“La línea que separa lo mitológico de lo religioso es difícil de encontrar.”
Juan Francisco Maura

Márcia Batista Ramos

Tal vez, cuando Cristóbal Colón zarpó hacia tierras ignotas, sus impulsos no eran solamente comerciales, posiblemente estaba impulsado por la aventura, ya que desde niño escuchó historias de sirenas, unicornios, basiliscos y grifos. No solo él, pero gran parte de los europeos de su época, tenían la imaginación poblada por reinos fantásticos, sede del paraíso terrestre, habitantes monstruosos y otras cosas del género.

En aquél entonces, el planeta no estaba fotografiado por satélites y no existían los paquetes turísticos para conocer aquello que más llamaba la atención. Entonces, el viaje representaba la posibilidad de conocimiento, aventura y de grandes encuentros con hombres de un solo ojo o con hocico de perro.

En la Europa medieval, la existencia de seres sobrenaturales era algo perfectamente aceptado. Algunos eran una herencia del mundo grecorromano, mientras que otros provenían de los pueblos que de a poco fueron introducidos en el mundo cristiano. El resultado fue la compilación de leyendas y de bestiarios especializados que describían estas criaturas, como si de verdaderas enciclopedias se tratase. Eran compilaciones pseudocientíficas que se basaban en leyendas populares, fuentes clásicas y escritos patrísticos para crear descripciones de animales que además incorporaban la alegoría y la moralización cristianas.

El Bestiario de Aberdeen, que apareció a partir del siglo XII, era una especie de enciclopedia natural que recopilaba tanto seres reales como fantásticos. Tenía en sus páginas a criaturas como los dragones y unicornios en el mismo plano que los venados, las moscas o los conejos; este libro sirvió para reforzar en el imaginario colectivo la creencia en monstruos y seres afines.

En la Europa de la Edad Media, el imaginario cristiano convivía sin problemas con creencias heredadas del paganismo. Muchos creían que, en paralelo a la realidad que podían ver y tocar, existía un mundo poblado por criaturas mágicas y en ocasiones terroríficas. Asimismo, creían que no todas las criaturas mágicas o terroríficas pertenecían al mundo invisible: se creía que algunas podían ser vistas, como el unicornio, representado como un caballo con un cuerno en la frente al que se atribuían poderes curativos. Tanto era así que, que algunos escritores cuentan que los supuestos cuernos de unicornio eran vendidos como producto de lujo por su rareza, los hacían machacar y los mezclaban en su bebida como un supuesto elixir de longevidad o antídoto contra veneno. También existen registros, de que algunos de estos supuestos cuernos, se conservan en colecciones de la realeza de la época y hoy se sabe que, se trata de colmillos de morsa y de narval, animales poco conocidos en Europa por aquel entonces y que eran vendidos por los pueblos escandinavos como siendo cuernos de unicornios, ya que los timadores existen desde los primordios de la humanidad.

Cabe notar que, el imaginario colectivo medieval, era alimentado por relatos orales que más tarde quedaron reflejados en diversos escritos. En los relatos aparecían monstruos inauditos y singulares, bestias capaces de hacer atrocidades. Tal es el caso de Juan de Mandeville, el personaje ficticio de la obra Viajes de Juan de Mandeville, publicada en el siglo XIV, que registró en sus páginas muchas de esas criaturas.

Alixe Bovey explica en su libro “Monsters And Grotesques in Medieval Manuscripts”, que los monstruos que aparecían en la Biblia era pocos, pero muy significativos: El primero es la serpiente que tentó a Adán y a Eva a comer la manzana prohibida por el Creador. Siendo la serpiente el arquetipo de los monstruos medievales. El dragón es una trasposición de esa serpiente, un monstruo que aparece en muchos cuentos medievales. Sobre el dragón medieval, se creía que era el animal más grande de la Tierra, que era parecido a una serpiente, que tenía cresta, una boca pequeña y tubos angostos a través de los cuales aspiraban y sacaban la lengua, el poder del dragón no estaba en sus dientes sino en su cola. No era venenoso, sino que lo mataba por estrangulamiento o por el azote de su fuerte cola.

Por todo ello, seguramente, cuando Cristóbal Colón decidió “encontrar” tierras poco conocidas, cruzando océanos que aún no habían sido atravesados, esperaba encontrarse por lo menos, con un par de la temible mantícora, algunos cinocéfalos o los astoni.

A falta de encuentros con cíclopes, blemios y esciápodos, Colón se refirió en su informe oficial que había «hallado muchas islas pobladas por un sinnúmero de personas»; «y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vide edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras…»(Colón p.30). «Entendió también que lejos de ahí había hombres de un ojo y otros con hocicos de perros que comían los hombres y que en tomando uno lo degollaban y le bebían su sangre y le cortaban su natura». (Colón. P.54).

En los delirios por riquezas y grandezas, Colón se olvidó que los monstruos venían en los barcos y llegaban a las américas con armas de fuego, sífilis y maldad a cuestas, destruyendo los pobladores, la cultura y todo que habitaba el nuevo continente.