Nocturnos, la soledad en la música de Ishiguro y Murakami

0
2396
De: Rodrigo Villegas Rodríguez / Para Inmediaciones

Este año no habrá Nobel de Literatura. Al margen de los motivos que conocemos acerca del porqué de esta decisión de la Academia sueca, resulta al fin y al cabo una triste noticia para todos aquellos que esperamos – lo digo con cierta vergüenza – los libros pirateados de los rusos, alemanes, keniatas, españoles o japoneses de nombres complicados (Alexiévich, Coetzee, Szymborska, etc) o de algunos más fáciles (Oe, Vargas Llosa, Munro, Mo Yan) que salen al mercado de las casetas a las pocas semanas de la entrega de la condecoración europea.

Al penúltimo Nobel – aparte de la polémica de si este galardón era el adecuado – no lo sentimos mucho. Lo único que llegue a ver de Bob Dylan pirateado fue un libro de crónicas muy delgadito. Y lo más triste es que no premiaron al rockero necesariamente por aquellas crónicas, sino por las letras de sus canciones, la poética. Suscribo parte del acta: “Por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición estadounidense de la canción”· A diferencia de Leonard Cohen – que fue premiado con el Príncipe de Asturias del 2012 – que tuvo, además de sus míticas e inolvidables canciones, alguna que otra novela publicada y unos libros de poemas.

La cosa es que pasamos un triste año literario ese año – no todos, por supuesto. Hubo una legión que aplaudió la iniciativa de los suecos y agradeció por dotar a Dylan de nada más y nada menos que un Nobel.

Es así que muchos de los que esperamos este nombramiento quedamos en ascuas la pasada gestión, más aún a pocas semanas de la entrega de dicho premio: ¿Y si esta vez, en el mismo afán de Dylan, premian a Silvio Rodríguez? ¿O si se lo dan a Quino? ¿O si…? ¿O si…?

Pero bueno, al margen de aquellas “predicciones” y apuestas de los más provocadores, entre los (eternos) candidatos se encontraban Philip Roth, Cormac McCarthy, Thiong’o, Margaret Atwood, Javier Marías y el infaltable y, en mi opinión injustamente, vapuleado Haruki Murakami.

Este último, el japonés que escribe como gringo, que admira – por lo menos lo expresó así en alguna ocasión – más a Carver que a Soseki, a Fitzgerald que a Kawabata, a Hemingway que a Kenzaburo, es el autor que más posibilidades tiene para llevarse el Nobel alguno de estos años. Una obra de más de veinte libros así lo avala. 

No entiendo mucho las críticas que se le hace – ¿es porque es best seller? ¿O realmente es malo? A ciertos amigos que pregunté por qué tanto “odio” con Murakami, que qué argumentaban, me respondieron entre titubeos (como cuando les preguntas acerca de Cohelo) que no habían leído nada aún pero que habían escuchado ciertas cosas malas –. Me confieso fan de su trabajo. Más de sus cuentos que de sus novelas. Por supuesto para creerme de esta condición de admirador tuve que adquirir y leer muchos de sus libros, desde sus más conocidos (Tokio Blues, Kafka en la orilla) hasta los no tanto (Los años de peregrinación del chico sin color, After Dark, El elefante desaparece y, mi favorita, el volumen de cuentos Hombres sin mujeres).

Una de las cosas que más admiro de Murakami es la levedad de su literatura. Es decir, la especie de hipnotismo que crea con el paso de los párrafos que ha escrito, las reminiscencias y los diálogos precisos, sólidos. Como hilados con una cuerda de guitarra; se siente la musicalidad de las palabras, del lenguaje. Y Murakami sabe mucho de música. De Jazz. Durante muchos años, en sus comienzos en la literatura, dirigió un bar-restaurant especializado en Jazz. Es además admirador de la música norteamericana. Varios títulos de sus cuentos hacen referencia a alguna canción de los Beatles, por ejemplo.

Ahora, provocar esa tonalidad en sus narraciones no es algo sencillo. Parece, pero no lo es. Hay que tener una sensibilidad superior desde el oído, desde la emotividad de captar una canción y capturar su esencia para, desde un cuento o una novela, calcarla al papel. Provocar la sensación musical por medio de la palabra escrita.

Es así que esperaba que el año pasado le entreguen de una maldita vez el premio a Murakami – si ya le dieron el Oscar a Di Caprio pues es prueba de que todo debe caer alguna vez –. Pero no fue así. Sino, como una broma oscura, malévola, se la dieron a otro japonés que escribe en inglés y que es fan de la música, y que vivió gran parte de su vida en la tierra que colonizó los Estados Unidos, el país donde Murakami había decidido vivir: Londres.

El Nobel de Literatura 2017 le fue otorgado a Kazuo Ishiguro.

Ishiguro es un autor remotamente conocido en Sudamérica. Sí más en Europa, donde es considerado parte de la generación de autores en los que están Salman Rushdie e Ian McEwan. Es así que su nombre “chirrió” el día que nos enteramos del galardón que se le entregaba. No a todos, por supuesto. El japonés nacionalizado inglés es venerado por muchos lectores mucho antes de la candidatura que se le dio.

Y bueno, una de los beneficios del No Nobel a Murakami fue la aparición en el mercado boliviano de los libros de Ishiguro. Del primero, de Haruki, por su popularidad, hace varios años que ya se encuentran sus libros en ese papel blanco que caracteriza a los piratas. De Ishiguro no había nada. Nada. Ahora, si caminamos por la Núñez del Prado o por el Mercado Lanza pues nos toparemos con al menos dos de ellos. Y a precios a los que, en el caso de encontrarlos en originales (mínimo cien pesos), no hubiéramos podido acceder un buen número de lectores.

Es así que llegué a Nocturnos, el único libro de cuentos de Kazuo.

La primera impresión a la que llegué al terminar el primer cuento fue: Este es Murakami. Poseen un estilo muy similar y aquella narración llamada El Cantante melódico es una clara demostración de ello: un joven guitarrista que se gana la vida tocando en una plaza de Venecia reconoce entre su público a un cantante famoso, uno que admira mucho, de los Estados Unidos que ha ido a pasar unas vacaciones con su esposa. Y bueno, nos vemos envueltos en el ritmo melancólico de lo que va sucediendo conforme se desarrolla el cuento, cuando estos dos personajes se conocen y, sentados en bares italianos o cantando en góndolas de aquel territorio paradisiaco como es Venecia. Desamor, fracaso, música, libertad y desesperanza. Tanto Ishiguro como Murakami pertenecen a esa clase de escritores que preponderan aquello en sus historias.

Los demás cuentos – cinco – del libro son de “largo aliento”. Alrededor de cuarenta páginas cada uno. Todos comparten un mundo – literal; varios personajes de un cuento reaparecen en el otro – musical, mohíno, nostálgico, que no esperaban para sí. Es como si a cada rato se preguntaran: ¿De verdad me merezco esto? ¿No soy más importante, no he nacido para algo más grande, no estoy destinado a algo mejor que esto que es mi vida?

En “Come Rain or Come Shine” un músico cuarentón decide ayudar a un matrimonio con el que, antes de que sean una pareja “formal”, compartió gran parte de su vida. Para ello el marido le pide a su amigo que acompañe a su mujer por unos días en los cuales él debe realizar un viaje de negocios.

En “Malvern Hills” un músico fracasado que va a “buscar cierta inspiración” a la casa de su hermana casada, conoce a una pareja de esposos amantes de la buena música, pero que, a pesar de su cercanía, ocultan algo que ninguno de los dos se atreve a decir.

En “Nocturno” un saxofonista que decidió operarse la cara para mejorar su aspecto y triunfar – “los feos no pueden estar frente a las pantallas por más talento que tengan” – conoce a otra mujer con la cara vendada, al igual que él, en los pasillos del hospital donde se refugia mientras la piel de su rostro cicatriza.

Y en “Violonchelistas” – quizá el mejor cuento de la colección junto al primero – un joven prodigio conoce a una mujer mayor que le propone darle clases pare perfeccionar su talento y sobrevivirlo a pesar de los trabajos en restaurants y bares.

Un libro de historias musicales, poéticas, en las que la realidad adquiere una banda sonora de la música de los ‘50 del siglo pasado, pero que, al igual que el amor y las relaciones humanas, permanece en el actual transformado apenas en ciertos rasgos, en ciertas tonalidades. La música será siempre un canalizador de emotividades; Ishiguro – que muy joven tuvo el sueño de ser músico pero que vio su destino anhelado truncado por azares de la vida – está muy consciente de  aquello. Es así que dota a sus narraciones de esa melodía. Al igual que Murakami. Pertenecen a la misma estirpe. Escritores de oído prodigioso.

Es así que uno, después de putear contra el vacío del Nobel de este año y del de Dylan, se encuentra con un amasijo de obras de Ishiguro a las que, gracias a la democrática piratería, encuentra y puede leer algo más de este autor japonés de lenguaje inglés traducido al español. Las novelas “Los restos del día”, “Nunca me abandones” o “Cuando fuimos huérfanos” esperan a ser leídas en los quioscos de cualquier pasaje de libros usados y “copiados”. La literatura del último Nobel – como la de cualquier otro Nobel – es un deleite y forma parte de un aprendizaje que todo aquel que ame un libro sabe/no sabe le va a brindar.