Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Los ibo son gente maligna, dice mi amigo Matthew Osayaren, nigeriano de Benin City, al sur centro del país. Aclara que no es Benin, la antigua Dahomey. Lo entiendo. Cuando le cuento de una inmensa máscara ibo, o igbo, que tengo, me dice que la arroje al basurero, que a no dudar carga maldición. La máscara en cuestión es bastante burda, sin grandes decoraciones, oscura y tenebrosa. Estuvo tantos años en casa que si maldijo supongo que lo hizo ya.

El acordeón del valse musette suena entre pasodobles y danzón. Virtuosos del musette, París 1944-1954, reza la tapa del disco compacto. Lo escucho mientras devoro un pastel de chocolate. Matthew está siempre con su música, una suerte de pop africano al que no le he prestado mucha atención. Eso y un sitio, creo que religioso, cristiano, llamado Emmanuel.

Vals. Matthew apenas puede caminar. De raído abrigo y automóvil amarrado como paquete para evitar la caída de la carrocería. Tuvimos en la conversación sobre el mal que llegar a Biafra, la guerra de mi infancia que leía en Siete Días Ilustrados, revista que Joaquín compraba en la plaza principal los domingos. Cuando los ibos buscaron la secesión. Crueldad sin límites que nunca se fue de África, que perdura en las huestes fanáticas de Boko Haram. Nigeria alguna vez tuvo misterio. Hoy Lagos está entre las ciudades más pobladas del mundo. Horror que suplantó el asombro.

Una  mujer e hijas caminan desde hace años por sus labios. El abrigo siempre aquel marrón claro lleno de orificios. Las balas de la miseria perforan la ropa. Aquellas están en Las Vegas, en el desierto de neón. No pregunto, miro las fotos virtuales de sus hijas, ataviadas para concursos de misses africanas. Miro a mi derecha la puerta metálica que permite ingreso a la noche. Ken y yo trabajamos en nuestras mesas. Matthew no llega; tampoco Jesús. Este último viajó a Juaritos, a la amada de 38 a la que dobla en edad. Compra pastillas azules y Cialis marrones a veinte dólares la unidad antes de cada viaje. Va en su troca nueva, gigante; no sé cómo elude las mafias. Sonríe cuando me dice que ya no puede, que la diabetes mató su sexualidad. Para qué asustarse de la muerte.

La novia de 38 le acaricia la cabeza cuando él se arrodilla a orar entre sus piernas. “No se me agüite, mi Chuy”, con cariño esa voz de frontera joven. La soledad de USA pasea campante bajo el cielo sin luna. Ruido como matracas de moreno anuncia el arribo del auto de mi amigo nigeriano. Cuando ya no hay piernas, bajar de él se convierte en ritual. Gotea, garúa, el valse musette parece burlarse de nosotros. Pero arriba de todo está Dios, afirman ellos, aunque cualquier espectro es más sólido que la divinidad.

Del largo listado de martes solo he cumplido una misión. Postergo el resto. Mañana hay asueto y lecturas. Alisto una colección de Emerson, Lake & Palmer. Pasaré al menos la mañana con ellos. Tal vez como un homenaje a mi querido Juan Carlos Coqueugniot, primo, que otra mañana de 1975, en la Córdoba dinamitada, me introdujo a la música progresiva. Mi ignorancia era atroz como mis pasos en el vals. Apenas había descubierto a The Doors. Sonaba, porque memoria tengo de sobra, en la calle Oncativo, The Wind Cries Mary. Jimi Hendrix en el salón. Mi madre ríe, retorna al “che” que olvidó en su lengua boliviana.

Salto casi cincuenta años y otro hombre negro arrastra su música en un cable que tiene al extremo un IPhone. Los ibo son demonios, Claudio, tira esa máscara sobre la que danzaron los brujos. Poco le puede hacer, alego, a un brucolaco andino que ni sangre chupa. Simple vrykolakas, Matthew. Lo miro erguido, sobreponiéndose un instante al desconcierto de la realidad, y veo en él los remanentes de su gran cultura, la tradición Edo, los que fundaron el imperio de Benin, increíbles bronces del pretérito. Luego la imagen se deshace. La lluvia ha arreciado. Suena como los grandes ríos del África negra, llenos de feroces peces tigre, goliats.