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Matar no es fácil

En mi niñez conocí a Romano, un italiano que no era de Roma sino napolitano. Contaba que él, jovencito, y sus amigos fueron obligados a alistarse para combatir en la Segunda Guerra Mundial. Debían obedecer a rudos mandos alemanes que les indicaban con gestos y gritos lo que tenían que hacer.

Romano y sus paisanos habían hecho un pacto previo. No dispararían contra ninguna persona, mucho menos un compatriota, una mujer, sus hijos. El oficial de la Wehrmacht los insultaba por inútiles, incapaces de dirigir la ametralladora. Después sospechó que era un ardid. Los amenazó con procesarlos; ejecutarlos por traidores.

En abril de 1945 (hace 81 años), las victorias de los partisanos y los avances de los aliados marcaron el final del gobierno fascista italiano aliado del nazismo. La huida de las tropas de Adolfo Hitler y el ahorcamiento de Benito Mussolini y Claretta abrieron otra etapa. Más libertad y autonomía, aunque la miseria duró años y por eso él migró al Caribe, donde nos compartió su historia.

“Me gritaron cobarde, me humillaron, me asustaron. Pero yo soy un hombre feliz. No maté a nadie. Mis disparos fueron al aire; vi morir, pero no tengo pesadillas”, repetía con frecuencia mientras disfrutaba su Cinzano Rosso para aliviar la canícula del mediodía.

Esa biografía humilde me alertó sobre cualquier convocatoria a la lucha armada, a la guerrilla, al terrorismo, a la muerte.

El pasado 27 de enero, Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto por la liberación del campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau (1945), la Cinemateca Boliviana presentó el documental “El comandante”. Auspiciaba la Embajada de Alemania en una repleta sala.

El filme sigue a los descendientes de Rudolf Höss, desde su alegre vida familiar al lado de las chimeneas del horror hasta su condena. El hijo, Hans Jürgen, tiene dificultades de reconstruir el pasado y de aceptar que su padre fue responsable de enviar a una muerte atroz a hombres, mujeres, niños, bebés. El nieto, Kai, la voz narrativa del guion, sabe que urge redimir la carga heredada para poder vivir.

Höss, cuyo jefe inmediato era Heinrich Himmler, obedecía las órdenes superiores sin cuestionarlas. Para él lo más importante era la eficiencia para deshacerse de judíos, aunque ninguno le había hecho daño. En la casa era un esposo y padre ejemplar (recuerda al militar argentino secuestrador de bebés en “Historia Oficial”).

La película reconstruye paralelamente la vida de una sobreviviente de Auschwitz y de su hija, Anita Lasker. La presencia constante, ineludible, persistente en todas sus relaciones es el recuerdo de las cámaras de gas y el exterminio.

Los productores lograron reunir a víctimas y victimarios, como también sucede en otro documental, entre los hijos de Luis Carlos Galán y Luis Lara Bonilla con el hijo de Pablo Escobar, el autor intelectual de sus asesinatos.

No es casualidad que sistemas de la psicología moderna para indagar culpas colectivas, como la Regresión o las Constelaciones Familiares, tengan su origen en Rusia y en Alemania, territorios de matanzas y violencias extremas que persiguen a los perpetuadores, personalmente o a sus hijos, nietos. También a los martirizados.

No guardamos silencio cómplice ante los miles de asesinatos cometidos por los descendientes de esos judíos centroeuropeos contra la población palestina, que no tuvo ninguna responsabilidad en los crímenes nazis. Cada bomba que mata a la población civil árabe o persa aumenta la popularidad de Benjamín Netanyahu.

En estas mismas fechas, a pesar de la censura, llegan las imágenes de padres en Gaza alzando a sus hijos amortajados. La Pietá con rostro de hombre, apretando la ensangrentada sábana. El personal de salud relata historias similares a los documentales sobre los crímenes de guerra nazis.

El 15 de marzo, los dos hijos de 9 y 12 años sobrevivientes del asesinato de sus padres y de sus hermanitos en Cisjordania, contaron a la prensa cómo los soldados israelitas les dispararon y luego los insultaron, los amenazaron, cuando se dieron cuenta que habían sobrevivido: “Hemos matado a perros”. (El relato de Mustafá puede seguirse, si soporta el vientre, en La Vanguardia, France 24 y otros medios masivos.)

Para esas tropas, esos servicios de inteligencia, esos dirigentes políticos, el poeta Luis Rogelio Nogueras escribió hace medio siglo: “¿Cómo olvidaron tan pronto? Recorro el camino que recorrieron cuatro millones de espectros. Es Auschwitz, la fábrica del horror (…). Pienso en ustedes y no acierto a comprender cómo olvidaron tan pronto el vaho del infierno”.

Esta semana, el Comisionado General de la UNRWA, Philippe Lazzarini, denunció que militares israelíes asesinaron sin causa alguna a más de 400 trabajadores de la oficina, además de destruirla con saña. Nunca vio algo igual en tantos años de trabajo humanitario.

¿Cómo evitar que las familias de esos soldados asesinos no queden maldecidas por sus crímenes? Generación tras generación llevarán esa carga, como muestra el filme con la estirpe de Höss. Ninguna terapia holística los sanará. Por lo pronto que no vengan a Bolivia, como ahora llegan a la Patagonia.

Agatha Christie también lo demuestra no sólo con su título “Matar es fácil”, sino con cada uno de los argumentos de los criminales.

La autora es periodista

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