Lo que debería preocuparnos de García Meza

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La muerte de un expresidente es un hecho importante acá y en cualquier lado, independientemente del tamaño y de la trascendencia del difunto. La presidencia es un lugar sagrado sobre todo en países como el nuestro y su ejercicio marca a las personas de por vida y, por supuesto, después de la vida también.

La muerte de García Meza fue noticia, y de esas que nos perturban; tanto así que hasta en la forma de referirse al personaje, hay conflicto. Eso de llamarlo general no va, porque teóricamente fue degradado y dado de baja por las Fuerzas Armadas cuando fue condenado. Digo teóricamente porque parece que eso nunca ocurrió y es otra de las cosas que nos estamos enterando recién ahorita. Todo indica que murió siendo general en retiro, con todos los beneficios y protecciones de las Fuerzas Armadas y con la complicidad política de este gobierno.

Confieso que hasta llamarlo expresidente me da cosa, justamente por eso de la majestad y la grandeza del cargo, pero ni modo, el hombre ocupó la presidencia y eso lo convierte en expresidente.

Es siempre difícil referirse a los recién muertos y lamento si esto le perece irrespetuoso a sus familiares, pero hay cosas que no se puede dejar de decir: Hay mejores maneras de morirse, sobre todo cuando ya se sabe que la Parca está rondando cerca, y cuando se tienen cosas pendientes con tanta gente.

Morirse rehuyendo responsabilidades y achacándoselas a otros, haciéndose el desentendido, la verdad me parece patético, aún más cuando la justicia, la opinión pública y la historia ya te han juzgado de manera contundente.

Quien sabe un acto de conmiseración, respeto y valor civil en sus horas finales, hubieran servido de consuelo para muchas de sus víctimas y nos hubieran ayudado a todos a dar vuelta esa horrenda página con menos rigor; pero no fue así.

Por el contrario, los destemplados alegatos póstumos ventilados por el despreciable abogado del dictador (que se ha mandado una cojudeces más gruesas que las de su propio cliente) no han hecho otra cosa que reavivarnos el espanto y la indignación que nos causó uno de los gobiernos más nefastos de nuestra historia. Pero bueno, a diferencia de lo que ocurrió con muchas personas asesinadas bajo su régimen, reconozcámosle a él, el derecho de morirse como quiera.

Dicho esto, lo que realmente debería importarnos, es reflexionar colectivamente a partir del recuerdo de esa dictadura, acerca de la salud actual de nuestra democracia, y de lo mucho o poco que estamos dispuestos a hacer para no perderla definitivamente otra vez.

Los tanques, las ambulancias y los paramilitares ya no estarán allí, pero la mentalidad autoritaria y la manera de ver la política y la vida, siguen igualitas en el gobierno del MAS.

Los presos políticos y los exiliados siguen cayendo, solo que esta vez ya no acusados de subversivos, sino acorralados por causas penales digitadas y utilizadas desde el gobierno.

El allanamiento de las salas de prensa ha sido reemplazado por la asfixia comercial y la persecución administrativa a los medios independientes, en la misma lógica de la dictadura.

¿La independencia de poderes? Qué será eso, ¿no?

La corrupción campea con el mismo desenfreno pero con varios ceros más, y la coca y el narcotráfico son otra vez invitados de honor en la realidad económica del país.

Las formas podrán haber cambiado, pero  los rasgos esenciales de violencia política, de irrespeto a la ley y a la norma, de intolerancia a la diferencia, de atrevida soberbia y de atropello a los derechos ciudadanos, siguen siendo la característica de este gobierno.

Eso es lo que debería preocuparnos y ocuparnos.