Maurizio Bagatin

¿Será un delito irse a vivir sobre un árbol? Se pregunta Domenico, con espíritu libertario y con el deseo de alejarse del modernismo. Subirse y no bajar más. Domenico es Cosimo Piovasco, barón de Rondò, rampante sin ser un barón. Ver la vida a través de los anillos del tronco de un árbol, acariciando los callos de du corteza, desde las frondas ramas que no quiere abandonar ¿Rebelión o lucidez?

El árbol de nogal fue techo y trabajo. Bajo su sombra durante los veranos alistábamos nuestra bancarella de libros, libros que en realidad eran pocos. Eran revistas, comics, foto romances, nombres jamás oídos, hojas patinadas, páginas en blanco y negro que a poco a poco se hacían coloradas, Lanciostory, Skorpio e Bliz, nuestra diversión y nuestro aproche al comercio. Diabolik, Alan Ford e Linus, intercambio sofisticado con Zagor, Tex y Mister No. Mi colección fue la de Il piccolo ranger.  

Al frente de nuestra casa muchas plantas de sauco, y sus frutos en el verano eran nuestro botín en las tardes bochornosas, luego todos al baño o escondidos en medio de las zarzas de moras y arboles de acacia. La diarrea que provocaba el fruto del sauco, que comíamos sin medida, no tenía frenos…en las noches de verano un grupo seleccionado de teddy boys del Bósc iba a proveer de cerezas a todo el grupo, esperábamos que las familias campesinas se vayan a dormir, luego de un largo día transcurrido en el campo, y con toda nuestra habilidad subíamos unos 5, 6 hasta 8 metros y llenábamos las bolsas de rojísimas cerezas maduras, no sin habernos llenado, antes, nuestras barrigas. No era hambre, era desafío.

Mi papá se cayó de un higo, de la planta que apaciguaba con su sombra la canícula veraniega, se cayó y se fracturó algunas costillas. El higo es planta noble, pero de madera frágil y con la memoria de Matusalén, siempre se plantaba a la entrada de las casas. Auspicio. Un fruto que encierra sus frutos y se revela también en invierno, con las brevas tanto recordada por el Chino Navarro.   

El tronco de un árbol en el río Meduna nos permitió aprender a nadar. Después de la curva era el lugar adonde íbamos en pleno verano, escapándonos por la ventana durante las siestas. Ahí el Lolo me lanzó al río, y se sabe o se aprende, mirando como movía sus patas la Lila, empecé a nadar, empezamos todos en recorrer con manos firmes el tronco que flotaba en el río. Los callos del tronco nos guiaban, el miedo no se hizo nunca vencer por las ganas que teníamos, después fue nuestro teatro veraniego.

Detrás de un árbol los besos, los primeros fugaces toqueteos al cuerpo ajeno, palpar nueva piel, la frescura primaveral bajo las ramas que unas cosquillas alejaban, las luces tenues y el canto de los pájaros en sus nidos.  

El roble de la plaza, símbolo y envidia de los demás pueblos, campanilismo le siguen llamando a este manifiesto tribalismo; la magnolia de la Villa Zuccheri que en su memoria puede conservar a Casanova y en las fotos color sepia una película de Visconti; y los hipocastáneos danzando al viento de un temporal de agosto y felices en octubre en soltar sus frutos que nosotros antes de la escuela recogíamos…todos los árboles…aquel que plantamos con nuestros padres, los de hoy, los de mañana con nuestros hijos, nuestros nietos; la hileras de moreras en mayo, cuando las manos de hombre de ayer iban cortando las hojas para los gusanos de seda; y los álamos, escondite de los jerarcas fascistas cuando los partisanos pasaron por Villa Gozzi en Visinale.

Los recuerdos ahora, como si fueran los sueños de un niño. Porqué recordar es vivir.