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Todos los caminos conducen a uno mismo

Rafael Núñez Florencio

En las largas semanas de confinamiento, surgió en varias ocasiones en charlas telefónicas con los amigos la cuestión de qué añorábamos más de lo que todos dimos en denominar vida normal, o sea, la anterior a la pandemia. Para mí, lo primero, como le pasaba a la inmensa mayoría, era la relación afectiva directa y sobre todo táctil —abrazos, besos— con los seres queridos que residían en otra ciudad o simplemente otro barrio distante. En lo segundo, me temo, tampoco era excesivamente original: como la mayor parte de mis compatriotas, echaba mucho de menos la sociabilidad en torno a la barra de un bar o una agradable cena en un acogedor restaurante. El tercer puesto de la lista lo ocupaba una actividad que antes del encierro parecía trivial o irrelevante: pasear. Me refiero al hecho elemental de salir de casa, a menudo sin rumbo fijo, solo para estirar las piernas y despejar la mente después de varias horas frente a un libro o el ordenador. En otras ocasiones, el paseo —si así puede llamársele— era más premeditado, pues se trataba de partir con tiempo y sustituir el metro o el autobús por una caminata al dirigirme a mi lugar de trabajo o una cita. Ahora, en la cuarentena, costaba trabajo concebir que de golpe y porrazo tuviésemos vedado o al menos restringido algo tan simple como pisar libremente la calle. Ya nos lo habían advertido los filósofos desde la antigüedad grecorromana: la vida humana se compone de pequeñas cosas tan imprescindibles como poco valoradas… ¡hasta que las perdemos!

Solo entonces, como rebobinando nuestros recuerdos, somos conscientes del cúmulo de sensaciones agradables que contienen actos banales. En mi caso, y volviendo al momento mismo de traspasar el portal, sentir en la cara el frescor o la calidez del ambiente exterior, mientras los ojos se acostumbran, como desperezándose, a la claridad circundante; luego, en cuestión de pocos segundos, suelen llegar los efluvios del parque cercano, el rumor de los pinos y los castaños de India y. a veces, si hay suerte y es por la mañana temprano, el aroma fresco de la hierba recién cortada por los jardineros. Confieso que nunca, hasta ahora, había sido consciente de estas menudencias. Buscando atenuar esta imprevista nostalgia seleccioné de mi biblioteca un pequeño volumen que había comprado hace varios meses y cuya relación con todo lo expuesto no van ustedes a tardar en advertir: Elogio del caminar de David Le Breton (traducción de Hugo Castignani, ediciones Siruela). Lo adquirí en su momento porque había leído otra obra de Le Breton que me había gustado, El silencio (ediciones Sequitur), pero después, como pasa muchas veces, se impusieron otras prioridades y el opúsculo quedó varado en los anaqueles de mi biblioteca, acaso perdido para siempre de no haber irrumpido la crisis sanitaria y el confinamiento.

Lo primero que quiero consignar es que en su momento, cuando me fijé en este librito de Le Breton, me llamó la atención el puñado de obras que se habían publicado estos últimos años sobre esa misma materia o aledañas (y me limito exclusivamente al mercado editorial español). Sin ánimo de ser exhaustivo y tan solo a título informativo para el lector que tenga interés en el asunto, podría citarles, aparte, naturalmente, de la obra de Le Breton, Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie de Erling Kagge (Taurus), Wanderlust. Una historia del caminar de Rebecca Solnit (Capitán Swing) y dos clásicos con el mismo título de Caminar, obras de William Hazlitt y Robert Louis Stevenson (Nórdica) y Henry David Thoreau (Interzona), respectivamente. Si ampliamos la perspectiva para incluir el paseo, tan indisociable de lo anterior, no me resisto a incluir Un paseo por el bosque de Bill Bryson (RBA) y Filósofos de paseo de Ramón del Castillo (Turner). Como ven, el tema me resulta lo suficientemente atractivo como para rastrear la bibliografía existente pero, con todo, no les quiero engañar, mi conocimiento del asunto no traspasa el nivel de mero diletante. Por ello no está mal recordarles que esto que están ustedes leyendo no es ni pretende ser una reseña ni mucho menos un estado de la cuestión: me limito, en los párrafos que siguen, a compartir mis impresiones desde una perspectiva personal, sin sujetarme a un esquema analítico convencional.

Desde las primeras páginas de su breve obra, Le Breton insiste en que hoy por hoy, «en el contexto del mundo contemporáneo», la determinación de caminar supone una forma de nostalgia o resistencia. Vagar, dice, no puede ser considerado más que un anacronismo «en un mundo en el que reina el hombre apresurado». En efecto, todo nos compele a usar otros medios más rápidos o aparentemente más cómodos, en especial el automóvil, el tren o el avión. Viajar es, la mayor parte de las veces, salvar la distancia que nos separa del lugar al que queremos ir. Incluso los circuitos turísticos suelen organizarse condensando las supuestas experiencias viajeras, ver lo máximo en el menor tiempo, como ya apuntaba aquella película de feliz título, Si hoy es martes, esto es Bélgica. La condición humana se ha convertido en «condición sentada o inmóvil». El desarrollo de las nuevas tecnologías no ha hecho más que incentivar esta tendencia, no solo porque su uso refuerza el sedentarismo sino además porque, en el mundo de las conexiones digitales, el cuerpo o la materialidad en su conjunto viene a ser un lastre o un estorbo en la medida en que no resulta susceptible de transformación, como la realidad virtual. Así, los cuerpos devienen simplemente perfiles. Sin necesidad de extremar el argumento, Le Breton señala un rasgo característico de nuestra era, la proliferación de imágenes que suprimen las piernas: el hombre contemporáneo es casi siempre un hombre sentado, ya sea por ejemplo conduciendo un automóvil o como busto parlante en las pantallas.

Como ya descubría el propio título del ensayo, el autor nos incita a llevarle la contraria a esta tendencia del mundo que vivimos. Caminar no es simplemente un medio sino un «rodeo para reencontrarse con uno mismo». O también, ¿por qué no?, caminar no es un medio porque se convierte en un fin en sí mismo. Al caminar no vamos, sino que misteriosamente nos dejamos llevar. Por eso el vagabundeo se hermana con el silencio, con el que tiene tanto en común: «El silencio es el fondo del que debe nutrirse quien camina a solas». Pasear y callar parecen dos caras de la misma moneda. Ambos nos permiten desconectar de las exigencias del mundo exterior para sumergirnos en nosotros mismos. De hecho, es difícil concebir uno sin el otro. Es verdad que se puede pasear en compañía, de la misma manera que es posible pasear conversando, pero el caminar genuino que defiende Le Breton es una actividad solitaria y silenciosa. Incluso cuando se trata de un largo viaje, el peregrino se echa a la espalda una mochila con lo indispensable y tira hacia delante sin nadie más que su propia sombra, sumido en sus cavilaciones y recuerdos, con sus sentidos abiertos para dejarse penetrar por el conjunto de impresiones del mundo. De este modo el caminante se hace rico solo en tiempo —«él es el único propietario de sus horas»—, pero esta riqueza resulta ser la más importante de todas. El viajero solitario no tiene que rendir cuentas a nadie. En lo que a mí concierne, modestamente, siempre he considerado que pasear era la mejor manera de estar solo sin tener que dar explicaciones a nadie.

El caminante silencioso mueve sus pensamientos casi al compás de sus piernas. Queda implícito en las consideraciones anteriores: pasear significa también meditar. Hay incluso una larga tradición en la filosofía occidental que vincula el movimiento o incluso el vagar sin rumbo fijo con la agudeza mental y la creatividad. Desde Aristóteles, han sido mucho los genios que han encontrado en el paseo la fuente de inspiración. En estas páginas que comento se cita a Kierkegaard: «Mis pensamientos más fecundos los he tenido mientras caminaba». Y también se dice que «en 1802, el filósofo alemán Schelle, amigo de Kant, escribe un corto tratado sobre el paseo considerado como un arte». Comparto el planteamiento porque desde que era adolescente el caminar sin rumbo fijo ha sido para mí el medio natural para despejar la mente e incluso para que surgieran las ideas más satisfactorias. Le Breton, por su parte, apunta que el deambular durante horas o, al menos, sin atenerse a pautas fijas o requerimientos convencionales, procura continuos momentos propicios para la meditación: «El sueño de una noche sin techo es también una formidable invitación a la filosofía, a la reflexión ociosa sobre el sentido de nuestra presencia en el mundo». En realidad no hace falta ponerse trascendente, pues de lo que se trata muchas veces es simplemente de dar rienda suelta a las sensaciones o emociones más íntimas, desatadas por unos estímulos eficaces: «una fuente que se abre paso entre las piedras, el canto de una lechuza, el salto de una carpa sobre la superficie de un lago, la campana de una iglesia al caer la tarde, el crujir de la nieve bajo nuestros pasos, el crepitar de una piña bajo el sol».

Por cuanto modula el tiempo y ensancha el espacio, contemplar el mundo a pie significa también acomodarse al ritmo de las piernas y con ello retomar la perspectiva humana, en contraposición a la ruptura del espacio-tiempo tradicional que han supuesto las máquinas y el desarrollo tecnológico. Lejos de mí, sin embargo —y en esto me parece que me distancio del tono del autor del libro—, edificar sobre todo ello una mitología alternativa, una concepción del caminar como una especie de panteísmo sui generis o, sin llegar a tanto, una concepción mística del caminar como ascesis, una comunión mística con la naturaleza en la línea de los Thoreau y los teóricos tan caros al ecologismo como ideología política. Hay un capítulo, titulado «Espiritualidades del caminar», en el que se enfatiza la conversión del camino en «camino iniciático», se habla del transitar por la naturaleza como la conversión del desafío físico en «desafío moral» y se defiende, en fin, que «muchas rutas son travesía del sufrimiento, que nos acercan lentamente a la reconciliación con el mundo». Me parece bien, pero en lo que a mí respecta me conformo con una versión mucho menos sublime de la pulsión andariega. Sinceramente, no necesito transitar por esa vía del esfuerzo redentor. Tampoco necesito emular a los exploradores que admira Le Breton, aquellos que se empeñaron en llegar a Tombuctú o descubrir las fuentes del Nilo arrostrando un sinfín de penalidades. Si andar, como antes decíamos, es reencontrarse con la perspectiva humana, seamos coherentes y adaptemos la marcha a los límites humanos.

Al fin y al cabo, se trata de algo tan sencillo en mi opinión como disfrutar del paseo. No hace falta imponerse grandes retos sino más bien todo lo contrario, descargarse de imposiciones y abandonarse al placer de caminar. No son necesarios por ello selvas inexploradas ni mundos exóticos, escalar picos inaccesibles o descender hasta cuevas insondables. Es innegable que siempre presenta más atractivo enfrentarse a una cartografía desconocida, pero también puede resultar suficiente y gratificante cualquier espacio familiar: mi ciudad, mi barrio, el parque cercano a mi domicilio. Yo, por lo menos, no necesito más.

Me siento por ello completamente identificado con el planteamiento del capítulo dedicado al «caminar urbano». Aunque no viva en París, yo también me siento un flâneur que «camina por la ciudad como lo haría por un bosque: dispuesto al descubrimiento». El autor habla aquí del «cuerpo de la ciudad» y de cómo uno se sumerge en él oyendo, viendo, sintiendo y aspirando. Retomando lo que decíamos al principio —y así cerramos el círculo de esta reflexión— creo que debería añadirse en este punto la capacidad del paseante para canalizar todas esas impresiones visuales, auditivas y olfativas hacia lo más profundo de sí mismo, porque ahí es siempre donde confluyen todos los caminos.

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