Nos hemos insinuado al infinito

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          Es significativa la distancia entre los ideales de Estados Unidos y su realidad. La “sociedad de propietarios”, como gustan explicarse casi todos ellos, tropieza con el Estado que aborrecen y que, en más de una gravísima situación, los salvó del colapso mortal. Lo quisieran menudo, insignificante para que no les estorbe en los negocios, pero saben que el tiburón se come a la sardina y permiten que, de ciertas maneras, regule sus relaciones. Diría más: que las apuntale con rigor militar. Obama lo reconoce: “La hegemonía de nuestro país tiene su raíz en la opresión de todo el mundo”. (Se debe leer varias veces el concepto debido a sus connotaciones.) La injerencia frontal o sutil, la guerra abierta/declarada o la secreta como contra Laos, de 1964 a 1973, derramándoles dos millones de toneladas de bombas. Todo recurso estatal les ha servido a sus descreídos.

          Es un país dispuesto como ningún otro a conquistar el futuro. El gran poeta Robert Frost lo expresa muy hermoso: “No desdeñes nuestro poder;/ nos hemos insinuado/ al infinito”. La reconocida matanza de indios achicó su pasado a pocos siglos. Son hombres recientes, y no se parecen a aquellos que remaron desde la niebla de Irlanda, Inglaterra y Escocia. Han operado una discontinuidad respecto a su origen, aunque se vinculen por el idioma y los negocios. En su carrera de vértigo (a caballo, en carretón y en tren), en sus manos jóvenes y también viejas (las de la abuela), tronó el Winchester. En ese apuro de conquista, sus visionarios fundadores olvidaron bautizarse con nombre propio y ahora no sabemos nombrarlos con propiedad. ¿Cómo debe llamarlos el mundo? ¿Americanos? Pero, ¿los del centro y los del sur? Sus vecinos lo hicieron bien: Estados Unidos de México. Mexicanos. Hay más buenos ejemplos.

          No sólo eso: la mayor democracia del mundo permite, en regiones, la tenencia de armas para cuidar la propiedad o lavar la honra. Ametralladoras y rifles de repetición. Revólveres, granadas. Como se trata de una sociedad esencialmente abierta, los enajenados proclaman en esquinas: “¡Queremos guerra civil!” Manifiestan su racismo rancio: “¡Barack Hussein Obama… ese nombre ni siquiera alcanza para ser negro!” Con discursos a favor del racismo y las armas ganan elecciones. Donald Trump, sin duda el más claro representante del conservadurismo matriz estadounidense, puso en duda el origen de Barack Obama el año 2012: “Nuestro actual presidente apareció de la nada… Quienes fueron a clase con él nunca lo vieron, no saben quién es. Una locura”. Irradió turbiamente la idea de que Obama era keniano. En los pasillos fríos del poder político apenas se contuvo el estupor porque el “balón”, pequeño maletín revestido de cuero con las claves para desatar la guerra del fin del mundo, dependiera de los dedos de un desconocido. Esas dudas no hubieran arraigado si se trataba de un blanco. Aunque ese blanco fuera peligrosísimo como el mismo Trump.

          ¿En qué pueden diferenciarse los republicanos de los demócratas? A todos les consta que a veces cambian roles. Unos empiezan las guerras, los otros las terminan, y viceversa. Los demócratas han sabido condolerse de la salud restringida para los pudientes y apoyaron el seguro universal. Ese es un punto valioso a su favor. Otro: la reforma a la ley migratoria cada cierto tiempo (luego el largo endurecimiento). La mejora de la escuela pública y universitario, lentamente, desde aquellos tiempos valientes del negro James Moredith en la universidad de Misisipi, cincuenta años atrás, que se reforzó con quinientos policías para pasar clases de acuerdo a la sentencia del juez. Pare de contar. Pretender cobrar mayores impuestos a los multimillonarios es imposible. A los demócratas tampoco les gusta que el Estado les meta las manos a sus bolsillos.

          No es posible afirmar que los Estados Unidos de Norteamérica está a la altura de sus ideales. Su economía produce cada día mayor desigualdad y la movilidad social está, paradójicamente, quieta. Su congreso es filibustero como cualquier otro en el mundo. El peligro del cambio climático no quita el sueño a nadie. Su política internacional parece una eterna transacción. Si la “bestia”, limosina blindada que viaja con su presidente, rodara nuestras calles no podríamos afirmar de qué se trata. Podría ser un mensaje de paz para los numerosos países menudos que nunca le importaron; también, una severa advertencia a fabricantes de terroristas como Yemen o Afganistán; podría ser un bonito paseo por los cielos altiplánicos. Podría ser cualquier cosa. Estados Unidos no tiene necesidad de amar, sabemos.