Nuestro siglo XXI

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No el siglo, pero sí la nueva era comenzó con la computadora (1950). Con certeza –debemos decirlo-, su revolución es transversal, mundial. Es creciente. A su paso modifica las condiciones de trabajo, las globaliza con facilidad y rapidez, podría incidir en la reagrupación familiar y avizora el gran salto, para los países interesados, desde la periferia marginal al centro competitivo. Un salto con garrocha por sobre un buen par de siglos.   

No sucedió lo mismo con ninguna de las grandes religiones, menos con las menudas. Budistas, musulmanes, hinduistas, católicos, etcétera, no han logrado el pleno reinado ni siquiera con la espada, tampoco con la sana meditación. El marxismo también ha quedado corto. Setenta años y luego el desplome. Cuba sigue en pie con pinzas de dudosa catadura.

¿Cómo encuentra este siglo a América Latina? Si bien la democracia, problema clave en nuestra historia, se ha posicionado en el subcontinente, su legitimidad ha descendido a un peligroso 53%; si bien los Estados han buscado incorporarse a la generación de riqueza global, las diversas élites económicas han seguido su éxodo –parecido a una vulgar fuga- en busca de membrecías para concretar su complejo de amos del mundo; las culturas locales/nacionales están exacerbadas; la escolarización es universal, pero de baja calidad; lo mismo su sistema de salud pública; viviendas precarias y déficit de las mismas; las universidades son apenas titularizadoras en su mayoría; la economía criminal (narcotráfico) penetra la institucionalidad    –Estados Unidos actúa sobre la oferta y poquísimo sobre la demanda-; las bandas mafiosas disputan el poder al Estado en Guadalajara, Bogotá, Río de Janeiro, Culiacán, Rosario y varias ciudades más; enormes contingentes de gente abandonan sus propios países expulsados/exilados por el terror, por el hambre/totalitarismo en el caso de Venezuela; la corrupción desde y al Estado; la crónica falta y falla de la justicia. Hay numerosos más males.

Sin embargo, también hay buenas noticias: ha ingresado la cultura de la “tecno/sociabilidad” –en pensadas palabras de Fernando Calderón y Manuel Castells- centrada en autonomía individual y núcleo emergente de una cultura nueva; se valora al joven en la vida pública aunque aún parece “sospechoso”; se triza la cultura del patriarcado en todo ámbito menos en la iglesia; se ha activado una multireligiosidad; la democracia deliberativa se refuerza con los medios en red; se desconfía del político de viejo cuño y se busca conductores provenientes de otros ámbitos; emergen las mujeres en toda su potencia; también las diversas opciones sexuales; la integración latinoamericana ha quedado rezagada como mercado, pero sabemos que es vital articularnos culturalmente como un todo enorme y muy rico.

¿Acaso la riqueza cultural no marca hoy la necesidad de encontrar un nuevo derrotero ético de vida frente a la podredumbre política? Frente a la hoy aparente dificultad de gobernar repúblicas de matriz indígena (por sus tiempos truncos y yuxtapuestos; por sus múltiples visiones; por su profunda –hay que decirlo- resistencia a la Colonia y la república), está el gran arte barroco señalando caminos a seguir. Mestizo, híbrido, sincrético. Esa es la realidad latinoamericana: mestiza, híbrida, sincrética. Un mundo no posible sino ya existente, extraordinario en cultura y arte y pobrísimo en soluciones políticas y económicas. Mientras en actividades espirituales sentimos por cuenta propia, en las de gobernanza preferimos aplicar la receta extranjera. Deberíamos caminar libres, del arte a la política.

Los mismos autores citados indican que “el pensamiento necesita ser histórico, barroco-artístico-anticolonial-, nacional y local si se quiere, pero, si no es también global y universal, resulta insuficiente”. El siglo XXI que ya vivimos debe servir para encontrar el sendero en la kamanchaka (niebla, aimara) que mantiene nuestra vista corta. “Si te mueves es peligroso, si no te mueves también”. Debemos movernos, y de buena fe. Como pincel de muralista mexicano, de pintor boliviano, como guitarrista peruano, como manos colombianas y ecuatorianas, como tejido centroamericano, como palabra argentina, como verso chileno, como dulzura uruguaya y brasileña, como caderas morenas de aquí y allá, con belleza venezolana, espontáneos como caribes, perfectos como islas antillanas. Es imprescindible que cuanto antes alcancemos el bienestar. La certeza  política que tenemos respecto a la democracia, debe expresarse pronto en logros económicos e inteligente redistribución. El tiempo apremia, porque en estos años cumpliremos los doscientos de repúblicas. ¿Nuestras sociedades habrán aprendido que en su seno se guarece la soberanía? El dictador latinoamericano, descrito como suele hacerlo nuestra literatura, es un bicho tonto que entorpece el paso. Lo mismo que el pesadísimo pensamiento dogmático. Este lado del mundo debe proponerse trascenderlos.