La distancia es la mejor verdad para el periodismo

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Es comprensible la indignación del periodista cuando escribe una noticia en la que narra un asesinato perpetrado contra un indefenso. Desde luego que tomas una posición clara: está a favor de la vida.

Y hoy que dispone de redes sociales, expresa su indignación, vierte juicios y condena lo que le consterna.

Sin embargo, radios, canales o periódicos no pueden hacer eso, de manera evidente, en sus notas informativas. Porque uno de los pilares importantes que sostiene la credibilidad del periodismo es la distancia.

Aquí, distancia no significa «alejamiento, desvío, desafecto, separación…». Todo lo contrario. Implica respeto al periodismo, porque los periodistas se deben a él antes que a sus fuentes de información o ante los hechos que narran, por muy crueles que sean. Sobre todo en una simple noticia.

Recordemos que una cosa es informar y otra es opinar. Cuando se opina, se toma partido.

Así, en un artículo o en una columna, el periodista sí puede, a título personal, expresar y condenar aquello que le indigna.

Y el mismo medio está llamado a asumir una posición desde su página editorial. Y lo hace, por lo general, en defensa de la vida y a favor de lo que considera «justo».

Pero frente al dolor ajeno, se ha vuelto más evidente, gracias a la inmediatez de la tecnología, esa tendencia periodística que sostiene que vivimos una época en la que la opinión del reportero es válida para las notas informativas.

Otros expertos sostienen que por la forma en cómo un periódico titula sus notas ya expresa una elección.

Es correcto, pero cabe añadir que en las notas informativas urge ser equidistante con los datos y hechos que se manejan. No ir a un lado en detrimento del otro.

El experto en ética periodística, Javier Darío Restrepo explicó que los periodistas estamos llamados a brindar explicaciones fáciles a temas complejos.

Y explicar no significa juzgar. Se explica para comprender; se juzga cuando creemos que la verdad nos habita. Pero la verdad en periodismo es relativa, tanto que es dueña de sí misma…

Otro tema muy diferente es cuando un medio asume una posición política; lo que, también, está reñido con la premisa de la distancia y el respeto al público.

Ocurre también que –a título de verdad– algunos medios hacen del periodismo un cuartel de combate para atacar la imagen del gobierno con el que no están de acuerdo. Priman intereses políticos, desde luego. Así, esos medios exponen su credibilidad. Deberían ser honestos y develar su verdadera intención. En tiempo de elecciones hubo periódicos estadounidenses que se declararon partidarios de un candidato en particular.

Pero la gente no es tonta; ya sabe que esos medios difunden los intereses de alguien. Se trataría, entonces, de una relación político-económica.

No es ese el periodismo intencional. Él lucha por la justicia, pone sus esfuerzos para que la sociedad sea más equitativa con los indefensos y critica a los poderes constituidos sobre la mala administración del Estado. Eso no se puede callar.

La distancia en periodismo nos puede ayudar a reconocer cuándo los periodistas nos equivocamos.

Por ejemplo: un periodista no toma distancia con sus fuentes de información cuando les trata de tú o cuando les llama por su primer nombre, como si fueran grandes amigos. No es correcto; y aunque lo fuesen, eso no interesa a los lectores y hasta incomoda.

Incurre en el error cuando une en una sentencia la voz de la fuente de información con la del narrador de la noticia y crea una ambigüedad, y no se sabe quién está hablando. Y aunque sí se pueda deducir, el periodista da a entender que está de acuerdo y apoya lo que su fuente de información dijo: «Esta mañana, en conferencia de prensa, la ministra de Salud, Ariana Campero, ha dicho que “vamos a combatir al mal de Chagas en tiempo récord”». La distancia queda decapitada con ese «(…) ha dicho que “vamos a (…)”».

No se pone también una distancia prudente cuando el periodista escribe «nuestro país», «nuestra región», «nuestra ciudad»…

Cuando la Policía califica de «sujeto» a cierto sospechoso de una violación, de un asesinato, de un crimen o de un robo, el periodista transcribe, sin quitarle una coma, la sentencia del funcionario policial. Y el editor da por válida esa condena, –cuando bien sabe– que no es lo correcto.

Hay que tener presente –dice Ryszard Kapuściński– «que trabajamos con la materia más delicada de este mundo: la gente. Con nuestras palabras, con lo que escribimos sobre ellos, podemos destruirles la vida».

Cuando el periodista llama «bandos» (como si se tratara de una guerra) a aquellos sectores discordes sobre un tema en particular: movimientos sociales contra la Policía; peor si ya hubo enfrentamientos.

En muchas notas de prensa sobre los nueve funcionarios bolivianos detenidos en Chile en la cárcel de Alto Hospicio, he leído frases como los «connacionales».

Aquí, el periodista toma posición; aunque sutil, posición al fin, porque no pone una barrera entre lo que cuenta y lo que siente.

Sobre el mismo tema, el periodista toma por verdad la versión del Gobierno boliviano que sostiene que los nueve detenidos luchaban contra el contrabando, como si eso le constara de manera evidente al periodista que firma la nota.

Y los demás medios repiten esa sentencia sin darse cuenta, o asumen también esa posición política del Gobierno que, como periodistas, no les compete.

Que los gobiernos de Bolivia y Chile no tengan un trato cordial ni relaciones diplomáticas no es un asunto que debería afectar a los medios de ambos países, porque –en teoría– los intereses de los medios son otros; el más importante, la verdad de los hechos. Es el único interés que el periodismo debería defender como su bien más preciado.

Pero la verdad es tan ambigua, que pasa desapercibida. Está con y entre nosotros los periodistas, pero no sabemos ni notamos de su presencia y tampoco podemos reconocerla.

Se llega a esa conclusión por lo que se lee en los medios sobre estos casos: nos falta debate y nos falta el entrenamiento adecuado para acercarnos a esa verdad.

Un truco útil es emplear la palabra supuesto. Esa es la frontera que divide lo que no sabemos frente a la verdad; lo que sentimos, frente a lo real.

Que sea la justicia la que diga si los nueve detenidos son o no culpables del supuesto robo de camiones que se les incrimina.

Que sea la justicia la que determine, a través de un proceso justo, si ese sospechoso es un asesino, un ladrón, un violador…

Pero, tal como se puede apreciar, por lo general a los medios les cuesta mantener la distancia entre lo que narran y su circunstancia.

A todas luces se impone una investigación periodística minuciosa, que sepa manejar los hechos y exponerlos con justicia, sin rayar en extremos textuales, inclinaciones subjetivas, nacionalistas y/o aseveraciones no comprobadas.

Así, la verdadera patria del periodista es la verdad; su patrimonio, la credibilidad, ganada a través de esa distancia de la que hoy hablamos.

Poeta, escritor, periodista y editor de textos