La guerra desde el aire
Carlos Decker-Molina
En el texto anterior sostuve que la guerra en el frente se encuentra prácticamente estancada. Los avances territoriales son mínimos y ya no se observan grandes movimientos de tanques o de infantería capaces de alterar el curso del conflicto. La guerra continúa, pero su escenario principal ha pasado a ser el aire, aunque no dominado por aviones, sino por drones.
Ucrania parece llevar la iniciativa en esta nueva forma de combatir. Los últimos ataques destruyeron unas fábricas militares según la información de Euronews.
Sin embargo, conviene distinguir entre drones terminados y los componentes que los hacen posibles: motores, cámaras, chips, baterías, fibra óptica y otros sistemas electrónicos. Desde 2024 la tendencia ha cambiado. Tanto Ucrania como Rusia fabrican hoy la mayor parte de sus drones en su propio territorio, aunque siguen dependiendo del exterior para obtener piezas críticas.
Ucrania
Más del 90 % de los drones FPV y una proporción creciente de los drones de largo alcance son fabricados por empresas ucranianas, privadas y estatales.
A ello se suma el apoyo de varios países occidentales. El Reino Unido es el principal donante y en 2026 anunció la entrega de unas 120.000 unidades. Alemania, Noruega, Países Bajos, Letonia y Lituania financian o participan en la producción conjunta; Francia ha suministrado drones de reconocimiento y Turquía fue el proveedor de los célebres Bayraktar TB2 al comienzo de la guerra.
En los últimos meses Ucrania ha dejado de ser únicamente receptora de ayuda para convertirse también en exportadora de tecnología y conocimientos sobre drones, recuperando en parte la tradición industrial heredada de la época soviética.
Rusia
Rusia produce actualmente la mayor parte de sus drones de ataque, especialmente la familia Geran, derivada del modelo iraní Shahed. Irán fue el proveedor inicial y transfirió la tecnología necesaria para fabricar esos aparatos en territorio ruso.
China no vende oficialmente drones militares a Moscú, pero numerosas empresas suministran motores, chips, cámaras, fibra óptica, baterías y otros componentes de doble uso indispensables para la industria rusa. Corea del Norte también coopera en tecnología militar y producción.
La guerra aérea
Los ataques ucranianos se concentran en refinerías, fábricas de municiones, aeródromos, depósitos de combustible y puentes estratégicos situados en el interior de Rusia. Moscú, por su parte, golpea con creciente intensidad ciudades, infraestructura energética y zonas residenciales, especialmente Kiev, en una estrategia destinada a desgastar la moral de la población.
En junio de 2026 Ucrania lanzó aproximadamente 11.600 drones (11,6 k), mientras Rusia respondió con unos 5.700 (5,7 k).
Estas cifras no significan que todos los drones sean íntegramente nacionales. Los ucranianos son mayoritariamente de diseño y fabricación propia, aunque incorporan motores, cámaras y chips extranjeros. Lo mismo ocurre con Rusia: fabrica la mayoría de sus aparatos, pero depende de componentes chinos y de tecnología originalmente desarrollada por Irán.
¿Basta con dominar el cielo?
Un estratega militar sueco sostiene que las guerras no se ganan desde el aire. Los drones pueden destruir, desgastar y paralizar al enemigo, pero no ocupan ciudades ni controlan territorios. Esa idea no es nueva. Clausewitz ya afirmaba que el objetivo final de la guerra era imponer una voluntad política, y varios estrategas contemporáneos mantienen el mismo principio.
La guerra de Ucrania confirma esa paradoja. Los drones han transformado el campo de batalla: atacan depósitos de combustible, centros logísticos, aeródromos y posiciones militares a cientos de kilómetros del frente. Rusia emplea drones FPV, drones guiados por fibra óptica y bombas planeadoras; Ucrania responde con ataques de largo alcance sobre objetivos estratégicos.
Pero ningún dron puede izar una bandera sobre una ciudad.
Cuando Rusia intenta conquistar una localidad del Donbás, después de semanas de bombardeos necesita que la infantería ocupe las trincheras, limpie los edificios y permanezca allí. Lo mismo ocurre cuando Ucrania recupera terreno.
La diferencia es que la infantería también ha cambiado. Ya no predominan las grandes columnas blindadas propias de la Segunda Guerra Mundial. Hoy avanzan pequeños grupos de asalto, de cuatro o cinco soldados, permanentemente apoyados por drones de reconocimiento y ataque. El dron se ha convertido en una especie de «artillería personal» del combatiente.
En consecuencia, el conflicto se desarrolla en dos niveles: una guerra estratégica, en la que los drones buscan destruir la economía y la logística del adversario, y una guerra táctica, donde la infantería sigue siendo indispensable para ocupar y conservar el terreno.
Una lección compartida
La tesis del estratega sueco coincide con la de destacados militares occidentales.
El general Mark Milley, exjefe del Estado Mayor estadounidense, sostuvo que las guerras no se ganan únicamente desde el aire, el mar o el espacio. La política se ejerce sobre personas, y las personas viven sobre la tierra; por ello, las guerras terminan decidiéndose en el terreno.
El general Herbert R. McMaster advirtió que ninguna innovación tecnológica sustituye al soldado. Los drones, los robots o los ataques de precisión pueden modificar la forma de combatir, pero no reemplazan la presencia humana necesaria para controlar un territorio.
En la misma línea, el general James Rainey, jefe del Army Futures Command, recordó que la tecnología solo adquiere sentido cuando se integra con infantería, artillería, inteligencia, logística y mando.
Incluso la propia OTAN sostiene que la superioridad aérea no reemplaza a las fuerzas terrestres: simplemente crea las condiciones para que puedan cumplir su misión.
¿Empate?
La guerra de Ucrania parece confirmar esa vieja lección militar. Los drones han revolucionado la manera de combatir y seguirán transformando los conflictos del siglo XXI. Sin embargo, mientras el objetivo sea conquistar y mantener territorio, la última palabra continuará perteneciendo a la infantería. Ningún dron puede ocupar una ciudad ni sustituir la voluntad política que decide el desenlace de una guerra.
Pero el verdadero empate ya no es solo militar. También es económico, político y psicológico. Ambos contendientes intentan desgastar la capacidad industrial, la moral de la población y la resistencia del adversario antes que obtener grandes victorias en el campo de batalla. Esa lógica explica, en parte, el creciente interés europeo por explorar una salida negociada. Francia y otros gobiernos consideran que, tarde o temprano, será inevitable volver a la mesa de negociaciones, después de que los distintos intentos de mediación no hayan producido resultados duraderos.
Si esa negociación no llega, Europa podría convivir durante muchos años con una nueva frontera militarizada, semejante —aunque no idéntica— a la de la península coreana: una Rusia convertida en una potencia nuclear cada vez más aislada y autoritaria, frente a una Ucrania profundamente integrada en Occidente, con una poderosa industria de defensa y una estrecha vinculación política y militar con la Unión Europea. No sería la paz. Sería, más bien, un largo armisticio, una guerra congelada con el riesgo permanente de volver a encenderse.
Los cambios en la cúpula militar y política de la defensa ucraniana comentaré en un próximo artículo. Así como las reacciones rusas a los ataques ucranianos en territorio de la Federación.