Márcia Batista Ramos

Para Stéphanie

En el anaquel de los recuerdos, la primera a la izquierda es Cecília Meireles con su obra, donde lo efímero y lo eterno aparecen fusionados, como parte de un todo provisto de una profunda ternura. A Cecília, con su estilo más sencillo y preciso, la leí a mis tiernos siete años cuando empezaba a desarrollar mi personalidad un tanto triste, melancólica: “Pus o meu sonho num navio \e o navio em cima do mar; \- depois, abri o mar com as mãos, \para o meu sonho naufragar(…)”.

Yo tenía siete años y había aprendido a juntar letras muertas para formar palabras vivas y me caía en cima palabras que formaban versos y versos que formaban poemas… entonces, mi mundo, se iluminó.

Mi mundo crecía y dejaba de circunscribirse a una muñeca que habla y otra que baila, para descubrir un espacio infinito: el espacio de las palabras.

Antônio Gonçalves Dias, supo impresionarme: “O’ Guerreiros da Taba sagrada, \O’ Guerreiros da Tribo Tupi, \Falam Deuses nos cantos do Piaga, \O’ Guerreiros, meus cantos ouvi. ”

Al igual que Castro Alves, que impregnó en mi mente los conceptos de justicia/injusticia y esclavitud/libertad: “(…) «Cala-te, bardo dos bosques! \Ai! não troques os quiosques \Pela cúpula do céu.(…)”.

Según abría los libros, los nombres de los poetas llegaban a mí, y de los libros escurrían palabras, que formaban versos que ampliaban mi universo de niña, que me llevaban a la frontera del sueño.

Al mismo tiempo empecé a reconocer las palabras vivas en los versos y el inventario de las palabras muertas, como decía Julio Cortázar, que los diccionarios son una especie de cementerio al que van a morir las palabras.

En las tardes calurosas de verano, un cura español con su sotana, daba clases a mi madre de éste extraño idioma, que un día llegaría a ser casi mío…   En la mesa del comedor de visitas, con los ojos bien atentos, yo acompañaba en silencio cada clase y escuchaba: “Platero es pequeño, peludo, \suave; tan blando por fuera, \que se diría todo de algodón, \que no lleva huesos. Sólo los \espejos de azabache de sus \ojos son duros cual dos \escarabajos de cristal negro (…)”. El nombre Juan Ramón Jiménez se quedó tatuado en mi remembranza y su voz (la voz del cura español), será la voz que querré escuchar, siempre que escuche a Platero. Eternamente… 

Lentamente, aprendí a identificar los ecos (etimológicos, simbólicos, metafóricos…), incluso los más sutiles, que encierran los distintos sentidos y posibilidades de las palabras que formaban versos y me esperaban en un libro cerrado.

Rápidamente los nombres se amontonaron porque “En medio del camino había una piedra\ había una piedra en medio del camino” era Carlos Drummond de Andrade llegando con un Ángel que le mandaba ser “gauche na vida”, mientras Olavo Bilac escuchaba a las estrellas y Manuel Bandera, enternecido, leía las cartas que su abuelo escribió a su abuela…

De los libros que mi madre poseía, salían palmeras y aves que solamente Gonçalves Dias supo describir en su colorido profundo, en una especie de premonición de que un día yo también, al igual que él, rogaría a Dios, por no morir sin volver a ver a mi patria amada.

Conocí nombres que sonaban extraños a mis oídos de niña, como: Lêdo Ivo, Amado Nervo, Federico García Lorca que llegaba “a las cinco de la tarde”.

Aprendí a caminar por la senda angosta de las palabras en un bosque encantado, lleno de vida y muerte, de los vocabularios…

En el camino encontré a João Cabral de Mello Neto y fue él quien me mostró que existía otro Brasil, dentro del Brasil que yo conocía… Entonces, supe que no todas las niñas tenían una muñeca que habla… Sus madres no tenían libros y sus padres no regresaban a casa, en su auto, después de trabajar. Ese poeta, no cuidó sus palabras, fue directo, honesto y verdadero como quien ya no tiene lágrimas… y me acribillo con la realidad: “Somos muitos Severinos \iguais em tudo na vida: \na mesma cabeça grande \que a custo é que se equilibra, \no mesmo ventre crescido \sobre as mesmas pernas finas, \e iguais também porque o sangue \que usamos tem pouca tinta”.

Pero Mario Quintana, me saludaba en la Rua dos Andradas, cuando cruzábamos la mirada en las tardes húmedas del invierno “gaúcho”. Porque él sabía que yo sabía quién era él, ya que mis ojos se iluminaban por ver pasar a un poeta. Los poetas no solían ser muchos a mis quinces años, tampoco, andaban sueltos… Entonces, en mi corazón se hacía una fiesta cuando Mario Quintana me saludaba: “-Buenas tardes…\-Buenas tardes! Y la dulce amiga \y yo, de nuevo, lado a lado vamos! \Pero hay un «no sé qué» que nos intriga: \Parece que uno al otro nos buscamos… \Y por piedad o gratitud, tratamos \de revivir aquella historia antigua. \Pero asalta una idea… ni sé cómo decirla… \Que fuimos otros los que nos encontramos! \No hay remedio. Debemos separarnos. \Nuestras manos amigas se entendieron: \-Hasta pronto! -Hasta pronto! Y, con espanto \quedamos pensando en esos otros dos \aquellos dos que hace tanto murieron… \Y que, en un tiempo, se quisieron tanto!”

Hasta que Vinicius de Moraes, robó mi corazón: “Quiero llorar porque te amé demasiado, \quiero morir porque me diste la vida, \ay, amor mío, ¿será que nunca he de tener paz? \Será que todo lo que hay en mí \sólo quiere decir saudade… \Y ya ni sé lo que va a ser de mí, \todo me dice que amar será mi fin… \Qué desespero trae el amor, \yo que no sabía lo que era el amor, \ahora lo sé porque no soy feliz”.

 …

Mucha agua pasó por debajo del puente, \los días luminosos se hicieron grises. \El anaquel de los recuerdos \se llenó de poemas tristes y felices.

Miré a la derecha, allí estaba con la mirada alucinada, entre muchos nombres, la ambivalente Alejandra Pizarnik, que logró trascender fronteras físicas y temporales al dejar sus palabras, talladas, a través de su poética caleidoscópica y aglutinadora, escribiendo poesía libre, transgresora y escueta. Portadora de una estética de cambio, incluso premonitoria; que, jugó un papel importante como promotora del arte de ruptura. Alejandra me acompañaba, con sus cuestionamientos existenciales: “(…) ¿Qué haré conmigo? (…)” y sus recomendaciones pertinentes: “(…) comida sana, vitaminizada, sobriedad, no alcohol, no excitantes, no gracias, no mescalina, no haschich, no ácido lisérgico (…)”.

El poeta se crea, se inventa otras veces, nace.