Moriremos si somos zonzos

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         Qué alborozo viviría el memorable investigador Gunnar Mendoza al encontrar el manuscrito de José Santos Vargas: “Diario de un comandante de la Independencia americana. 1814-1825”. Dentro de la historiografía es un acontecimientos anhelado por cualquier estudioso. Todos sus colegas afirman que mereció esa fortuna.

         ¿Quién fue José Santos Vargas, recordado ahora como el “Tambor”?

         Un hombre nacido en Oruro terminando el siglo XVIII (1796), hijo de un capitán de caballería de los ejércitos reales y escribano público, de cabildo, gobierno y guerra de aquel tiempo, Blas Mariano Vargas, con doña María Guadalupe Medrano, ambos fallecidos cuando nuestro personaje apenas alcanzaba ocho años de edad; criado por la abuela, Gregoria Díaz de Alda, apodada “Condo Goya”, propietaria de un tambo en la pequeñísima ciudad, llegó a la adolescencia. En 1818, también acabó esa felicidad con el fallecimiento de la señora y comenzó la penuria a cargo del tutor, albacea y curador, don José Jacinto Quevedo, además su maestro de escuela. Dice a la letra: “Siguió educándome no con aquel amor maternal a que estaba acostumbrado sino más bien con la aspereza de un verdadero escolero antiguo que todo el cariño lo convertía en despotismo”. Ese drama duró un año. En fecha 16 de noviembre de 1811, Esteban Arze asaltó con cholos e indios a los realistas de la Villa de Oruro. Su tutor huyó llevándose a su familia a buen refugio y dejándolo solo al cuidado de la casa. Curioso, se dispuso con los llocqallas “a ver y jugar con cuetes”. Casi de inmediato, sin pensarlo mucho, “huyó con los derrotados” por la defensa de la plaza. Casi de inmediato comenzó su nueva vida en Cochabamba.

         Su muy buena letra lo salvó de ocasionales trabajos de servidumbre doméstica. Vagabundeando por el Valle Alto de la llajta, escribiendo cartas para alcaldes y autoridades, trepó a las alturas subandinas de Oputaña, de Pocusco y Mohosa, caserío donde encontró a su hermano carnal, mayor que él, por supuesto, convertido en presbítero: Andrés Vargas. El diario señala que fue su hermano quien afianzó sus ideas independentistas y visualizó la patria con sólidos argumentos. Se trataba, sin duda, de un cura/guerrillero. A pesar de ello, “mi hermano no quería que me entropase al principio”. Al mismo tiempo que proliferaban las escaramuzas guerrilleras en el Alto Perú y alrededores, José Santos Vargas hizo familia con Juana Rodrigo. Siempre escribiendo por encargo, beneficiado por su buena letra aunque muy mala ortografía, perjudicado por sus pocos estudios, pero con luces naturales.

         Muy pronto se convirtió en escritor/guerrillero. Seguramente fue de los primeros en nuestra tradición hasta el diario de Néstor Paz Zamora, el religioso/guerrillero muerto en Teoponte (1970). La dinámica de lucha por la independencia lo llevó a servir bajo las órdenes de Eusebio Lira, fuerte comandante patriota de Mohosa. Allí, además de escribiente, se convirtió en Tambor Mayor, sin maestros, por puro empeño, con ánimo de estar muy cerca a los jefes y escribir “testimonialmente” su diario: “Esta corta historia te avisará lo más pormenor: sucesos verdaderos, el lugar donde sucedió alguna cosa, el sujeto que dio alguna orden y sujetos que obraron”. Luego complementa: “De forma que no receléis de que estos sucesos fueron así los pasajes”.

         En tiempos trabajaba la tierra: escritor/guerrillero/labriego.

         Fue un guerrillero destacado y valiente, porque siempre las primeras balas buscaban al Tambor. Era consciente del riesgo, pero anhelaba escribir un diario fidedigno: “Me acordé del carácter orureño y como tal me dejé conocer”. La guerrilla se tonificó con la presencia de Manuel Lanza e hizo de la abrupta y accidentada geografía de Ayopaya y Sicasica (Sivingani) un lugar inexpugnable para el ejército realista. La independencia  del Alto Perú se logró gracias a guerrillas como esta, las del sur y del oriente. Casi todo estaba ganado, se diría, cuando ingresó el ejército de Bolívar.

         El diario tiene gran calidad testimonial y literaria: “Miguel Mamani, ducho en escaparse. La última vez cayó borracho y siguió vivando la patria y hablando incendios contra el rey y sus jefes, echando mil ajos, tratándolos a los soldados, de manera que en el acto lo fusilaron antes de que se vuelva perro, caballo o piedra, que así había escapado varias veces”. Es maravilloso.

         El autor y el diario peregrinaron buscando padrino sin éxito hasta que Mendoza dio con él. “Pero vivo contento con la grande alegría de que mi opinión hayga triunfado, que a nada más aspiraba, y el poco tiempo que me resta de salud viviré con esa satisfacción”.