¿Qué te gusta hacer?

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Tal vez mi historia de fracasos inspire a alguien. Como creo que le pasa a la mayoría, he perdido más veces de las que he ganado. La vida…

Cuando estaba terminando el colegio, todos mis compañeros tenían claro qué hacer en la vida. Medicina, Derecho, ingenierías varias, licenciados por aquí, licenciados por allá. El Turco del curso nos dejó patitiesos cuando, muy suelto de cuerpo, nos reveló que no ingresaría a la universidad, sino que sencillamente continuaría con el legado de sus padres al mando de sus zapatillerías.

A mí, como estaba de moda exprimir los bolsillos de nuestros padres hasta ponerlos en la incomodidad social de no poder decir no, aunque para eso tuvieran que endeudarse hasta la manija, se me ocurrió seguir la senda ajena e irme a otra ciudad para estudiar algo que treinta años después sigo sin entender cómo fue que se me pudo ocurrir.

Pese a mi corta edad, no fue ese mi primer fracaso importante. El piano que —digamos— terminé a medias, el examen para ingresar al colegio de excelencia que no di por cobardía y, luego, la vida también: un par de esos desengaños que a cierta edad te voltean en la cama y no te dejan levantarte porque crees que la vida no merece la pena sin Dulcinea.

Intenté en los años posteriores con otras dos carreras insólitas que por supuesto abandoné ni bien me empezaron a escocer las fórmulas químicas y matemáticas, hasta que moralmente me di por vencido: ya era un “viejo” de 21 para la universidad. (Entonces no lo sabía, pero ese viejo tenía costumbres de niño: había desarrollado una extraordinaria capacidad para inventarse vocaciones, para fantasear ingenuamente con vidas imposibles). Era tiempo de asumirme un verdadero inútil para descubrir eso que todo el mundo lo tenía tan claro, “eso” para lo que se ha nacido o para lo que se está predestinado.

Los días corrientes que vendrían transcurrieron sin mayor ambición que la de hacer cuadrar los números para que no me echaran de la pega de turno. Gané el dinero que necesitaban mis fines de semana de tragos para derrotados. Pero, resulta que la gente como yo, perdedora consuetudinaria, también tiene golpes de suerte. Un inocente viaje, una persona casi ángel, un par de preguntas y… ¡zas! Con ustedes, la esquiva vocación.

Fue como si algo o alguien me sacudiera para despertarme de un largo sueño de idiota.

Aquel “ángel” primero me preguntó, casi con traje de funcionario administrativo, qué quería estudiar. Como seguramente notó mi descomposición física por los recuerdos de años dándome de bruces con mi realidad, tuvo la magnífica idea de preguntar algo que, por increíble que suene, yo no me lo había planteado nunca: ¿Qué te gusta hacer?

Así fue que se me abrió un mundo nuevo. Y así fue que no solo descubrí mi vocación, sino también aprendí que en la vida toca perder muchas veces y ganar algunas menos, pero el sabor de las victorias resulta compensatorio y más, reconfortándote incluso al punto de hacerte sentir exitoso, algo que para algunos podría significar la felicidad.

Quizá sea como decía Winston Churchill, casi risueñamente (me lo imagino): “El éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”. O como dijo alguna vez Javier Frana, un tenista que no fue precisamente de los mejores en lo suyo —aunque por esto resultó para mí mejor que muchos de los mejores tenistas del mundo: “Los buenos son buenos porque solucionan más problemas que los demás, no porque no los tienen”.

No es que ahora no tenga problemas o me sienta feliz (¿qué es la felicidad?, ¿la plenitud? Plenos serán los que nunca están inconformes y yo, yo soy un pobre renegón de esos que se andan peleando con medio mundo para que hagan lo que hacen con pasión; alguien que piensa que el “ya vendrán tiempos mejores” es un exceso de confianza, o que en un país como este —como todos— no hay manera razonable de ser optimista).

Apenas si vivo, tropezándome con mis propios pasos del niño que, hombre al fin, nunca acaba de crecer. Al menos, hago lo que me gusta.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.