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Nativos digitales (o la prótesis digital)

Es ingenuo pensar que hoy un niño pueda educarse, entretenerse o comunicarse sin un dispositivo electrónico en mano. De hecho, carecer de uno puede señalarlo como alguien “anormal” en su entorno social. Sin embargo, esta realidad no debería facultarnos para ignorar las consecuencias negativas de la creciente exposición de los infantes a los smartphones y ordenadores. ¿Pueden las pantallas ser tan adictivas como el tabaco o la cocaína? Aunque no existen respuestas categóricas, lo cierto es que el consumo digital se incrementa sin pausa. Según un reciente reportaje de DW, el tiempo de pantalla en jóvenes oscila entre las 3.5 y las 9 horas diarias. Si consideramos esta última cifra, concluimos que una persona pasa casi la totalidad de su vida activa, desde que amanece hasta que se retira a la cama, absorta en un cristal líquido.

Resulta digno de estudio que las pantallas provoquen tal fascinación, considerando que somos seres inherentemente sociales y afines al colectivo. Pero como el ser humano es impredecible e indetenible en su búsqueda de aceleración y productividad, parece incapaz de renunciar a los “beneficios” de la técnica. Así, el teléfono inteligente se ha transformado en una necesidad insustituible, casi en una extensión biológica. No es una exageración: el dispositivo, especie de prótesis digital, nos ayuda a traducir idiomas, a capturar la realidad en tiempo real, a orientarnos mediante el GPS, a memorizar a través de un hipocampo digital e incluso a monitorear nuestra salud con sensores de ritmo cardiaco e instructores de gimnasio que son agentes de IA. (Cabe reflexionar profundamente si esta integración nos hace, realmente, más felices.)

Psicólogos y pedagogos alertan a los padres sobre los riesgos de este fenómeno, instándoles a advertir a sus hijos sobre las secuelas del uso inmoderado de un smartphone. No obstante, sabemos que inculcar una mirada crítica y reflexiva en niños, adolescentes y jóvenes para que ejerzan un uso sabio de la técnica es una tarea ímproba o casi imposible; lo ha sido siempre. Además, ¿no son los mismos adultos quienes, como niños ingenuos, utilizan la tecnología sin un mínimo de razonabilidad, cayendo en la trampa del tiempo perdido en contenido trivial o falso o pornografía?

Trastornos de sueño, ansiedad y depresión son solo algunos efectos, por no mencionar la atrofia de las habilidades creativas y de socialización. Hasta ahora, el desarrollo cerebral y la convivencia presencial tienen en la vida digital a uno de sus mayores enemigos. Pero la presencia digital es avasallante y nos invita a seguirla. Al igual que los adultos, los niños sienten que, sin un teléfono, se pierden de algo vital: existir sin conexión es, de algún modo, habitar en la Edad de Piedra o en una isla desierta sin contacto con la civilización. El teléfono nos conecta con el mundo, con la vida. Incluso parecería que nos da vida.

A diferencia de otras problemáticas del pasado, que segregaban por clase, la adicción a las pantallas se rehúsa a ser exclusiva de un solo estrato. Millones de personas de clase baja son tan dependientes como las de clase alta y, por ende, susceptibles de las consecuencias de una vida digital mal gestionada; el fenómeno es universal y trasciende el poderío económico o el capital social.

Llegados a un punto donde nadie puede ser privado de un smartphone o de frecuentar redes sociales, lo que resta es intentar habitarlos con algo de sabiduría: limitando el tiempo de uso y ejerciendo autocontrol sobre el contenido. Pero, además, debemos seguir reflexionando críticamente sobre el impacto que estos productos generan en la interacción humana. Recientemente, se ha popularizado el término «ningufonear» (phubbing): el acto de ignorar al prójimo por atender el móvil. Esto evidencia que en millones el deseo de pantalla es ya más fuerte que el deseo de convivencia humana. Pues prefieren (preferimos) capturar la foto de una comida para postearla que disfrutar, conscientemente, del momento presente.

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

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