Las calificaciones (notas, puntajes, ranking, etc.) son importante. Ofician como retroalimentación para el estudiante y certificación para terceros; sirven para asignar bienes escasos, como plazas de estudio, becas por desempeño o puestos de trabajo; son predictores, entre otros, del salario. Así, ayudan a sostener el ideal meritocrático que, con mayor o menor fundamento, mantiene en movimiento a las sociedades contemporáneas: que los cursos de acción están abiertos al talento y al esfuerzo.
La idea subyacente es que las notas son una aproximación apropiada a las capacidades. ¿Y si dejaran de serlo?
Lo estamos experimentando. La inflación de notas en la educación media (incentivada por los nuevos sistemas de selección) no ha ido a la par del mejoramiento de capacidades. El analfabetismo ilustrado es una señal elocuente (hay otras). Lo muestran los datos y los profesores lo conocemos bien: con la escolaridad completa no pocos estudiantes reconocen que no comprenden lo que leen. En Harvard están acortando los textos de enseñanza porque muchos estudiantes no los entienden.
La IA ha exacerbado la inflación de notas y la deflación de capacidades. Un estudio reciente (Igor Chirikov: Artificial Intelligence and Grade Inflation, mayo 2026) analiza más de 500 mil calificaciones en la universidad de Texas entre el 2018 y 2025 para estimar el impacto de la IA: desde que se lanzó ChatGPT (2022) hay un incremento notable en el porcentaje de mejores notas. Pero no se han fortalecido las capacidades. El desglose por evaluación arroja que mejoran las notas de trabajos para la casa (sobre todo escritura y programación, que la IA hace mejor), no de evaluaciones presenciales.
Los estudiantes no están aprendiendo con la IA sino externalizando. Lo experimentó Roberto Serrano, profesor en Brown, una universidad de elite. El inusual resultado del examen intermedio, en casa con libro cerrado, fue 96 puntos sobre 100. Alertado por las similitudes con los análisis de ChatGPT, dispuso el examen final presencial. Solo se presentaron 59 de los 89 estudiantes. Y el resultado fue 48 puntos, mucho peor que el tradicional.
La IA daña a los estudiantes: produce falta de capacidades y exceso de confianza. Además, si no la excluimos del proceso educativo, y las notas dejan de ser señales confiables del rendimiento, ¿con qué criterios asignamos (títulos, becas, plazas de estudio, empleos, etc.)? Quizás más que fijarse en la institución certificante y las notas, para seleccionar, los empleadores (o terceros acreditadores: la ocasión hace el negocio) tendrán que evaluar a los egresados en todas sus capacidades y conocimientos, básicos y especializados. La opción alternativa es más oscura: usar criterios ajenos al ideal meritocrático, como el azar, grupo social, cercanía al partido o, como conocemos bien en nuestro país modernizado de última hora, el colegio, apellido y balneario de vacaciones.
Daniel Loewe, Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez