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La tumba del soldado desconocido

Maximiliano Benitez

“¿Quién de nosotros conoció a su hermano? ¿Quién de nosotros observó el corazón de su padre? ¿Quién de nosotros no estuvo siempre prisionero? ¿Quién de nosotros no será siempre un extranjero solitario?”

Thomas Wolfe, de El ángel que nos mira.

La soledad, contrariamente a lo que piensa el común de la gente, no es una opción. Va más allá de quienes nos acompañen o no en el transcurso de nuestra vida. La soledad, de la misma manera que no elegimos tener un accidente que nos deje tullidos, no se elige, a menos que sea morir lo que se pretende: es, sin adornos, un estado del alma, como esa herida accidental.

Cuando era joven (perdón, quise decir más joven) llegué a cultivar un círculo de amistades bastante amplio y diverso, de todas las nacionalidades, inclinación sexual, musical y todo lo que puedan imaginarse. Éramos unos cuantos y bien avenidos. Mi agenda (aún se usaban las de papel) se alimentaba de nombres y apellidos en casi todas las letras del abecedario. Definitivamente no estaba solo, en sentido estricto. También conseguí cuajar, a pesar de mi carácter introvertido, varias relaciones que acabaron con desigual suerte, como todo el mundo. Unas veces acababa la noche acompañado y otras durmiendo abrazado a la almohada buscando un cabello largo y ajeno para siempre.

Sin embargo, ya desde entonces, incluso almacenando en la memoria algunos de los momentos más entrañables de mi juventud, en el fondo, sin que nadie lo advirtiera, me sentía terriblemente solo. No había una explicación cabal, ni alguna experiencia traumática en mi niñez que me llevara a ese estadio en que el tiempo se acaba transformando en un silencio insufrible. Era un muchacho triste en medio de la fiesta. Poco a poco, en silencio, en la intimidad de mi habitación, fui cavando la trinchera de la que habitualmente hablo. La trinchera, sí. Ella también es un estado del alma.

Así comenzaron mis primeras lecturas; las de los grandes desventurados, los descastados, esos que van por la periferia hurgando, desentrañando desde el anonimato la madeja inextricable de la condición humana. No pretendía ni quería leer otra cosa. El saber ocupa lugar y yo no tenía tiempo que perder. Y fue entonces que, sin proponérmelo, con la gasolina de la soledad y ávido de respuestas, comencé yo también a escribir, siempre a hurtadillas puesto que no tenía con quién hablar de todo aquello. Y es que, en definitiva, qué era en realidad todo aquello?

 Pasaron así varios años de abultada agenda social por un lado y más solo que la una por el otro, cuando la habitación vacía me enseñaba el lado amargo de una actividad que muchos veían como rara, o en el peor de los casos, como un hobby. En esta especie de desdoblamiento se fueron mis últimos años de juventud.

Años más tarde, la necesidad vital, gregaria, me embarcó en algo distinto pero similar en muchos aspectos: me casé, lo que, más que agrandar la trinchera, me llevó a enterrarla, a echar paladas hasta cubrirla por completo para iniciar una vida como dios manda, y abandonar de una puñetera vez esa vida a espaldas de casi todo lo que me rodeaba. Porque esa es otra cosa que supongo que arrastran en su consciencia los autores de verdad (naturalmente no hablo de mí. Yo tan solo soy un pequeño tirador, y casi nunca doy en el blanco): la certidumbre de que todo se desarrolla mientras la mecha de la vida se extingue.

Pero como dije antes, la soledad no es una opción. La trinchera estaba tapada, casi olvidada, pero no así los personajes que clamaban desde su propia tumba que acabara de matarlos o sublimarlos. Para entonces, recuperado el hábito de la lectura, ya existían las redes sociales, eran vox populi, lo que desplazó mi campo de acción a un universo virtual, donde, por primera vez en muchos años, pude poner rostro a tantos francotiradores perdidos por el mundo, a todos esos soldados hasta entonces desconocidos. Puede resultar una tontería para algunos (para la mayoría), pero hasta me sentí protegido. Ahora ya casi puedo verlos desde la pantalla del ordenador que ilumina mi nuevo foso y leer, ansiosamente leer de sus cuadernos de bitácora, que en realidad casi todos librábamos batallas desde el silencio; prestos para no abandonarnos a la desidia, pero inocuos ante la envergadura de una pelea que todos sabemos perdida.

A día de hoy, ya canoso en el desván, no sé con certeza si los textos que (como boyas en altamar) lancé a lo largo de este 2019 han llegado a alguien. Las redes nos enseñan que ahí, cerca pero al mismo tiempo distante, hay alguien, es solo un pequeño gesto el que da señales de vida, algo hermoso como fútil, pero hay alguien. Y yo espero febrilmente que así sea, que las noches en vela para hablarles desde tan lejos hayan servido aunque más no sea que a solo una de esas almas perdidas y errantes que, como decía Thomas Wolfe, son ahora mis hermanos.

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