Miguel Alfonso Ávila
Caminaba sin rumbo, con la mirada extraviada en la ciudad de los Anillos que ahora se le antojaba un laberinto hostil: una geometría invasiva de la que no podía escapar. Se sentía roto, herido por una sucesión de infortunios acumulados durante años como sedimentos en el fondo de un pozo; una carga que él mismo consideraba ya irremediable.
Se detuvo un instante. El mundo pareció inclinarse bajo sus pies mientras el asfalto mojado devolvía el reflejo distorsionado de los neones de las farmacias y los carteles publicitarios de la avenida. El cóctel de sustancias que había consumido empezaba a pasarle factura; sentía cómo la vida se le escapaba por los poros, diluyéndose en unas piernas de trapo. Intentó dar un paso, pero su chamarra empapada pesaba como una armadura de plomo, un lastre que lo anclaba a la tierra.
El aguacero, que azotaba la ciudad con esa furia tropical capaz de ahogar los sentidos y borrar los horizontes, lo había expulsado de su refugio habitual en los canales de drenaje. Aquellos cauces de cemento que en los días secos servían de alcoba, se habían convertido en torrentes de lodo, basura y olvido que rugían bajo sus pies con la amenaza de arrastrarlo hacia la nada. Incluso el fango, en su fluir violento, parecía tener más derecho a existir que él.
Sus manos se aferraban a una vieja guitarra como un náufrago a un madero astillado en mitad del océano. Era un instrumento de madera de cedro, con el barniz levantado por la humedad de mil noches a la intemperie y las cuerdas oxidadas por el sudor y el sereno. Era su única compañera fiel, el último resto del naufragio de su vida: un eco de madera que aún guardaba el calor de lo que alguna vez fue. A veces, en el delirio de la abstinencia, creía escuchar que la caja de resonancia aún susurraba versos de Vallejo o fragmentos de cantatas barrocas que él solía analizar en sus años de gloria. Aquella guitarra no emitía música, sino el lamento de un hombre que se negaba a soltar su última pertenencia humana.
No siempre fue una sombra esquiva entre los matorrales de las rotondas. Hubo un tiempo en que su voz, firme y lúcida, resonaba con autoridad en los pasillos de la universidad. Durante veinte años fue el catedrático que desmenuzaba la historia y la literatura, el hombre que vestía sacos de cotón impecables y recibía saludos respetuosos en los predios del campus. Sus manos, ahora agrietadas por el frío y la mugre, antes sostenían ediciones críticas de clásicos y tizas que dibujaban el mapa del futuro para cientos de jóvenes. Irónicamente, solía disertar sobre la caída de las civilizaciones sin advertir que él mismo se estaba convirtiendo en una ruina andante. Pero su destino se desmoronó con la precisión quirúrgica de un efecto dominó.
Primero fue una pérdida familiar que no supo procesar, un duelo que se instaló en sus huesos; después, un amor lejano que tomó otro rumbo, dejando la casa llena de ecos y habitaciones clausuradas. Luego vino el refugio engañoso del alcohol y, finalmente, el abismo de las sustancias químicas que terminaron por devorar su prestigio, su patrimonio y su cordura. La lucidez se convirtió en un castigo, y el olvido en la única mercancía que valía la pena comprar.
Cuando la ciudad se volvía demasiado ruidosa o el juicio de los demás demasiado pesado, se refugiaba en los barbechos del Cordón Ecológico. Allí, donde el cemento se rinde ante la selva marginal que bordea el río Piraí, el antiguo catedrático se encontraba con otros «fantasmas». La convivencia en el Cordón era un pacto de silencio y miseria. Entre el olor a tierra mojada y el rancio aroma de los matorrales, se formaba una sociedad de sombras. No había solidaridad, sino una cercanía fúnebre: cuerpos amontonados sobre cartones que compartían el calor humano para no morir de hipotermia durante los feroces surazos. Eran una hermandad de náufragos que evitaban mirarse a los ojos para no reconocer en el otro el espejo de su propia degradación. Allí, la jerarquía la dictaba el que tuviera una dosis extra o un encendedor que aún funcionara.
Pero el verdadero terror no era la lluvia ni el hambre, sino el destello de las linternas policiales que rasgaban la oscuridad de la maleza. Los operativos de «limpieza» eran, en realidad, jornadas de cacería y extorsión. Los uniformados irrumpían con botas pesadas, pateando los precarios refugios y quemando las pocas mantas que los protegían.
—¡Arriba, lacras! ¡Abran las manos! —era el grito que precedía al despojo.
Aquellos que lograban mendigar unos cuantos pesos en los semáforos veían cómo sus monedas pasaban a los bolsillos de la autoridad a cambio de no ser arrestados. El profesor había aprendido a esconder sus pocos bolivianos en el hueco de su guitarra, soportando bofetadas y humillaciones mientras los oficiales se mofaban de su lenguaje culto. Para la policía, ellos no eran ciudadanos en desgracia, sino estorbos estéticos que debían ser desplazados o exprimidos hasta el último centavo.
A veces, algún antiguo colega lo reconocía al verlo deambular por los alrededores del campus buscando sobras. Algunos bajaban la vista; otros, con una caridad que dolía más que el desprecio, le extendían un billete de diez bolivianos sin tocarle la mano, como si su miseria fuera una peste contagiosa.
Cuando salió del campus universitario un policía lo detuvo por un instante. —Ya me voy, oficial —respondió con una dignidad de vidrio a punto de estallar—. Solo buscaba donde tocar mi guitarra.
Se alejó hacia el Segundo Anillo, pero el aire se volvió denso, irrespirable. Se desplomó contra una pared descascarada, convertido en una mancha de quietud en medio del caos del mediodía. Su inmovilidad no era la del descanso, sino la del mármol; una silueta que desafiaba el rugido de los motores y el humo negro de los escapes. Sus ojos, abiertos de par en par, se fijaron en un cielo de cemento que no devolvía respuestas. En ese último segundo, creyó ver una tiza dibujando una línea blanca sobre el pizarrón del firmamento: una lección final que nadie se detuvo a anotar.
Algún transeúnte ocasional, movido por un resto de compasión, corrió hacia los puestos de comida rápida buscando ayuda. —¡Por favor, llamen a una ambulancia! —gritó el desconocido—. ¡El hombre de la esquina se está muriendo!
Las miradas que recibió fueron flechas de hielo. El comerciante, con los dedos engrasados por el pollo frito, siguió contando sus billetes con una parsimonia macabra. —Si ya se enfrió, llame a la policía. Yo aquí tengo gente esperando su pedido —sentenció el hombre. El hambre de los vivos pesaba más que la muerte de los invisibles.
Dos horas más tarde, el profesor ya no era un hombre; era un bulto informe cubierto por un plástico negro que la policía extendió con la misma desidia con la que se barre el polvo. No fue la droga ni el hambre lo que le arrancó el último suspiro. Fue el «frío del alma», esa gangrena de la indiferencia que ni el sol más incandescente de la ciudad logra derretir.
Al final, la guitarra quedó allí, huérfana, apoyada contra el muro. Le faltaba la cuerda más aguda, la que lleva la melodía. Algún curioso se detuvo a mirarla, evaluando si el madero astillado valdría el esfuerzo de agacharse, pero la abandonaron al ver su barniz devorado por la carcoma del olvido. Nadie recogió las partituras invisibles que el viento del sur comenzó a arrastrar hacia las alcantarillas. En la Ciudad de los Anillos, la vida siguió fluyendo con su indiferencia circular, ignorando que una biblioteca entera, un mapa de tiza y veinte años de cátedra acababan de arder en silencio bajo un plástico negro. El profesor se fue como un libro al que le arrancan las páginas finales; un náufrago que, tras años de luchar contra la marea, finalmente descubrió que el océano no era el agua, sino la gente que pasaba a su lado sin verlo.