Se acabó

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Podría, tal vez, quedarse un tiempo más (Evaristo) pero de poco le serviría. Llegamos a un punto de inflexión. Su poder se ha resquebrajado y no podrá recuperarlo. Al fin parece que van formándose nuevos líderes y el tiempo dirá. Dirá si se va a la cárcel o al exilio dorado. Que lo sigan allí los Molinas y demás, para limpiarle los mocos. Para eso sirven ya que con el verbo no se ajustan al ritmo. Aunque buscan y encuentran amo fácil, no importa por ni de dónde. Lenguas curtidas en espasmos corporales.

Como muestra de la amenaza masista, los “hermanos” incendian de nuevo el Parque Tunari en Cochabamba. Advertencia, dirán, pero no pueden contra un país entero. Evaristo amenaza con el cerco. Se cree el satélite Tupac Katari, por lo inservible será. Cerco. Voy a enseñarles, afirma con dejo criminal. Que enseñe, vamos, y que aparezca, machito de palacio, a enfrentar a la masa que lo vilipendia. Nunca lo haría, se escuda en su peluquero y su modista, en la nulidad del entorno palaciego, en la oclocracia reinante y el lupanar. Maduro ofrece tropas. Las conducirá él mismo por los caminos de América. Apenas salga cien metros de su seguridad lo convertirán en charque para perros. Lo sabe, por ello rebuzna desde adentro. Cristo pone púas de fierro en la punta de su látigo. La espalda de los fariseos suena como pipoca al recibirlo. Imagino el gusto del mesías apaleando a estos, con qué ganas lo haría, con sonrisa bienaventurada. No dudo que apalearía a Francisco papa también, al negro jesuita de maña y espanto.

Llega el lunes y recorto mi columna a la espera. Lunes, otra vez, canta Sui Géneris, pero no es el mismo lunes de siempre. Se juega Bolivia pero ya hay un solo perdedor: Evaristo Primero, rey de la pachamamada, así permanezca unos meses más en el cargo. Regálenle unos Adidas porque saldrá corriendo. Temprano, y no tarde.