Los medios de comunicación como fuente de ingobernabilidad

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No todos los conflictos de gobernabilidad tienen explicación en la dinámica interior de nuestra cultura democrática, pues actualmente la profunda influencia de los medios masivos de comunicación en la vida cotidiana disemina una ideología que expresa cierta ambigüedad entre radicalismo e imposición autoritaria de las propuestas más absurdas para salir de la crisis. Los medios de comunicación han estado acostumbrados a transmitir un conjunto de concepciones donde una expertocracia ligada a los dueños de periódicos y canales televisivos, concentró cada vez más las decisiones en las manos de ciertas élites tendiendo a no democratizar las estrategias de desarrollo y modernización. Al interior de los medios de comunicación se puede encontrar más confusión que horizontes ideológicos claros dignos de imitar.

Evaluando profundamente la actuación de los medios de comunicación en el caso del escándalo de Gabriela Zapata, la muerte de la periodista Hanalí Huaycho, los entretelones de los desfalcos en el Fondo Indígena y el Banco Unión, así como la reciente red de turbiedades en el asesinato del universitario Jonathan Quispe, se observa claramente que los medios de comunicación ocultan la verdad, la distorsionan, se supeditan a rumores y carecen de una ética profesional para ofrecer noticias de calidad, solamente por un cálculo unilateral o por simple autocensura.

En Bolivia los medios de comunicación pesan demasiado en la mentalidad de la mayoría y su influencia es ambivalente y dificultosa. Por un lado, los medios hacen ver un mundo democrático y relativamente igualitario donde muchos tienen oportunidades de ascenso social; por otro lado, las imágenes de violencia familiar, étnica y social son expresadas en forma intensiva y sofisticada desde el punto de vista visual.

El perfil negativo de los medios de comunicación hace que los ciudadanos se encuentren frente a un mundo donde no saben cómo orientarse claramente, lo cual da lugar a la anomia colectiva, especialmente en situaciones turbulentas como los saqueos del 12 y 13 de febrero de 2003, los enfrentamientos con los campesinos cocaleros en septiembre de 2000 y los impactos inmensos que tuvieron las declaraciones del ex embajador estadounidense Manuel Rocha cuando cuestionó la candidatura presidencial de Evo Morales en el periodo electoral del año 2002.

En teoría, la anomia produce frustración y ésta conduce a la violencia. Frente a la frustración irrumpe la agresión. El desorden estimulado por los medios de comunicación liquida la gobernabilidad, exagera los costos de cualquier crisis y, en consecuencia, la vida cotidiana se atasca en medio de una cadena amenazadora que cabalga entre la anomia, confusión, frustración y agresión. El sistema democrático debe encarar las políticas de comunicación e información no desde un ministerio creado para tal propósito, sino estimulando en los movimientos sociales y algunas organizaciones de la sociedad civil, la necesidad de regular a todos los medios de comunicación.

La población pobre, al conocer un nivel de vida más alto en los principales centros urbanos por intermedio de los medios de comunicación masiva, asume dicha influencia como si fuese una posibilidad inmediata de obtener modernización, y al no poder conquistar el ideal deseado, mucha gente elabora una serie de resentimientos junto con actitudes antidemocráticas porque cree que al poner en primera línea los beneficios materiales, todo está al alcance de la mano y todo es posible sin límite alguno. Así se tienen dos tipos de actitudes: o uno se aferra irracionalmente a las tradiciones más retrógradas, como es el caso del fundamentalismo étnico, o uno trata de alcanzar ese mundo de satisfacciones modernas por el atajo más rápido posible, tomando el fusil en la mano como los movimientos sociales violentos que ponen en vilo la gobernabilidad de cualquier régimen. Desde cierto punto de vista, son los medios de comunicación quienes estimulan el enriquecimiento ilícito.

Las metas de los movimientos sociales radicales son extremadamente modestas: agua, luz, teléfono, conexión de gas, viviendas baratas, ingreso a la escuela. Aunque sean movimientos autoidentificados como izquierdistas o indígenas originarios, sus consecuciones pueden enmarcarse dentro de las metas capitalistas y beneficios de mercado. Para citar otro ejemplo cercano, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) expresan una profunda discrepancia entre la radicalidad de los medios: violencia, secuestro, una gigantesca logística con estrategias militares y la modestia de sus fines que se congelan en metas de poca estatura: mejor nivel de vida, salud para todos, reivindicaciones que cualquier reformista puede también lograr sin tanta violencia y altos costos humanos.

La gobernabilidad está tensionada en la cotidianidad porque vivimos en una sociedad donde la modernidad, el progreso tecnológico y la implantación de sofisticados medios de comunicación produjeron un estado de desconcierto total, en el cual parece que cada uno tiene que abrirse paso en la vida a codazos, incubando peligrosamente diferentes comportamientos antidemocráticos.

Los medios han instaurado una especie de sociedad de la información donde cualquier persona accede a un mar infinito de información vía Internet, televisión por cable, redes globales de datos, o programas de computadoras. Esto significa que el común denominador de las personas ya no requiere de una autoridad que defina pautas de conducta o explique el mundo. Para los medios de comunicación masiva, la vida cotidiana ya no necesita de intelectuales o patrones políticos de democracia, sino solamente de información.

Si bien es fundamental la información y análisis, los medios de comunicación tranquilamente pueden controlar y articular la información para reinterpretarla, orientando a la sociedad mediante diversas explicaciones. Esta acción destruye cada día el rol de los intelectuales y las instituciones democráticas porque la gobernabilidad está condicionada en gran medida por lo que muestran o no muestran, por lo que declaran o no declaran los medios masivos. La gobernabilidad tiende a destruirse en la era de la información, donde cada individuo se enriquece a sí mismo y trata de encontrar su lugar en el mundo, sin necesariamente preguntarse por el destino democrático de la colectividad en su conjunto.

Los medios de comunicación estimulan una ruptura entre la economía internacionalizada y los actores sociales fragmentados y orientados hacia sí mismos, más que hacia la vida pública. Cuando hay esta separación entre la economía, la cultura, el mundo social y político, la capacidad de integración y politización desaparece desatando una crisis de gobernabilidad. Por lo tanto, este espacio vacío queda ocupado por los medios de comunicación cuya función no es negativa en sí, ya que pueden contribuir a la formación de una opinión pública favorable a la democracia. Sin embargo, los medios de comunicación forman una especie de neblina en la vida política que no puede transformarse en lluvia; es decir, no puede convertirse en una gobernabilidad clara con estrategias políticas de integración y visión de futuro.