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Sartori, el temor a la televisión y los mitos sobre la IA

En su libro Homo Videns, el politólogo italiano, Giovanni Sartori, sostenía que la televisión estaba convirtiendo al homo sapiens (el hombre que piensa) en homo videns, un ser acostumbrado a la imagen, menos capaz de desarrollar pensamiento abstracto, de razonar conceptualmente y carente de reflexión crítica. Su argumento se apoyaba en tres ideas centrales: a) la imagen desplaza a la palabra escrita; b) el predominio de lo visual reduce la capacidad de abstracción; y c) la democracia se vuelve vulnerable a la manipulación emocional de los medios.

En los años noventa, estas ideas parecían exageradas para muchos académicos; sin embargo, varias investigaciones posteriores en psicología cognitiva y neurociencias mostraron algunos hallazgos que, parcialmente, le dieron la razón. Por ejemplo, la lectura atenta de diferentes libros, desarrolla capacidades de razonamiento analítico y genera una comprensión conceptual más compleja que el consumo rápido de imágenes donde, muchas veces, no podemos tener un juicio cabal sobre lo que sucede. Se requiere tiempo para pensar y, simultáneamente, se necesita leer para tener diferentes perspectivas.

La exposición continua a contenidos audiovisuales fragmentados puede disminuir la atención, puesto que los medios visuales favorecen respuestas emocionales inmediatas, frente a procesos reflexivos más lentos. Autores como la profesora estadounidense, Maryanne Wolf, en su libro Reader, Come Home, han mostrado cómo los entornos digitales pueden alterar los hábitos de cualquier forma de lectura profunda. Del mismo modo, Nicholas Carr argumentó en, The Shallows, What the Internet is doing to our brains, que las redes del Internet favorecen constantemente una atención dispersa, destruyendo nuestra capacidad para concentrarnos, comprender y leer con calma un libro “de verdad”.

De todos modos, Sartori también se equivocó en algunos aspectos, pues tampoco existe evidencia sólida para afirmar de manera tajante que la televisión ha producido una “degradación” irreversible de la inteligencia humana. No está plenamente demostrado que la exposición a imágenes web, el cine, la televisión e Instagram, destruya nuestra capacidad de abstracción. De hecho, muchas personas combinan exitosamente los medios visuales, la lectura y el mejoramiento de la educación superior, manteniendo un pensamiento complejo.

Actualmente, los argumentos se estrellan contra la inteligencia artificial (IA), presentando una estructura sorprendentemente similar a la condena de Sartori. Muchos críticos aseguran que la IA debilita la escritura, reduce la creatividad, genera dependencia cognitiva, disminuye el esfuerzo intelectual y reemplaza algunas habilidades de aprendizaje. Estas preocupaciones tampoco son completamente infundadas. La investigación educativa identifica varios riesgos porque los seres humanos tienden a delegar tareas mentales cuando existe una herramienta tecnológica disponible. Antes ocurrió con las calculadoras, después con el GPS para la orientación espacial y los buscadores web. La IA amplifica este fenómeno; si un estudiante utiliza IA para responder a todas sus tareas sin reflexión propia, disminuye la consolidación de sus aprendizajes.

Por otra parte, la IA permite producir textos sofisticados, aunque muchas veces, sin comprender los conceptos involucrados. Esto genera una falsa sensación de dominio intelectual porque “aprender” siempre requiere esfuerzo cognitivo. Cuando la IA resuelve automáticamente cualquier ejercicio, escribe resúmenes o análisis, se reduce el “tiempo” dedicado a fortalecer los conocimientos.

¿Existe evidencia contundente contra la IA para afirmar que hemos dejado de pensar? Todavía estamos en una etapa temprana, pero a diferencia de la televisión, que ha sido estudiada durante décadas, la IA tiene pocos años para evaluar con mayor claridad los efectos negativos e impactos masivos de sus influencias. La evidencia disponible muestra riesgos reales, aunque también beneficios importantes: tutorías personalizadas; retroalimentación inmediata; mejora de la escritura; apoya a estudiantes rezagados y permite un enorme acceso al conocimiento con diferentes fuentes de información.

La mayoría de estudios concluye que el impacto depende más de cómo se utiliza la herramienta, que de la herramienta misma. Lo interesante es que la discusión actual reproduce un patrón histórico como cuando apareció la escritura. En la antigüedad, Platón relató en el Fedro que algunos temían que la memoria humana desapareciera. Cuando apareció la imprenta, hubo críticas sobre la “sobreabundancia” de libros, como si éstos fueran un peligro.

Cuando surgió la radio, también se habló de la muerte de la lectura. Y, por supuesto, cuando se inventó la televisión y dominó nuestras vidas, Sartori anunció la decadencia del pensamiento abstracto. Ahora, la IA es presentada como la tecnología que, probablemente, destruirá la inteligencia humana.

Por lo tanto, cada revolución tecnológica genera temores legítimos porque modifica los hábitos cognitivos establecidos. Desde una perspectiva histórica y científica, ni Sartori ni los críticos más extremos de la IA parecen tener completamente la razón. Algunas investigaciones señalan que las tecnologías sí transforman la cognición humana porque no son neutrales y cambian los patrones de conducta más profundos. Cambia cómo se genera la atención, la memoria, la forma de leer y los modos de aprender. Sin embargo, algunos datos también muestran que los seres humanos se adaptan y desarrollan nuevas capacidades.

La televisión no eliminó el pensamiento abstracto y, por lo tanto, el Internet tampoco destruirá la lectura. La calculadora no acabó con nuestras habilidades para aprender las matemáticas y tal vez la IA tampoco arruinará nuestros aprendizajes. La cuestión central no descansa en si la tecnología reemplazará la inteligencia, sino qué instituciones educativas son capaces de enseñar a usarla críticamente y combinar diversas estrategias de aprendizaje con libros, viajes, experimentos, tecnologías, vivencias nuevas y clases cotidianas para discutir diferentes puntos de vista.

El error, tanto de Sartori como de muchos críticos, consiste en atribuir a la tecnología un poder causal absoluto. Los estudios en ciencias cognitivas sugieren algo diferente: las tecnologías moldean nuestras capacidades, pero sus efectos dependen de los contextos culturales, educativos e institucionales en los que son utilizadas.

La pregunta relevante no es si la IA es buena o mala para aprender, sino qué tipo de inteligencia queremos cultivar, en una época donde el acceso al conocimiento deja de ser escaso y pasa a ser “ilimitado”. Las abundantes posibilidades para aprender, posiblemente determinarán el futuro de la educación en el siglo XXI; no se sabe y hay que estar vigilantes, sin cerrar la mente para nada.

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