Carmen Concha

Mi país está viviendo un durísimo golpe. No fue un simple manotazo, puñete o trompada; tampoco un codazo, puntapié o garrotazo. Sin duda, Perú recibió una golpiza inesperada y tan profunda que no cesa. El golpe quizá fue ezquerdeado.

Afectada por tanta paliza, no me queda más que refugiarme en una microficción para atenuar, si es que puedo, el dolor que siento a la distancia. El duro golpe punza y se refleja en muchos ámbitos… La calle, que se usó para protestas pacíficas, hoy bulle ensangrentada.

Cito una microficción de la gran escritora Pía Barros (Chile,1956), para comentarla.

Golpe

—Mamá, dijo el niño, ¿qué es un golpe?

Algo que duele muchísimo y deja amoratado el lugar donde te dio.

El niño fue hasta la puerta. Todo el país que le cupo en la mirada tenía un tinte violáceo.

Observamos dos personajes claves. El hijo quiere conocer la definición de golpe. La madre, advirtámoslo bien, no evoca una definición tradicional «encuentro repentino y violento…» *, sino que se centra en el efecto del mismo encuentro: «algo que duele muchísimo y deja amoratado el lugar donde te dio». El pequeño se desplaza a la puerta. Hallamos el crucial silencio, porque escribir es sugerir o dejar entrever algo o mucho. El niño ve un conglomerado de gente (transeúnte, vecinos).

El texto se cierra en una forma extraordinaria:

            «Todo el país que le cupo en la mirada tenía un tinte violáceo».

No se dice que el pequeño abrió la puerta, se presupone. Por último, cotejamos el color del golpe -resaltado por la madre- similar a la tonalidad que ve el pequeño en la gente. Y, la carga de país para aludir a personas -vistas o imaginadas- es un ejemplo de metonimia [designar algo con el nombre de otro]. Dicha metonimia establece una permuta semántica casi imperceptible. Esta microficción Golpe ejemplifica, en corta o mediana escala, a mi PEGOLPEado, amoratado, en algunas esquinas, violáceo.

Los maestros minificcionistas remarcan: en la micro hay silencios, pero también claves, pues no hay nada más incómodo que dejar “solitario” al lector, a la deriva y lo perdamos para siempre.

Cómo quisiera encartonar la profundidad de esta micro, tan bien escrita por la maestra Pía Barros, para curar, al menos, algunas heridas blanquirrojas, blanqui… amoratadas.

*Casares, Julio, Diccionario de la lengua española, 1992.