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Miguel Ángel Gálvez – El Desenterrador

Estoy cubierto de tierra…

Loco. ¡Claro! Fácil es decir que estoy loco; como si no la conocieran a la vieja de mierda. Ahora está calladita, porque sabe que estoy yendo por ella; cavando y hundiéndome cada vez más en la tierra. (“¡Jorge, que has hecho!” Me gritará, seguro, mamá. “¡Claro, como tú no compras la ropa!”) Pero cuando la vean, vamos a ver la cara que ponen. Porque, claro, yo estoy loco, ¿no? Vamos a ver qué tan loco estoy… Si tan solo el terreno fuera un poco más blando, o la noche un poco menos negra.

Y seguro que cuando la lleve de vuelta a casa, la vieja se va a hacer a la desentendida, como siempre (“¡Yo no le he pegado! ¿Cómo vas a creer eso, Lucía? Es un niño torpe y se ha caído solo. Eso es todo”. Y claro, así terminaba yo, lleno de moretones por sus escobazos, y cargando con toda la culpa. “Tienes que hacer caso a tu abuela”, me gritaba mamá. “Al final, si te ha pegado, seguro que te lo merecías”). Pero ahora vamos a ver a quién le creen. Vamos a ver quién tiene la razón. ¡Vamos a ver quién está loco!

Esta vez no van a poder usar la excusa del cáncer (“Yo pensaba que estaba muerta, Lucía, pensé que el cáncer ya me había matado”). Esta vez no te va a funcionar, abuela. Esta vez yo te he descubierto y no te vas a poder negar… Si tan solo pudiera ver un poco mejor lo que estoy haciendo. Ni siquiera hay luna, o estrellas; y el cielo parece un inmenso

vacío negro. Tan negro como la tierra. A mí se me hace que ya debo haber cavado más de un metro. Y la vieja, calladita. Si es para morirse de risa. ¡No se atreve ni a respirar!

Pero de nada le va a servir. Yo ya la vi aquel día; y a mí no me van a venir con cuentos de médicos (“sabes, Jorge, a veces los cadáveres se mueven por los gases que quedan atrapados en su interior”, me dijo el doctor rojas, cuando bajé corriendo a avisarles. Y después, lentamente, cómo si yo fuera un retrasado mental: “Está muerta hijo. Tenía cáncer, ¿sabes?” Si, cómo no. Tenía cáncer y el cáncer es mortal, ¿no? No puede haber otra explicación). Lo odié por decir eso. Mirándome como me miró (como todos me miraron). Él fue el culpable de que mi madre me abofeteara.

Gracias a Dios, el terreno no es pedregoso. ¡Ah! Esta vez Dios te traicionó, abuela. Y tanto que le rezabas, ¿no? No soltabas el rosario ni siquiera para molerme a palos. (“Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden… y amén”). Seguro que debe querer golpearme ahora. Seguro que debe querer “darme mi merecido” por haberla pescado levantándose del ataúd. Yo fui el único que la vio. Todos los demás estaban abajo, llorando y preparando el velorio. Pero yo me quedé a su lado, porque quería saborear aquel momento. ¿Y quién me puede culpar? ¡Por fin me había librado de la vieja de mierda! Ya no tendría que soportar su olor nauseabundo, ni tendría que volver a limpiar su cama (“¡Lucía!, creo que ya me he hecho otra vez. Dile al Jorge que limpie.” Y ahí entraba yo en escena yo otra vez; con la esponja y el bañador, tratando de contener mis nauseas). Pero ahora era libre. ¡Por fin libre! La imaginaba en el infierno, ahogándose en toda la mierda que me hizo limpiar, ¡y yo apenas podía

contener mi dicha!… Pero entonces se levantó. No soportó verme feliz, aunque solo fuera una vez en mi vida. Se sentó en la cama y me miró. Y yo casi me desmayo de susto viendo esos ojos; esa mirada perdida y esas pupilas dilatadas y negras; negras como el vacío, negras como la noche, negras como el maldito agujero en el que me encuentro hundido. Negras, negras… y perdidas.

Dos metros… Crees que haz engañado a todos, ¿no, abuela? Claro, ahora todos piensan que estoy loco (“¿Cómo que se está haciendo a la muerta? ¡Cómo vas a decir esas cosas, cuando tu abuela acaba de morir!”, dijo mi madre cuando me lanzó la bofetada, y todos los cojudos del velorio se quedaron mirando en silencio… ¡Como si fuese necesario decir algo para entender lo que estaban pensando!) Y todo por tu culpa, vieja de mierda. Pero era de esperarse, ¿no? Jorge siempre se llevó mal con su abuela, Jorge nunca le hacía caso, Jorge siempre fue medio raro… Jorge está loco… loco… loco.

Tengo miedo. La noche está muy oscura y siento su frío a mi alrededor. ¿Cuantas veces, desde entonces, te me quedaste observando en la noche, abuela? Yo te sentía, agazapada en la oscuridad y no podía dormir… Ya estoy harto de los vacíos negros. Yo en mi cama y mi abuela ahí, escondida más allá de mis ojos o de mi comprensión. ¿Hasta cuándo? Hasta que la desentierre; hasta que la desentierre y la lleve de los pelos a donde le corresponde: la casa; el lugar donde nos jode y nos amarga sin tregua. La abuela me riñe, la abuela me insulta, la abuela me golpea; y si la abuela se enoja se caga, se caga ¿y quién limpia? (“¡Lucía, dile al Jorge que limpie.”) Pero no importa. Al menos ya no podrá seguirse ocultando en la negrura y yo podré dormir

una vez más, sin sentir que la noche me observa y sin tener que soportar las recriminaciones de mi madre (“¡Ya te he dicho mil veces que tu abuela está muerta y enterrada, así que duérmete de una vez!” Y yo sabiendo que se equivoca. Que la vieja está allí, riéndose de mí. ¡Riéndose de todos!)

Creo que ya debo haber cavado unos tres metros. ¿O cinco? ¿O diez? ¿O tal vez mil?… Quién sabe. Tal vez tenga que atravesar el planeta entero para encontrarla ¿Cuántas veces lo he hecho ya?… ¡Pero no importa! Yo sé que estás ahí, maldita vieja asquerosa. Yo sé que estás ahí, y voy por ti.

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