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La soledad de Bolivia (o la esquizofrenia colectiva)

Poco ha cambiado en casi dos siglos de vida independiente: Bolivia sigue viviendo física y espiritualmente aislada. Del Pacífico, por los muros de piedra de la cordillera. Del Atlántico, por las selvas del Amazonas brasileño. Pero lo peor de todo es que está aislada —¡y por propia voluntad!— de las corrientes culturales, científicas y educativas que nacen y se desarrollan afuera. Así, cabe preguntarse: Aunque mañana suban gobernantes menos irresponsables, ¿qué días pueden esperar a este país?

Al recibir el Nobel, García Márquez habló romántica y sentimentalmente de la soledad de América Latina. De sus infortunios y posibilidades de redención futura. Pero lo cierto es que dentro de esa soledad que, al menos según García Márquez, le deparó el destino a nuestro continente, la más terrible y grave de las soledades es la de Bolivia. Probablemente ningún otro país viva tan exilado de lo que ocurre en el resto de las naciones y, al mismo tiempo, tan obstinado por mantenerse en pie y, podría decirse, dinámico.

El poder económico y político se fue desplazando con el tiempo: de Sucre a La Paz, de La Paz a Santa Cruz. Pero ello no ayudó en nada a que Bolivia tomara contacto con los influjos, las dinámicas y el movimiento exteriores ni a que se diera cuenta de que los necesitaba si quería desarrollarse. Siempre enfocada en sus problemas internos, separados físicamente sus centros económicos y políticos de los demás países y continentes y con gobernantes tradicionalmente cortos de vista (con honrosas excepciones que fueron ejemplos de visión, pero que poco pudieron realizar en el poder), continúa viéndose a sí misma como si fuera lo más sagrado y valioso del mundo: como un paisaje virgen cuyas riquezas hay que defender de las garras del extranjero porque son el sostén de sus nobles moradores.

Para mejorar un poco, habría que poner en tela de juicio (sobre todo en las escuelas, que son centros de mal-formación en materias de historia, geografía y civismo nacionales) eso de que Bolivia nació tan favorecida por las dádivas de la naturaleza. Cuestionar aquellas verdades presupuestas que Francovich puso valientemente en tela de juicio. Y también, aunque duela, interpelar incisivamente lo más sensible de la bolivianidad, aquellas afirmaciones nacionalistas que tan bien echaron raíces en la psicología colectiva de los bolivianos. Por ejemplo: ¿Será cierto que el boliviano es luchador, abnegado, hospitalario, entregado a las buenas costumbres y amante de la naturaleza? ¿No será más bien un perezoso, un egoísta, un xenófobo, un viciado por malas prácticas y un depredador de bosques?

El boliviano cree un sinfín de realidades presupuestas que en verdad son —por lo menos la mayoría de ellas— un deseo y no una realidad real. Y no solo vive creyendo cosas de sí mismo que no son. Al mismo tiempo vive prejuicioso respecto a otros países y otras sociedades. Por ejemplo, cree ciegamente en la malicia de los Estados Unidos y España, imperialismos de los que siempre hay que huir y hablar mal. O en que el argentino es un arrogante. Por lo que conozco de otras partes, algunas sociedades del norte de África (como la marroquí y la egipcia) y otras tantas de Sudamérica (como la brasileña, la paraguaya y la argentina) son más afables, hospitalarias e incluso cariñosas con el extranjero y —para hablar con ese término que hoy está tan de moda— con el “otro” que la sociedad boliviana. Aquellos viajes de juventud me abrieron los ojos e hicieron que me cuestionara —con no poca vergüenza— la sagrada cualidad del gentilicio boliviano que me habían enseñado en las aulas de la escuela.

Ésa, la de creerse la mejor, la de creer en un idealismo ficticio, es la peor soledad en la que puede vivir una sociedad. (O la peor enfermedad que puede padecer, como una esquizofrenia colectiva). Peor que la de vivir lejos del mar, amurallada por montañas y separada por selvas, porque de este tipo de soledad física se puede salir con carreteras. Pero una sociedad poco propensa a la autocrítica está destinada a ver su historia de manera romántica e historicista. Explica Popper en La sociedad abierta y sus enemigos que este tipo de sociedades (tribales, además) son proclives a creer, como creyeron los hebreos del Antiguo Testamento, en la inminente dicha al final de los siglos, en la ventura fatal al término del camino, en el favor de los dioses del hado al cabo del tiempo. Como cuando los mismos hebreos recibieron el maná del cielo sin que tuvieran que hacer nada, el boliviano piensa que algún día la historia lo absolverá y recibirá los favores que (no) merece.

Ignacio Vera de Rada es profesor universitario

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