Lectores en serie

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Dicen que las series de televisión -las de ahora- son los libros de la gente que no lee. Tengo pruebas fehacientes de que no es así (o no siempre). He atestiguado intercambios entre amigos, con docenas de libros en sus espaldas, de DVD con  temporadas completas de The Wire o de Mad Men. Y las sugerencias más acertadas de esta nueva herramienta narrativa provienen de políticos o escritores, que parecen nutrirse de ellas, en tanto referencias culturales que normalmente esconden una ideología.

Y es que los guiones literarios de algunas series merecerían -por lo menos- una “mención” Nobel. Acelerados y agudos, los diálogos parecen creados confiando en la inteligencia del público. Una inteligencia que a veces no nos alcanza. Por lo general el guion arrastra un relato subliminal con contenido político o sociológico que hay que atender para no condicionar nuestra conducta futura.

Los lectores ortodoxos tienen un argumento a su favor: lo audiovisual podría bloquear la parte del cerebro que impulsa la imaginación. La entrega gratuita de imágenes y sonidos abonaría –pensarán- un grado de pereza adicional a nuestra ya floja cabeza.

Pero lo cierto es que las series producen otro tipo de estímulos que también causan adicción. Una blanda sí, que por lo general no pasa de un buen desvelo; conversaciones monotemáticas en torno al último capítulo visto; o la retención mental, por varias horas, de la escena más perturbadora.

Igual que con los libros, me atraen distintos géneros, mejor si ficcionales, pero no solo. Espero impredecibilidad con dosis altas de verosimilitud (que no realidad). Como las que logran magistralmente Breaking Bad o La casa de papel.La intriga, de esa que recorre el drama político House of Cards (antes de que el voraz “Me Too” engullera a Kevin Spacey), es otro ingrediente que pese a su poder neurotizante, persigo.

Disfruto la alteración de la cronología. Los saltos intempestivos de épocas, que lo jalan a uno bruscamente de una década a otra y lo mantienen comprometido a no despegar la vista de la pantalla. Sin importar si se escucha algún grifo chorreando, se percibe olor a gas, o se abre sospechosamente la puerta de calle. Eso puede esperar.

No soy de expresiones violentas, pero repetí el capítulo “La boda roja”, en la que el director de Game Of Thrones -de profesión carnicero- resolvió echarse a la mitad del elenco mientras los espectadores secábamos la sangre que nos salpicaba. Y me acabo de deleitar con la truculenta escena de un real Dahmer (el “Caníbal de Milwaukee”) condimentando el corazón de uno de sus amantes para comérselo en delicados bocados. Todo bajo una iluminación que intentaba decirnos que ese corazón era vida, luz. Un hecho repugnante convertido en pieza de arte. Magia cinematográfica le llamarían.

Aunque desengaños sobran. Me instalé a ver la española Intimidad. Ahí encontré todo lo que me molesta de una producción. Es predecible y repleta de moralejas. Sobre una candidata a alcaldesa a la que filtran un video sexual que pone en riesgo su carrera política, la serie está colmada de diálogos elaborados pa-ra-que-le-que-de-cla-ro-el-men-sa-je-al-es-pec-ta-dor-i-dio-ta. La sobreactuación de los extras condenando con la mirada y cuchicheos a la protagonista de la historia paralela (por otro video sexual) la asemejan a una comedia italiana (antes  llamada “farsa”). Si se le suman los errores de producción, que se habrían superado con un continuista recién egresado, pues a la serie le queda poco: la casa vacacional de playa con plantas frescas que solo sería posible mantener con un sistema de riego ultrainteligente; una mesa de reuniones con jugo de naranja y una cafetera humeante, pero ningún vaso ni tazas… Por último, un final inverosímil que pone todo en su lugar y deja a los personajes felices. Un final que forma parte del guion escrito por mujeres (cuyo género ha sido explotado como propaganda), que viene a confirmar que nosotras también podemos carecer de talentos.

Debo parar aquí para seguir viendo Lakers: Tiempo de ganar. Maximalista; con gran reparto; una animación experimental que no se queda quieta; la edición que no es lineal; fragmentos en formato de documental; y apariciones ocasionales de textos breves en la pantalla; la serie es  fenomenal. Jeff Pearlman escribió el libro que le dio origen. ¿Lo leeré? No creo.