Pena con la muerte

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El Puente Condell –conocido también como “Puente de los Candados”- amaneció este lunes con cuatro muñecos colgados desde su estructura metálica sobre las aguas del Río Mapocho, simulando ser ahorcados. Le acompañaba la leyenda “Pedófilos muertos problema resuelto”, firmado por el Movimiento Social Patriota.

Desconozco la realidad en otras latitudes, pero en Chile, ante cada problema colectivo, no tardan en aparecer las voces demandantes de una nueva ley, más acción policial o mayores castigos para los responsables. Si antes los denunciados fueron cogoteros y lanza, hoy es el turno de los abusadores de menores.

En los últimos días, se sucedieron tres casos de estas características en diferentes puntos del país. Una lactante abusada y asesinada en Puerto Montt, una niña secuestrada en Licantén y otra violada en Rancagua. A medida que los medios informan más detalles de estos hechos, se van sumando las convocatorias a marchas, protestas en las afueras de tribunales, pancartas alusivas, además de campañas en redes sociales exigiendo endurecer las penas de quienes se atreven a profanar a nuestros hijos (en más de una oportunidad, los casos se confunden unos con otros). Se argumenta que la gravedad de lo obrando amerita traer de vuelta la Ley del Talión y que, ante el miedo de experimentar tan definitiva consecuencia, los delincuentes pensarán dos veces si cometer o no sus fechorías.

La elite conservadora nacional siempre ha apelado a la dureza del castigo ante la menor provocación, por lo que no debiesen extrañar sus reclamos para agregar una misión más a Gendarmería de Chile. La camada progresista, para no quedar fuera de tono, hizo un  alto a sus demandas habituales para sumarse a la corriente. Los derechos humanos son para las personas y no para las bestias, comentó una cantante pop bacheletista y pro políticas de género. Para personas como los abusadores, agregó, sólo resta el paredón.

Chile transita permanentemente en una suerte de bipolaridad. Si en un momento fueron los derechos sociales, las libertades, la justicia social y hasta una que otra causa ecológica, hoy, como si estuviésemos dentro de un péndulo oxidado, se vienen una avalancha de demandas conservadoras. Entre éstas se cuentan, por supuesto, restaurar aquella práctica que nos acompañó desde antes de volvernos república, enviando al otro mundo a gañanes, marginales, matones, sociópatas, despechados, uno que otro pije y en dictadura con juicios sumarios expresos, a opositores políticos.

De lograr los consensos adecuados, Chile volverá a unas de sus prácticas más perfectas. Quienes han presenciado penas de muerte saben que se trata de un mecanismo de relojería, donde la eficiencia, exactitud y puntualidad, ausentes en otros ámbitos de la vida de la nación, se hacen presente en ceremonias hechas a la “medida”. Cuando se trata de provocar la muerte mediante decreto, Chile es un reloj suizo.