Tasi bɛ yɛlɛ kuntan janya
(La reflexión prolonga la risa)
Proverbio Bambara, Mali.
Ismaël Diadié Haïdara
Partir de datos empíricos y científicos para construir, por inferencia, una tesis general sobre el mundo conduce frecuentemente a una generalización abusiva. El problema no reside en la inferencia misma —sin la cual ninguna ciencia sería posible—, sino en la transformación de hipótesis parciales y revisables en sistemas cerrados que pretenden explicar la totalidad de lo real. Allí donde la ciencia trabaja sobre fragmentos verificables de experiencia, ciertas ideologías extraen de esos fragmentos una metafísica global y definitiva.
La modernidad intelectual ha producido numerosas tentaciones de este tipo. A partir de observaciones históricas limitadas, se construyen teorías universales sobre las razas, las civilizaciones, las culturas o el destino de la humanidad. El riesgo aparece cuando una interpretación provisional se convierte en dogma. La inferencia deja entonces de ser instrumento crítico para transformarse en principio de clausura.
Karl Popper (1902–1994) fue particularmente claro sobre esta cuestión. Para Popper (1934), ninguna teoría científica puede ser considerada definitivamente verdadera. Toda teoría permanece abierta a la refutación por nuevos hechos o nuevas observaciones. Lo que caracteriza a la ciencia no es la posesión de verdades absolutas, sino precisamente su vulnerabilidad crítica. Una teoría científica vale mientras resiste la prueba de la falsificación; jamás porque alcance una certeza final.
En este sentido, Popper (1945) critica las doctrinas historicistas y totalizantes que pretenden descubrir leyes inevitables de la historia o de las sociedades humanas. El marxismo dogmático, ciertos nacionalismos raciales o determinadas formas de esencialismo cultural comparten, según él, una misma estructura epistemológica: construyen sistemas inmunizados contra la refutación. Todo hecho contradictorio es reinterpretado para preservar intacta la teoría. Se entra así en el universo de las creencias cerradas.
La paradoja es que muchos discursos ideológicos nacen inicialmente de observaciones legítimas. El colonialismo existió; el racismo existió; la dominación cultural existió. Pero reconocer hechos históricos verificables no autoriza automáticamente a construir una ontología total del mundo. A partir de una verdad parcial puede edificarse una ficción absoluta. Allí comienza el peligro de la generalización.
Toda generalización extrema tiende a simplificar la complejidad irreductible de lo humano. Las culturas, las civilizaciones y las identidades dejan entonces de ser realidades móviles, contradictorias y múltiples para convertirse en categorías rígidas. El pensamiento se desplaza desde la investigación hacia la certidumbre. Y cuando una teoría deja de aceptar la posibilidad de ser corregida, abandona el terreno científico para entrar en el dominio de la metafísica ideológica.
La fuerza de la ciencia reside precisamente en su incompletud como lo mostró Kurt Gödel (1906–1978) también. La verdad científica no es un monumento inmóvil, sino un horizonte móvil sometido permanentemente a revisión. Allí donde aparece una pretensión de explicación total del mundo, emerge el riesgo del dogmatismo.
Por ello, la lección epistemológica de Popper enseña que el conocimiento humano progresa menos por la acumulación de certezas que por la corrección continua de sus errores. Una civilización abierta no es aquella que posee una verdad definitiva sobre el hombre, sino aquella que acepta que ninguna interpretación del mundo puede clausurar definitivamente el debate humano.
El Afrocentrismo se ha transformado en dogma cuya consecuancia inmediata es de aislar los pueblos llamados negro en un ghetto epistemológico. Contra ese dogma se levantarón voces como las de Edouard Glissant,