«Partido final de clasificación para el mundial». (Y otros cuentos)

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Partido final de clasificación para el mundial

¿Hace cuánto había escuchado aquella frase? ¿Aquella voz emanando del Neo Geo en español? Ya serían veinte años, supongo. El trabajo de Técnico en Telecomunicaciones lo trasladaba de pueblo en pueblo, sin establecer ningún contacto con el lugar o sus habitantes, reparando redes de internet y enfocándolos al servidor nacional. Sin embargo, aquella tarde paseó hasta descubrir una sala repleta de máquinas arcade antiguas, los conocidos Taitos. Los años de bachiller regresaron con una nostalgia acaso impronunciable. Quizás fue por eso que quiso probar sus oxidadas destrezas. Compró fichas, las insertó, limpió el polvo de las palancas y escogió a La Selección Nacional. Se reencontró con los jugadores y todos le fueron extraños, incluso así, logró distinguirlos junto al uniforme verde y blanco del mundial USA ‘94, pero sus pixeles se movían lentamente en la pantalla, con cansancio y desidia. Pronto sufrieron el primer gol en un contragolpe que también lucía corroído.

Veinte años no pasan en vano… no sólo para él.

Otra resaca

I

Un estornudo más. Salud y dinero. No amor. Son alrededor de las once de la noche. Lejos del centro poblado, el camino a mi habitación es una larga avenida de subidas y curvas mínimas de asfalto y tierra. Hay una mezcla de verdor y oscuridad como el contraste verde lechuga y tonalidades negro, azul y luz de poste. Este camino sigue mis pasos.

II

Pienso en el año que acaba. Muy cerca de Diciembre levanto el inventario de memorias inútiles como para decirme que este año no estuvo mal del todo. Quizás aguardar su llamada, aunque lo más probable sería que jamás volveré a verla. No importa cuántos viajes haga a Sucre, ni cuántos mensajes le escriba a su teléfono. No. Nada de eso cambiará.

III

La cama. Los diferentes ángulos de la cama no bastarían para describir nuestro lazo. Quizás la expresión sea errónea. A veces, cuando cierro los ojos la recuerdo de distintas maneras, con el pelo lacio, con el pelo ondulado. Sonriendo. Escondiendo la sonrisa como la silueta detrás de una cortina. Con alguna canción lenta del Lost in the Dream a nuestro alrededor. Y luego vuelvo a este momento, a esta escena. Vería mi celular. Espiaría su nombre y la actualidad en el Facebook. Temo hacerlo. Quiero saber de ella y a la vez no. El sólo hecho de hallar algo que muestre que me dejó atrás, que me ha superado, es lo que me pone a temblar. Nunca estuve preparado.

IV

Aunque cosas así suelen ocurrir, a diario.

V

Sólo soy un descolorido oficinista en medio del municipio de una provincia. Mi cabeza no da para más. No tengo mayor astucia como para ser independiente y valerme por mí mismo, mis tíos me ayudaron a conseguir este trabajo. Las semanas solían venir de la mano de días distintos y ahora me parecen un lunes por cuatro. Los viernes son un premio consuelo, peor que aquellos de la suerte sin blanca.

VI

Pero no. Estoy en este trayecto, camino como si no hubiera un fin adelante. Cada paso siento que me embriaga y un alcohol se va haciendo el aire. Se escucha una mezcla de aves y ranas mientras de una chichería un huayño electrobailable brinca como chicha en baldes. Me sacudo un poco. Un viejo de sombrero raído y arrugas me saluda. Me dice: ¡hola janiwa!, en una voz dura y burlesca. Abro los ojos, sorprendido por la expresión. Lo veo alejarse, gira a la izquierda, se pierde entre la oscuridad y unas casas de adobe.

VII

El viejo pasó en la forma de una memoria, de un espejo. Me preguntó cuán real es y lo sigo, con el sigilo de un sujeto algo entonado y ebrio. A los costados, unas señoras murmuran… puedo imaginarme lo que dicen: pobre joven, ha venido a echarse a perder, antes siquiera más peinado andaba. No las juzgo y tampoco me importa lo que digan. Lo que sé es aquel sentimiento que me tomó desprevenido tras mi ruptura. Ya voy por los seis meses. Todos dicen estar preparados, pero me consta que no… es la cuarta farra al hilo y siento que no.

VIII

No bebo por decepción. Sólo pienso que algo de mi futuro ya está mal, al punto de que un viejo me haya visto así y me llame de una forma que no imaginaría ni en el más extraño de mis sueños. Sigo sus pasos. Ha tomado camino por el riachuelo. Los días de lluvia apenas sirvieron para aumentar en un porcentaje mínimo el caudal del que todos llaman río. Avanzo por unas paredes gruesas de cemento y piedra. Por esta zona a veces suelen aparecer siluetas de personas borrachas que copulan entre la oscuridad y el alcohol, eso dicen. No veo a ninguna. Jamás vi a ninguna.

IX

El anciano está ahí, sentado. De sus ojos reluce un brillo. Lo recordaba más con una tonalidad rojiza, la de un borracho. De uno de sus bolsillos saca la botella de lo que sería un trago sobaquero. Me lo ofrece. Lo tomo en silencio. Tan pronto veo el líquido no me parece alguna especie de trago conocido, sino más bien una brea producto de saliva, alcohol y pijcho. Tras el trago empiezo a toser como si no hubiera un mañana.

X

¿Qué fue aquello? Recuerdo impresiones vagas tras aquella bebida… doblarme, gritar como loco y llorar. Sólo veo el color chillante mi habitación alquilada, la luz de la tarde, mi rostro enlodado impregnándose en la almohada como una máscara de barro y el verde de las orillas del llamado río. Alrededor, falta la portátil y mi billetera parece un grifo al que apenas le gotean monedas. Tampoco está mi celular. El mundo se tambalea y me siento sucio. Quiero ducharme. Al menos, sé que no la llamé desde el celular. No recuerdo su número. La dueña de casa me saluda afable. ¿Qué pasó joven?, me dice en un tono lastimero. Aprendí a olvidar, respondo con una disimulada sonrisa.

Después

Deja que su cuerpo se enlode en tu sudor y sus sombras recuerden los espasmos entre las sábanas. Mírense al espejo, desnudos y sin rastro de vejez. Ella lo ve con amor. Él la ve con amor y como una noche más, algo que contará a sus amigos. Ella se aferra, aunque hayan dejado de moverse. Todavía no han vuelto a su calor. Él la rechaza con torpeza. Salobres y húmedos. Sin más qué hacer ambos revisan sus celulares, esperando…