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Ni un mes en México

Evo Morales ha dejado México. Aunque la cancillería de ese país asegura que es solo una ausencia temporal, varios medios afirman que no regresará. Hará una escala médica en Cuba y luego seguirá a la Argentina, donde, al fin, a los 60 años, podrá vivir por primera vez junto a sus hijos.

Darle asilo a Evo Morales ha sido la primera gran equivocación del gobierno de AMLO en el terreno internacional desde que la izquierda asumiera el mando hace un poco más de un año.

En una encuesta reciente del grupo Reforma, uno de los diarios más prestigiosos de la capital azteca, solo un 24% de la gente se identifica con la protección otorgada a Evo por las autoridades mexicanas. El 76% de los mexicanos está en desacuerdo con su llegada.

Se trata de la medida más repudiada, incluso más que la captura e inmediata liberación del hijo de Chapo Guzmán.
¿Le habrá pedido AMLO a Evo que se vaya? Nunca lo sabremos. El hecho es que la presencia del ex presidente terminó siendo tóxica para sus anfitriones.

El contraste fue notable cuando el 1 de diciembre reciente Pepe Mujica visitó México. Las universidades jesuitas mexicanas le dieron el título de doctor honoris causa. Evo quedó relegado a un segundo plano.

Otro dato central fue la averiada serie de entrevistas que Morales concediò a los medios internacionales. Aunque todos estuvieron en disposición de creerle, ningún periodista, ni el más condescendiente, dejó pasar la oportunidad para preguntarle sobre el estropeado referéndum de 2016 y su terco afán por mantenerse como jefe de estado por encima de la Constitución.

Un país como México, castigado por el fraude, poco a poco pasó de la compasión espontánea por Evo a la fría distancia. El rumor cada vez más compartido fue que se había dado asilo a un «delincuente electoral».
La gota que colmó el vaso fue la meta de entregarle 8 mil dólares mensuales, un ingreso más alto que el del presidente de la república y tenerlo acompañado por 14 guardaespaldas. El mito del líder, cuya vida fue salvada y que «había llegado con lo puesto», se fue desvaneciendo.

De ese modo, el país que juró no intervenir en asuntos de otros estados (doctrina Estrada), que repudia casi visceralmente la reelección (tras Porfirio Díaz) y que siente un dolor íntimo cuando se entera de la comisión de un fraude electoral terminó liberándose de su incómodo huésped boliviano.

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