De: Gonzalo Llanos / Inmediaciones

“Por cuerpo entiendo todo aquello que puede llenar un espacio, de tal manera que cualquier otro cuerpo quede excluido de él.”

Descartes

Cuando anochece y la luna sale de mirona, cuando  la gente  vuelve a su casa y las luces de la ciudad de a poco se apagan,  unas ancianas se reúnen en la avenida, es la cita de cada noche, de siempre, de lejos parecen un club de ancianas trastornadas o un conclave de abuelas. Una apareció por el callejón, otra de la calle que bajaba, otra de la avenida y  dos más de las gradas que subían desde la oscuridad. En aquel sitio los del barrio acumulaban la basura del día, la gente odiaba el paso del carro basurero, su campana enfermaba de los nervios a muchos, por eso preferían dejarlo en ese lugar, basura a cielo abierto. Las ancianas trabajaban en los desechos todas las noches del año,  escogían objetos que estuvieran a medio uso, sea para reparar o reciclar y luego venderlo. Vivían de ese trabajo.

Etelvina era diminuta y su cara con fuertes arrugas, su boca llena de coca y siempre sonriendo, su mandil tenía un sinfín de costuras y ningún bolsillo “Para qué —decía—, no tengo nada que guardar”.  Juana tenía el cuerpo encorvado, semejante a un arco móvil, y nunca olvidaba su botella de alcohol, desde que llegaba lo desparramaba al aire con inexplicables palabras  para luego compartirlo con sus compañeras. La tercera de las viejas se llamaba Filomena, se la distinguía desde lejos por gorda y su pierna coja, al caminar se balanceaba  en ritmo perfecto, sus compañeras decían que se soñaban con ella y que les daba miedo. Luego estaba Emiliana,  la viejita siempre llegaba al último, con el crucifijo en el cuello rezaba en todo momento, decían que lo hacía para traer buena suerte al trabajo, y así era, la basura valiosa dependía de que fuera domingo o que Emiliana hubiera rezado ese día; sufrían, cuando a veces, quién sabe por qué, ella no llegaba.

Empezaban su oficio sentadas en círculo, cuando la oscuridad llegaba plenamente y la gente ya no atendía sus desechos. No dejaban de hablar. Esperaban que la basura, como decían, “madurara” y después empezaban la faena. Fumaban sus cigarros hasta que estén diminutos y cada una compartía las historias y las penas que podía recordar, historias lejanas o cercanas, todo valía.  No se tomaban en cuenta las horas, salvo en la madrugada. Así, entre fumadas y sorbos de alcohol olvidaban el frio, los olores y la noche.

Cuando cesaban de hablar les tocaba escoger  en la basura.  Buscar con paciencia y mirar con atención para hacer un buen trabajo. Una a una se levantaban las abuelas con los ojos brillando, moviendo los brazos para adentrarse escudriñando y encontrar los objetos útiles para ellas, unas usaban de herramienta sus manos y otras un palito, encontrar algo para retirarse pronto, luego se encargarían de la curación de los objetos: a veces cocido, a veces colado, y en ocasiones sólo un lavado.

Decían que Juana tenía el trabajo más fácil, recolectaba objetos definidos: papel, botellas pet, celulares y algún CPU desechado. Los almacenes de acopio ya la conocían, tales objetos eran su especialidad. Por eso dejaban que ella fuera la primera en escoger la basura.

Emiliana acomodó la coca en su boca y tomó su alcohol. La miraron en silencio, le tocaba hablar. Con un suspiro salpicó pedazos de coca y saliva al fuego.

—Sufrí, es difícil de contar, me dirán mentirosa, pero no, no soy mentirosa —besó su crucifijo—. Mi sobrino Antonio me engañó. Hemos guardado la plata para cambiarnos de cuarto, pero, el pillo me ha robado todo —sus ojos brillaron, y lloró.

—¿Y cómo sabes que fue él? —le dijo Filomena.

—Es que salió igual a su padre y a su madre, ellos les robaron a todos, todos se quejaban, y ahora, a mí también me robó. Ladrones siempre fueron, hoy mismo, sus almas deben seguir robando en el cielo o donde estén, no se cansan…

            Filomena, la abuela coja, con jadeos se levantó al trabajo, estaba años en aquel lugar, el segundo que tuvo en sus 89 años, primero fue costurera, quedó viuda y con sus hijos desaparecidos. Le recomendaron el asilo, estuvo un mes y se aburrió, escapó, era mejor este trabajo.

A veces con suerte, se encontraba algo que no necesitaba arreglo, entonces se lo podía sin mucho afán vender en la feria: “Tus manos deben saber lo que puedes salvar, lo que puedes vender y lo que puedes usar” decía Filomena. Cuando alguna novata le preguntaba cómo era que encontraba cosas buenas, “yo sólo encuentro caca y porquerías”; ella les respondía: “debes estar más tiempo y sabrás”.

—Mi pena ya no es el dinero —dijo Emiliana.

—¿Lo recuperaste? —le preguntó su vecina.

—No, encontré a mi Antonio en la madrugada, al irme del trabajo. Estaba  acuchillado,  el frio le secó la sangre. Cuando pregunté a sus amigos me dijeron que fue al salir de ese lugar: “La nave”; otro me dijo que era por culpa de una mujer, con ella, hartos hombres han muerto, y el Antonio la perseguía. El dueño me contó que se alabó de que pagaba el trago de todos sus amigos y de celos “El Chuqui” se enojó;  entonces el Antonio y “El Chuqui” sacaron sus cuchillos, y ya está, sucedió la desgracia. Son malos.

Se escuchó gemidos, lloraba debajo su sombrero. La cara de la abuela era una sombra.

—Filomena, te doy mi lugar esta noche, la pena no me deja hacer nada. Mañana rescataré lo mío.

—No digas eso, Emiliana…

—Sólo pido que me ayuden con la bolsa cuando ellos lleguen —mientras decía esto, le pasaron un cigarrillo que se terminaba, quemó sus dedos con la ceniza.

Las chispas de la fogata se levantaban,  escucharon llegar raudo un camión gigante de muchas luces y gases. Las abuelas se movieron nerviosas.

Dos hombres de pasamontañas y overol rojo saltaron del camión gritando:

—¡Ya viejas! ¡Apuren, no en vano les dejamos escoger!

—¡Sí, estas viejas son conchudas, dicen que son millonarias! —dijo el otro. Los hombres cargaron con palas los desechos, el lugar quedó vacío, salvo un bolso grande que era de Emiliana.

Las mujeres pusieron sus manos como garras sobre el bolso grande y torcido; lo levantaron y lo acercaron al camión y, con un —¡Yá!— botaron el bulto al cajón metálico del camión. Silbando  la maquina, empezó a tragar el bolso y la basura. Emiliana no quiso mirar, se dio la vuelta y buscó el cielo, encontró alguna  estrella que las nubes no habían cubierto.

El camión se alejó rápido y bullicioso como llegó. Emiliana con lágrimas secas por el frío, echando alcohol a los aires besó su crucifijo y levantó su mano despidiendo al camión.

 Juana, María y Filomena ordenaron sus cosas y lo que habían escogido aquella noche. El trabajo estaba hecho. Había que irse hasta la próxima noche. La abuela Emiliana empezó a cantar, no sabían si estaba borracha o qué le pasaba.

—Emiliana —le dijo Filomena—, no estarás sola, vivirás con nosotras. Tu última pena ya se ha ido.