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La fila como destino

Bolivia ha vuelto a ese viejo ritual de la resignación: hacer fila. Fila para cargar gasolina. Fila para conseguir diésel. Fila para intentar trabajar. Fila para seguir viviendo. En un país que alguna vez prometió abundancia, hoy la espera se ha convertido en sistema y la paciencia en la única política pública verdaderamente eficiente.

No hay imagen más brutal de una nación que la de sus ciudadanos esperando. Esperando combustible. Esperando respuestas. Esperando que algo cambie. El problema ya no es solo la escasez. El problema es la costumbre. Bolivia se está acostumbrando a vivir mal. Y eso, quizá, sea lo más peligroso de todo.

Las filas han vuelto, pero en realidad nunca se fueron. Cambiaron de forma. A veces fueron filas por dólares. Otras por aceite, por arroz, por trabajo, por salud, por justicia. Hoy son filas por combustible. Mañana será por algo más. Esa es la tragedia de los países que dejan de planificar y empiezan simplemente a resistir.

Se nos dijo que venía un nuevo tiempo. Que el país iba a corregir el rumbo. Que se acabaría la improvisación, que volvería la certidumbre, que la administración del Estado dejaría de ser un ejercicio de reacción y se convertiría en un acto de conducción. Pero la calle, esa vieja fiscal de la política, dice otra cosa. La calle no escucha discursos: cuenta horas. Y las horas que hoy cuentan los bolivianos siguen detenidas en una estación de servicio.

Según reportes recientes, la escasez de diésel ha vuelto a provocar largas filas en distintos puntos del país, mientras el Gobierno insiste en que la distribución se normalizará de manera gradual. Sin embargo, para el ciudadano común, la crisis no se mide en informes técnicos, sino en el tiempo perdido, en el trabajo que no se hizo y en el dinero que no entró.

El drama de la gasolina no está en el tanque vacío, sino en lo que ese vacío representa. Un taxista detenido no solo pierde una jornada: pierde comida. Un agricultor sin diésel no solo retrasa una entrega: retrasa una cadena entera. Un transportista parado no solo espera combustible: espera no quebrar. Cada fila es una radiografía del fracaso. Cada vehículo detenido es una pequeña derrota nacional.

Y mientras tanto, todo sube. Sube el transporte, sube la canasta familiar, sube la incertidumbre, sube el desgaste. El país entero se encarece mientras la esperanza se abarata. Lo más grave no es la inflación económica, sino la inflación emocional: ese agotamiento lento que empieza en el bolsillo y termina en el espíritu.

Bolivia vive hoy una forma de cansancio más profunda que la crisis. No es solo pobreza. No es solo escasez. Es agotamiento moral. Es esa sensación amarga de mirar alrededor y sentir que todo se mueve, pero nada avanza. Que cambian los nombres, pero no las condiciones. Que se renuevan los discursos, pero no la realidad.

La pregunta entonces ya no es solamente dónde está la gasolina. La pregunta es más dura: ¿dónde está el gobierno? ¿Dónde está la capacidad de anticiparse? ¿Dónde está la gestión? ¿Dónde está la diferencia entre administrar una crisis y simplemente narrarla?

Porque gobernar no es describir el problema. Gobernar es evitar que se vuelva costumbre.

El ciudadano no necesita un relato. Necesita resultados. No necesita explicaciones infinitas sobre el desastre heredado. Necesita señales presentes de que el desastre no continuará. No necesita épica. Necesita eficacia.

Señor presidente, un país no se mide por sus discursos, sino por sus estaciones de servicio. Por la tranquilidad de su mercado. Por la confianza de su gente. Por la sensación íntima de que mañana puede ser mejor que hoy.

Y hoy Bolivia no siente eso.

Hoy Bolivia siente cansancio. Siente rabia. Siente miedo. Siente que la fila ya no es una emergencia, sino un destino.

Y un país que convierte la espera en costumbre no solo pierde tiempo.

Pierde futuro.

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