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Reyes de Corazones 

Hubo una vez un monarca al que llamaban Rey de Corazones. Debía su apodo a la soberana de un reino cercano, cuyo mal carácter y maneras autoritarias hicieron que Lewis Carroll la describiera como “una furia ciega”. Él se comportaba como la Reina de Corazones: a la primera ofensa (que se convertía en tal porque así la sentía) se apresuraba a cortar cabezas.

Sus súbditos pronto entendieron que lo mejor era no contradecirlo si querían mantener su libertad y recibir obsequios. Aunque no todos guardaban esa prudencia. Había unos pregoneros que, a diferencia de los heraldos de la Corona, avisaban –mediante una especie de actas escritas- lo que sucedía en otras comarcas, en los deportes, en la cultura, en la economía y sobre todo en el gobierno, sin preguntar a los cortesanos si lo que informaban y la forma en la que lo hacían les parecía bien.

Al rey le gustaba que se publicaran cosas generosas sobre él. Solamente. Y enfurecía cuando a alguien se le ocurría cuestionar sus actos. Él era el soberano y por lo tanto, suyo era el reino. Pero estos vendedores de noticias no comprendían aquello. Y pese a las amenazas de cortarles la cabeza por intentar, en varias ocasiones, deshonrar el trono, los pioneros de la prensa no cortesana, insistían en poner al corriente a los habitantes de los pormenores de la vida pública y de los quehaceres de la caprichosa autoridad.

A estos hacedores de crónicas, que no les gustaba redactar por mandato del monarca, se les iba la mano. A pesar de que en los foros los mensajeros reales repetían una y otra vez las posturas monárquicas -que se sabía no podían refutarse, y menos quebrantarse-, los cronistas no se comportaban: contaban todo lo que les parecía importante contar. Incluso si tenía que ver con algún peculado en el que el propio monarca estuviera metido.

El Rey de Corazones estaba harto de tanta desobediencia, pero últimamente había mandado a cortar tantas cabezas que la gente comenzaba a sentir miedo y dejaba de admirarlo, de modo que ordenó a sus ministros únicamente acabar con el boletín de esos desleales gacetilleros. Pensando que con eso las malas noticias dejarían de saberse.

Para esa misión, su majestad contaba con los mejores. Capaz de pronunciar  un sinfín de escarnios en una sola frase, uno de sus lacayos acusó en la plaza pública de traidores, mercenarios y mentirosos a los pregoneros que no pertenecían a la Corona. Los aduladores del monarca, que escuchaban el mensaje, hacían eco y aplaudían.

El periódico siguió imprimiéndose en algún lugar recóndito y el pueblo seguía leyéndolo.

Sin que se supiera bien por qué, el Rey de Corazones perdió su encanto. Como si un hechizo hubiese borrado de la memoria del reino lo bueno que había hecho y hubiera dejado solo su despotismo. Quienes se inclinaban a su paso ahora lo repudiaban. Y él, entre menos amado se sentía, más tiránico se volvía. Un día ya no pudo más, se hallaba cansado y vencido. El Rey de Corazones asustado, abdicó.   

Pronto un nuevo rey ocupó el trono. Aunque era amigo del Rey de Corazones, se esperaba que no fuera como él. Este era afable y además estaba más preocupado por las finanzas que por el poder. Se pasaba haciendo números y administrando las riquezas que todavía abundaban: en los campos había semillas y combustibles, que se permutaban fuera. Así que los súbditos estaban tranquilos. Sobre todo los informadores, no solo los emisarios que declamaban públicamente los edictos reales, sino también los que llevaban tiempo recogiendo y narrando sucesos desde pasadizos ocultos para no ser conducidos a las mazmorras por escribir algo que no gustara al monarca.

Pero los problemas -esperados una vez que se supiera, por el periódico innoble, que el Rey de Corazones no había administrado los bienes del reino como debía- llegaron pronto. El peculio público mermaba, escaseaba el oro para acuñar monedas y las mercancías dejaban de ser tan codiciadas en los reinos vecinos. El rey y sus magistrados comenzaban a desesperarse y temían une revuelta.

Los pregoneros (que además acompañaban sus gacetas con predicciones de los oráculos sobre lo que pasaría) anunciaban una carestía. Eso provocó la ira del rey que, tal vez por su temor, había dejado de ser amable. Ordenó así a los mayores comerciantes no publicitar sus mercancías en esos volantines informativos -que corrían por los pasajes como hogazas de pan- y amenazó a los pobladores con el destierro si los compraban. Y poco faltó para que encargara a sus guardias cortar pescuezos.

Sin dinero para pagar cronistas, ni para comprar tinta ni papel, ni nada, los gacetilleros desobedientes marcharon al exilio dejando a sus curiosos lectores con una extraña sensación de vacío. Desde entonces -y como hubiera querido el Rey de Corazones- los súbditos solo leen lo que su majestad manda. Estos días están felices porque el rey ha enviado a escribir que el reino está más acaudalado que nunca.

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