pueblo de Mozambique hablarle de la barbarie que cometieron los hombres; bailan los Bulu, hacen sus negocios los Bamileké. Esta podría ser la sencilla síntesis del África que recuerdo después de treinta años. Y no lo es. Ya estaban entrando los rusos, los chinos, los coreanos, y se estaba perfilando el repliegue de los cubanos desde Angola y Mozambique, violentamente nos estábamos sumergiendo en la globalización y la digitalización de la humanidad. No dejé el sueño.

No hay verdades absolutas, solo interpretaciones aproximativas. Hay algunos pasos en la literatura de Mongo Beti que recuerdan a Chinua Achebe, la transformación de un mundo tribal y animista en una sociedad sometida a la modernidad, esclava de una civilización que iría deshaciéndose de milenarios rituales, de tierras que un día fueron Pangea. De lejos las nieves del Kilimanjaro, blancas como el ocaso de la escritura de Hemingway, un disparo que hace tabula rasa en la sabana africana, el rugido del león que no se oirá nunca más. En el sueño logré leer una poesía de Léopold Sédar Senghor, el Orfeo de la Negritud que reconoció la tradición oral como la más importante: aedos, cantores y rapsodas: “¿Es todavía África esta costa que se mueve, este orden de batalla, esta larga línea recta, esta línea de acero y fuego?”.

Lorenzo Manzoni me lo repetía siempre: “Este es el país de Bengodi”. Boccaccio no estuvo por aquí, era Nápoles su cruz y su delicia. En el sueño me parece oír el eco de los viajes de André Gide y de Arthur Rimbaud. Oigo también la honda respiración de Livingstone bajo las cataratas del lago Victoria. África no puede ser solamente el nombre de este inmenso territorio, el cielo siempre estrellado, las memoriosas palabras de Okonkwo, las leyendas que narran los viejos “chef du village” bajo el árbol que sigue resguardando la milenaria sombra. La memoria oral vale este sueño y mucho más. Solo un río separa Camerún de Guinea Ecuatorial, lo cruzamos con Lorenzo y juntos a nosotros unas contrabandistas que solamente cuando nos habíamos ya fumado unos cinco o seis cigarrillos nos avisaron que estábamos sentados encima de un tanque con mil litros de gasolina. No hay riesgo mayor que la vida, aquí en esta África absorbida y deletreada con el canto de una sirena o en la voz de Cesária Évora.

Hubo emperadores romanos que nacieron en suelo africano. Abebe Bikila sigue corriendo descalzo, pisando los adoquines de Roma, cada piedra lleva una historia, Escipión el Africano, Cassius Clay, Septimio Severo, la trompeta de Louis Armstrong. Caminaría con todos ellos por calles rojas como la tierra de Lagos, reconociendo el mal de África como el único mal que no conoce banalidad, bebería con todos ellos el vino de palma más embriagador, me acostaría después de haber bailado toda una noche y hasta el amanecer. Abriría los ojos frente a la playa de Kribi, ahí la luz del horizonte es más frágil, más soñadora, frente a la saudade del Brasil, de un barco donde alguien quiere aún cargar esclavos. Su rebelión es el suicidio colectivo para evitar el calvario en unas plantaciones de café o de cacao.

Mi sueño fue la pesadilla de Okonkwo: “Era como un hombre que se preguntase en plena luz del dia por qué un sueño le había parecido tan terrible de noche”. En las noches más largas me siento frente a un baobab a escuchar los extraños cantos de raros pájaros nocturnos, el dialogo de los monos acurrucados en los árboles, de muy lejos las nostalgias de la jirafa y la cebra encerradas en un zoológico de Ámsterdam.

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