Pablo Cingolani
Oscura como la tumba donde yace la Lidia, diríamos con Malcolm Lowry. Lidia, Lidia Cruz Chambi, es mi almita protectora, que recuerdo y ofrendo cada vez que voy a los cerros de Tiñijawira. Ella se está ahí, a la vera de un camino polvoriento, traqueteado por camiones areneros, y debajo, a la sombra, de un acantilado, un risco, un precipicio de veinte metros de altura, que vaya uno a saber si tuvo que ver con su destino fatal, final: esa tumba, solitaria, donde jamás vi una flor, algo de challa, nada que diga que Lidia Cruz Chambi es recordada. Pero, yo sí la recuerdo, cada vez, cada vez que mis pasos lindan su sepulcro y cada vez que mis ojos, la ven porque te veo, Lidia, te veo y si no te viera, si no te recordase, si no te honrase, mi mundo se despeñaría, se derrumbaría como los cerros que te rodean y que, cada tanto, se mueven, se agitan, porque ellos viven así, a su manera. Nosotros los humanos, para no desplomarnos, deberíamos siempre caminar con los muertos. No honrarlos es la más alta deshonra a la condición humana. Ellos laten en nosotros, nos cuidan, nos guían, no sólo nuestros muertos sino todos los muertos. Descansa en paz, querida Lidia…