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Roberto Laserna / Cuento

“Filho Dada”

“y  los topos

Voraces, como siempre

Precisos

Indemnes

Y la vergüenza

Hasta de haber vivido

trozos

de amor posible”

E. Mitre

Hay lujos que no todos pueden darse. Por ejemplo, ver la sangre de los caídos. Yo sí, me doy bien seguido ese lujito, como anoche… Llegué tarde, muy tarde para la redada, cuando ya mis compañeros estaban sentados en el jeep, fumando su nerviosismo. Un nerviosismo que amenazaba desarmar el viejo lanrover de tanta tembladera. Siempre lo mismo, salen todos hechos un manojo de nervios, y se descargan pateando puertas, asustando viejas, correteando maricones. Javier ya se dio cuenta de que llego, escucho su voz lejana, burlándose seguramente de mi cojera el muy granputa. Pero ya van a ver, algún día les he de hacer tragar sus bromitas idiotas.

-¡Hola Filho Dadá! –me grita desde lejos- parece que el camino se llenó de piedras, ¿no?

¿Para qué responder? Me limito a esbozar una sonrisa que sabe a mierda en esa noche fría. Javier y sus bromas, el “comando quince” que festeja sus burreras. La pistola molesta con su peso mi axila. Otra noche más de la misma faena. ¿Hasta cuándo tendremos este trabajo? Cualquier rato voltean al gobierno y seremos nosotros los que tengamos que salir a la raja, escapando. Por eso es que junto mi platita, por eso. Y cuando llegue el día en que el hambre nos ajuste la comida, yo estaré listo para irme lejos. Bien lejos. Sin estos cuatro cabrones que me ven llegar con sus ojos burláticos. Me saben que siempre quedo rezagado en las carreras, me saben que no puedo abrir las puertas a patadas, y me saben y me envidian el padrino que tengo. ¡El Indio Saravia, un pendejo!

-Apurate Cojo, se nos hace tarde –me grita Fermín desde el volante- ya no encontraremos a nadie a estas horas.

Aprieto el paso a como puedo, hasta hacer rechinar mis huesos de dolor.

-Mejor te quedaras, Cojo –mirando a Javier, sonriendo tras sus palabras el Cholo -¡por ahí es noche agitada!

-Sí oye, mejor nos esperas con café caliente en el cuartito –me dicen- así estarás en forma para el interro, no cansado.

La idea no es mala, pero me emperro en ir con ellos. Si no conozco al preso, si no veo los rostros deformes por el susto, si no escucho los tontos gritos de suéltelo señor él no ha hecho nada, la noche es incompleta. Además, me gusta que me rueguen, que me supliquen, que me lloren. ¡Qué diablos!

-No, voy con ustedes –mascullo entre dientes y trepo con dificultad al jeep que ya comienza a bramar los motores.

Sangre de los caídos. Lujito de verla: y no cualquiera, ¿no? No cualquiera puede dárselo. Yo sí, anoche. Uno de los dos huevones que encontramos en la ronda tenía un libro comprometedor. Le ajustamos las clavijas hasta hacerle botar todo lo que quisimos. Claro que… ¡pobre desgraciado! La picana jugando en su estómago, ¡qué sensación! Enchufarla y sentir que en la otra punta algo se retuerce. Y ajustar. Ajustar… hasta que sus gritos se apagan de cansancio. Esas pequeñas cosas son las que hacen que me olvide de mi pierna. Pero, como siempre, alguien interrumpiendo.

-Dejá Cojo –quitonea la picana, empujando mi pierna gastada, Javier- ¿no ves que lo vas a matar?

Y yo sé que así no más no se mueren estos cabrones. Yo sé, porque tengo experiencia, no soy un novato como Javier, que piensa que todos son tan débiles como él y por eso no ajusta como se debe. Por eso también es que dejamos que él se encargue de redactar y escribir los informes y declaraciones, hasta que se foguee. Además, sabe leer de corrido, bien. En el fondo, yo sé que me admira, porque conmigo aprende a hacer las cosas como es debido. Es que yo sé que todos son más fuertes que yo, y que resisten más mucho más que yo. Ajusto la picana con fuerza, raspándola con  precisión donde más duele: si soy un especialista, ¡en cambio Javier!

-Tú dedícate a escribir las respuestas y no me jodas –le digo, y me doy la vuelta para mirar al Jefe que sonríe complacido. El me conoce, sabe que trabajo bien. Tienes vocación, me ha dicho varias veces. Pero no, yo antes no era sí. Lo que pasa es que con el hábito uno aprende y acaba gustándole el oficio. Ahora llego hasta a gozar con los gritos, como cuando el pintor quiere negar lo innegable.

-Juro que el libro no es de política –grita con voz cansada- es de arte… no sigan… ¡por Dios! –se nota que sufre. Pero a mí me da más bronca que sea tan mentiroso, como si no hubiéramos leído el título. Fermín también se ha calentado, y dejo que él se adelante a tirarle la patada que merece este imbécil. Yo le daría si pudiera, pero esta mi pierna me impide sentir la sensación de la bota hundiéndose en la carne, y ver luego el cuerpo retorcido de dolor, y el grito que sube desde la espalda y se contiene en la sangre, la saliva y los mocos que bota el mentiroso. Veo sonreír y, ¡maldita mi pata encojida!

-No, no sigan –lagrimeando el pintor.

Javier lo ha salvado con su vengan al café, ¡yastá caliente! Nos llega el momento de descanso y charla: aunque debo confesar que uno no siente el esfuerzo en este trabajo, es tan divertido. Una vez pasamos tanto tiempo interrogando, que en vez de café nos trajeron salteñitas: la noche se pasó volando y era ya de mañana.

Pero esas eran otras épocas, estábamos comenzando recién y los  que traíamos eran más resistentes, más fuertes. No como éstos que con unas cuantas patadas cantan lo que les pidas y firman tranquilos la declaración que escribe Javier.

-No sé qué te pasa esta noche –entre el vapor del café y el humo de su cigarrillo me habla el Cholo- si ese ñato apenas llevaba un libro, ¡no es para tanto, Cojo!

Pobre idiota este Cholo, igualito a Javier, no saben.

-Tras un libro puede haber toda una organización –repito lo que escuché alguna vez, pausado, para que me entiendan bien, hasta el Jefe me mira atento- esos libros no se consiguen así nomás… alguien ha tenido que dárselo, y a ése estamos buscando, ¿quién es Jefe? –pregunto interesado. Siempre me gusta conocer a quién nos toca sacar la mierda la próxima noche.

-A don Diómedes Callao- responde seria y lentamente el Jefe. El sabe. Tiene la lista. ¡Ah! ¡Sería de lindo ver esa listita! A ese Diómedes lo conozco de vista. Hasta  en fotos siempre sale.  A ver si mañana lo encuentro, saldré a buscarlo y de lejos observaré su cuerpo, registrando los mejores lugares para meterle picana y…

-Diómedes Callao –dice el Jefe- a ése lo quiero tener cerca. Hace tiempo que no lo podemos coger, se cuida bastante el muy grandísimo. Pero mañana lo agarramos por distribuir literatura subversiva y aquí le hago cantar todo. Ya van a ver cómo trabajo… ¡ya me van a ver!

Como siempre, el Jefe guardándose los peces gordos y dejando para nosotros estos pichiruchis que no aguantan nada… ¡eso me da bronca!

-Espera Cojo, no lo jodas todavía terminá tranquilo tu café.

-Está bien, Jefe –digo-, pero yo sé que no está bien. A veces creo que él se aburre con este trabajo, ojalá nos dejara solos. Nosotros haríamos cantar hasta en chino a estos cabrones.

-Este Cojo es muy maleante, Jefe –se queja Javier- a veces sin necesidad mete picana –siempre metiche Javier- y no lo deja hablar –el muy alcahuete.

-Es cierto, Cojo –el Cholo ayudando- a veces no lo dejas hablar por meterle el cepillo –me tienen envidia.

Pero el Jefe no quiere entrar en el lío, me conoce y sabe que soy muy capo, que les hago firmar lo que quiera, que…

Bueno, yo los dejo, tengo que ir  a ver en qué andan los otros grupos –se va-, se va el Jefe… ahora verán… el pintor será mío, mío…

Antes de que cierre completamente la puerta escuchamos un grito que viene arrastrándose desde el fondo del pasillo. Otro grupo, me sonrío.

-Sigamos –dice Javier dejando su taza al borde de la mesa, cogiendo el lápiz, peinando su bigotillo- se nos hace tarde.

Me levanto dispuesto a continuar, pero el dedo de Fermín me apunta diciendo tú no, Cojo, es mi turno. Y me quedo en mi esquina, masticando mis ganas de ver cómo Fermín lo agarra de las solapas y repite las preguntas, una vez, otra vez, y se repiten las respuestas:

-Soy pintor…no político –casi llorando el muy marica- y el libro es de pintura… Fermín no aguanta la mentira y ha callado al pintor de un golpe bien medido, Fermín es de los que sabe calcular y dar el puño en el lugar preciso, como ahora:

-Habladeunavezhijodeperra –lo sacude gritando- hablaoterompolacara!!

-No, no… -suplica humedeciendo sus ojos- ¡Mierda! Mejor me lo dejan a mí, es capaz de conmoverlos con su llanto- ni siquiera es mío el libro –moqueando, preso en sus lágrimas- no es mío… me lo dieron…

Ahí salto, es un decir, claro. Me levanto- ¡Quién! –digo- ¡quién! –grito furioso- danos el nombre y te dejamos libre –la cara de Fermín se hace a un lado cuando me ve avanzar- danos el nombre pintorcito –le digo con suavidad. Y su boca cerrada me enerva. Enchufo la picana y se la muestro- si no hablas te meto ésto, lo conoces, ¿no?  -y su cara de pánico me da risa- échenle agua –digo carajeando.

Esos gritos del pintor hacen cosquillas en mi cabeza. Grita pintorcito, grita de nuevo, más- si no das el nombre te coceré los huevos, ¿oyes?

-no por favor, nooooooooooooo

Siento el temblor de su cuerpo y ajusto hasta que se calla.

-Lo has desmayado otra vez, Cojo -¿recrimina? ¿Fermín? –estaba a punto de hablar y no lo dejas.

-No te metas –le digo- no te metas, Fermín, este tipo es asunto mío –para que sepan- vamos, Cholo, despierta a este marica.

Javier me mira con cansancio, pensará que soy cruel. Pero no, eficiente, eso es lo que soy, e-fi-cien-te, ya lo han dicho varias veces. Si no les gusta para qué vienen, digo yo.

-Ya no, ya no –repite despertando. Está débil, tendré que dejar la picana y… sí. Está bien. Esto no sacude, no cansa. Cantará.

-No. Cojo. Guarda la navaja, eso deja huella, sabes que al Jefe…

-A la mierda el Jefe –digo- déjenme trabajar, lo que el Jefe quiere es comprometer al tal Callao, ¿no? Pues yo le daré el gusto.

-Que conste que te lo advertimos, Cojo.

-¡Y basta de Cojo, cabrones! –grito furioso- me llamo Filho Dadá, ¿oyen? ¡Filho Dadá!!

Me emputa el silencio burlón con que me escuchan, siempre lo mismo, siempre, todos en mi contra. ¡Mierda!

Y empujo la navajita hacia abajo. Lentamente. Chilla pero no se mueve. Seguramente tiene miedo de que se me vaya la mano. Se queda quietito mirando mis dedos que bajan por su pecho desnudo, ajustando la navajita. Los ojos totalmente abiertos observan un hilito de sangre que se desliza hacia su estómago. Los labios colgados han quedado silenciosos.

-Ahora hablarás, ¿no? –pregunto, no dirán que no doy oportunidad- a ver, dinos,  ¿quién te dio el librito?

-Fue… -y mira su sangre, temblando la nariz de pavor levanta los ojos- fue… Mariela Gon…

-¡No! –le interrumpo gritando, qué cree este tipo- no fue Mariela, fue Diómedes Callao, ¿no es cierto?

Y su cara de estúpido preguntando:

-¿Quién? –el muy osado- ¿quién?

Si será bruto.

-Dio me des Ca lla o, él fue, ¿verdad? –y le muestro la navajita para que entienda. La acerco hasta su herida que casi ya no sangra, y empujo hacia abajo, suavito.

-Nooo… basta…
¿Dónde está el que cogieron anoche? –por la puerta entreabierta el Jefe. Con esfuerzo me levanto del suelo y lo miro satisfecho, orgulloso. Se pondrá contento y mañana, mañana aprovecharé para charlarle de un aumento Jefe no sea así. Y lo hará. Me admira.

-Muéstreme lo que ha firmado  -Javier se acerca sonriente, esgrimiendo su victoria, y se la entrega- bien, muchachos –cierra la puerta sin despedirse. Fermín me palmea el hombro. Ya podemos descansar. El Cholo se acerca al pintor para poner un pañuelo en su herida. Já, la cara agradecida del marica. Tanto gritar para eso, debe estar pensando, una firma. Una simple firma.

-Comando quince, a la oficina principal.

Nos miramos interrogando al aire. ¿A qué se debe? Nunca lo hacen.

-Al Jefe no le ha gustado ver sangre –Fermín.

-Lo has maltratado sin necesidad -Javier

-Eres muy sanguinario –el Cholo.

La misma cantaleta de siempre. Todos echándome la culpa. Si ya veo sus caras de “yonoluicejefuelcojo”. Cobardes. Toditos. Cabrones. Todos.

-Entren –la voz soñolienta del Jefe de Comandos- este es el Quince, mi coronel

¿El coronel? ¿En persona? Parece que el tal Diómedes es algo serio. Se levanta el coronel. Gordo, gordo y con mirada de mujer. (¡¿el coronel ?!), nos chequea con la vista a los cinco, hasta que se decide a hablar:

-¿Ustedes son los que han hecho firmar esta declaración?…¿estúpidos?

Todos miramos a Javier que la escribió, el muy cojudo baja la cabeza, dispuesto al castigo.

-¿A quién creen que van acusar con esta porquería? –sigue el coronel, resonando sus pisadas alrededor de nosotros- Callao es un personaje importante, que necesitamos tener aquí… no, no lo podemos coger así nomás… por su influencia. Y encima ustedes piensan que lo podemos tomar con este papelucho? ¿Eh?

Javier se rasca la cabeza, busca palabras.

-En vano se han gastado eta noche –dice furioso el coronel- son una punta de tarados –y se dispone a leer la declaración- “…sin presiones y con total dominio de mis facultades mentales, afirmo que ha sido el señor Diómedes Callao el que me ha entregado con fines de adoctrinamiento subversivo el libro titulado EL CUBISMO, UNA LINEA Y UN ESTILO…” –se sacude en risa el coronel:

Nos miramos desconcertados, ¿qué tiene eso de raro?, era el libro que llevaba el tipo cuando lo agarramos, ¿?

-¿No saben leer, idiotas?! –nos mira, se peina con los dedos, pasea nervioso el coronel- este libro ha sido editado por la Secretaria de Educación, ¡bestias! ¿Es que realmente no saben leer?

La verdad que no. Leímos el título y basta, luego cumplimos órdenes. No es nuestra culpa. Le hicimos firmar lo que querían, ¿no? Acusar al tal Callao era lo importante, ¿no? Pienso, pero no digo nada. Callado nomás estoy, el coronel furioso estruja el papel.

Esta declaración no sirve para nada. El tipo ése, al que han jodido tanto, no tiene nada que ver –el Jefe también baja la cabeza, impresionado por las palabras del coronel. Debió haber revisado las pertenencias del pintor, debió, pero ya es tarde. Ni modo- lo peor –sigue el coronel- es que ahora no podemos largar a ese hombre así nomás. Puede armar tremendo escándalo –mira al Jefe- ¿alguien vino a reclamar por él?

…-tarda en responder el Jefe- …nadie, mi coronel.

-Bien…nadie lo ha visto, ¿entienden? Nadie. ¡Salgan de una vez!

Al cerrar la puerta escuchamos que mejor al grupo tres, que eficaces, que estos brutos. ¡Mierda! Después de esto ni hablar de aumento, que se frieguen. Yo, por lo menos, me he dado esta noche un lujo que no todos pueden darse, ver la sangre de los caídos, y oír que me suplican, que me lloran, que me ruegan. ¿Cojo? Já ¡Filho Dadá, granputas! ¡Filho Dadá!

Biografía

Roberto Laserna (nació en Cochabamba – 1953) es un escritor y economista nacido en Bolivia. Obtuvo el doctorado en la University of California, Berkeley en planificación regional y urbana. Como escritor, ha publicado en el género de cuento, con el que obtuvo el Premio Nacional Franz Tamayo en 1976. En el campo de la investigación social ha realizado estudios sobre pobreza urbana, política antidrogas, desarrollo humano, movimientos y conflictos sociales, rentismo y democracia. La democracia en el ch`enko es uno de sus más recientes libros y en él explica cómo funciona una de las causas menos estudiadas del estancamiento económico: la heterogeneidad estructural. En un libro posterior, «La Trampa del Rentismo» Laserna trabaja en colaboración con José Gordillo y Jorge Komadina y exploran la influencia que tiene la abundancia de recursos naturales sobre las instituciones políticas y la cultura económica. Fue Profesor en la Universidad Mayor de San Simón, y ha pasado temporadas enseñando en la Universidad del Pacífico (Lima) y en la Universidad de Princeton (2003–2004). Es investigador de CERES, un centro académico privado con sede en Cochabamba y es Presidente de Fundación Milenio, un centro de pensamiento y debate económico que tiene oficinas en La Paz.

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