Llevo veintitantos años escuchando a Julieta Venegas. Disfruto mucho su mezcla de música popular mexicana con indie pop rock en clave de despecho: llegó a aceptar con graciosa resignación que sí, que solía ser una mujer “ardida”.
Porque no / escuchas lo que está tan cerca de ti / solo el ruido de afuera y yo / que estoy a un lado, desaparezco para ti // ¡Qué lástima pero adiós! / Me despido de ti y me voy // Porque sé / que me espera algo mejor / alguien que sepa darme amor / de ese que endulza la sal y hace que salga el sol…
A días de la inauguración de este Mundial, se estrenó la canción “La niña futbolista”, interpretada por la misma Julieta. La pieza promovía la inclusión de niñas y adolescentes en la cancha. La iniciativa partió de la Secretaría de Cultura y la Secretaría de las Mujeres de México, uno de los tres países anfitriones de la Copa del Mundo 2026.
La escuché una sola vez en su momento y tuve que volver a oírla para escribir y reafirmar lo que me había producido: vergüenza ajena, incontenibles carcajadas y algo de frustración. La presidenta Claudia Sheinbaum enganchó a Venegas para interpretar la canción, pensando que esta “lograría inspirar a las nenas a perseguir sus sueños en espacios de igualdad, sin dejarse limitar por prejuicios”, solo que, por el contrario, la copla terminó convirtiéndose en foco de críticas y parodias, precisamente por su contenido estereotipado y forzado.
Hace tiempo, en la ciudad / vi una niña especial / apasionada por el fútbol / daba patadas a un balón / Sin embargo, su papá / piensa como los demás / a las muñecas tiene que jugar / para aprender a ser mamá // Le gusta cantar, le gusta brincar / Y jugar fútbol, eso es muy normal / Y se fue a inscribir a la Selección / y le dijeron que estaba mal…
Debo hacer una pausa de hidratación para atenuar mi sudoración y rubor. Esta pieza fue compuesta para un público infantil. Aun así, es tan elemental e inverosímil que ofendería a una chamaquita de seis años. Y eso que no transcribí la parte que dice que la protagonista metió cien goles e hizo llorar al arquero… Perdón, necesito más agua.
Pese a que el fútbol femenino no goza de la audiencia del fútbol masculino -y por ello no mueve la misma plata que haría a las jugadoras ganar similares sueldos que los que reciben ellos- está consolidado. Las chicas ya no tienen que sortear las limitaciones estructurales de antes. Sin embargo, esto no conviene al movimiento: la letra adaptada por Julieta a los nuevos estándares, tan misándricos como antimaternales, reprocha al padre de la futbolista pensar que esta tiene que jugar con muñecas para aprender a ser mamá…
Si volvemos a las antiguas letras de la cantante norteña, hallaremos dolor y despecho, no victimismo (No voy a llorar y decir / que no merezco esto porque / es probable que / lo merezco, pero no lo quiero, por eso me voy). De ahí que me cueste comprender su venia a una campaña que coloca a las mujeres -en este caso niñas- en un orfanato metafórico. Un lugar en el que vivan con la conciencia inducida de que al carecer de los mismos derechos y posibilidades de los hombres, quedan habilitadas para quejarse, presionar y echar culpas a la sociedad. Y para ejercer el victimismo como arma contra el machismo de unos, pero enrostrando a todos.
Como la senadora paraguaya de nombre cromático, Celeste Amarilla, que, muy molesta con el resultado del partido mundialista -en el que Francia tuvo, en palabras de Kylian Mbappé, que “meter las manos en la mierda” para ganarle a Paraguay porque, según los franceses, venía jugando un fútbol sucio-, le aventó unos cuantos posts y cartas algo violentos, al jugador francés.
“Es un camerunés colonizado, fingiendo duro ser francés, resentido, rico nuevo, prepotente y feo”. El delantero respondió con: «Usted es una mujer despreciable e indigna de su cargo».
A partir de entonces, el sable de la parlamentaria cambió de textura; ya no era de acero sino de felpa. Y usando como coartada su sexo, se volvió víctima para amenazar al macho agresor con una potencial denuncia por violencia de género…
Extrañé que los censores del racismo, tan atentos al mínimo atisbo de discriminación -que descubren incluso en el modo en que se ofrecen las oscuras berenjenas en el mercado- no hayan escalado a la cima del Monte Sinaí para reprender desde ahí a la congresista paraguaya por llamar chimpancé al delantero francés, “que en vez de leche materna chupaba cocos”. Quizás la misión de estos monjes de la Orden de la Bondad ameritaba una digresión, pues quien insultaba era mujer y quien recibía los insultos, un ejemplar del patriarcado opresor.
Uno de los grandes problemas de este feminismo de coreografías y cantos pegajosos -es que es frívolo y poco consistente. “La niña futbolista” impulsa el victimismo y le da rienda suelta al paternalismo. Solamente que, mientras alguna senadora aprovecha las herramientas que el colectivo le brinda, miles de niñas juegan fútbol alentadas por el papá, sabiendo que, para ser mejores, no es necesario hacer llorar al arquero ni a ningún otro varón.