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La extinción de los poetas  

Márcia Batista Ramos

En la guerra no hay poesía. Falta todo. Y nadie puede hacer nada. No porque falten palabras, lo que pasa es que sobran los silencios. Los humanos, pierden la esperanza antes de perder la razón y en las guerras, en medio del pánico se olvidan de las palabras, como quien deja el tarro de mermelada abierto y corre para alejarse del incendio.

Los bloqueos son otro tipo de guerra: una guerra sin uniformes, sin himnos, sin relato heroico. Criminal de cualquier manera. Porque el sufrimiento siempre es para los inocentes.

Perpetuamente cada uno queda librado a su suerte, sin pan y sin agua, con el cuerpo convertido en frontera y el miedo haciendo guardia en la garganta, revoloteando en el estómago.

La palabra se vuelve superflua cuando el frío muerde los huesos y la espera se prolonga como una herida abierta que no deja de sangrar.

El frío y el miedo no dejan espacio para las palabras. No hay metáfora que caliente las manos, ni verso que detenga el temblor. Los poemas se deshacen antes de ser escritos, como el aliento en el aire seco del altiplano.

Los versos mueren con las bombas y con los bloqueos en los caminos.

Mueren despacio,

sin ruido,

como muere la confianza en el mañana.

La poesía no resiste el hambre ni logra negocia con el terror.

Los poetas, como soldados aprisionados, apenas esperan que el tiempo pase y que un día —si llega—sean desbloqueados.

No escriben, apenas sobreviven. No cantan, cuentan las horas como quien cuenta las últimas cerillas. A veces los poetas sueñan con pan y vino frente al fuego del hogar. Sueñan con una mesa, con una conversación sin sobresaltos, con la tibieza de una voz conocida. Mientras tanto, lamen los labios secos en una carretera del altiplano seco, mirando un horizonte seco que no promete nada.

Precisamente, en ese país que asesina la esperanza no se fusila a los poetas, apenas se los deja sin palabras, sin tiempo, sin futuro. Bloqueados en medio de la nada. Sin camino. Sin certeza…

Así ocurre la extinción de los poetas: no por exceso de muerte, sino por agotamiento del sentido.

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