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La democratización de la estupidez

Hace unos días, dejando de lado mis desavenencias con las redes sociales, a las que de todas maneras recurro con fines constructivos y en ocasiones con intenciones amistosas, leí un comentario de un X, de los que el mundo está plagado, en contra de un intelectual de quien sí sé su trayectoria, tanto en el plano profesional cuanto en el de sus virtudes morales, un comentario que, matizando entre lo supino y lo vulgar y siguiendo la “línea” de algunos trasnochados que se las dan de estudiosos, se amparaba en las redes sociales para destilar el veneno que nunca le permitiría en algo destacar.

Ese post me hizo trasladarme mentalmente a 30 años atrás, cuando de manera informal un amigo me habló del internet por primera vez y del que me dijo que era un invento tecnológico orientado a democratizar el conocimiento. Hoy, las experiencias de su uso nos demuestran ampliamente que, en lugar de ser un ágora de sabiduría, aquellos que deciden dar el uso que aquel X ha decidido darle, se esconden detrás de una máscara que los hacen valientes para vilipendiar y despojarse de toda medida de inhibición moral y responsabilidad.

Y la verdad es que ese tipo de ataque no tiene origen en ninguna discrepancia de ideas, sino en una envidia que busca socavar los méritos ajenos para aliviar la propia sensación de insuficiencia. Es por eso que el descrédito no es solo un ataque personal, sino una afrenta a la verdad. Y es que el ciberacoso como el de marras persigue voces capacitadas, desempeños excelsos y referentes éticos, con el fin de proscribirlos del pensamiento crítico, para lapidarlos mediáticamente.

Las redes sociales (soberbio adelanto de la técnica) no son nocivas per se. Las hacen tóxicas las legiones de mediocres que deciden democratizar la estupidez, en vez de universalizar el uso edificante de las mismas. Es el usuario el que determina el fin de su uso; pues en casos como el que motiva esta columna, se hace abstracción del respeto y de la verificación de datos. La calumnia o la difamación ocultas detrás de una “libertad de expresión” son más que un comportamiento que afecta la honra de sus víctimas, y eso, para el afectado, puede tener consecuencias psicológicas, pero para el autor del delito, con seguridad, secuelas jurídicas.  

Ser un buen ciudadano digital supone ser poseedor de la misma honestidad y valentía que el intelectual demuestra en su obra, sin recurrir al insulto o a la diatriba, y más bien empleando la crítica culta y de dominio del tema o asunto que se decide enjuiciar; trazando una línea imaginaria entre la libertad de expresión y la vulneración del honor si no se quiere incurrir en el cómodo mecanismo de la denostación digital, que no es un territorio sin ley, más por el contrario, que tiene repercusiones jurídicas severas, cuando el soporte son las diferentes plataformas de las redes sociales, cuyo nivel de publicidad es hoy en día su agravante principal. Qué internauta habitué podría ignorar que las redes sociales son como un altavoz, por lo que el daño a la reputación, cuando la víctima goza de un prestigio conocido, hace que el agresor se vaya hundiendo en el lodazal de su envidia, logrando únicamente hacer crecer más a aquél.

Existe mucha gente que, estando en la mirada del ojo público, está expuesta al insulto y la difamación, a la que no le afecta esa manera de agredir, y eso sucede con quien tiene solidez emocional y madurez mental. Aun así, y por muy veloz que sea la propagación, como efectivamente lo es, y a pesar de que la víctima haga caso omiso a esto que es una pedrada en la nuca, la honorabilidad es el bien que se está pretendiendo dañar y ello se evita en la medida en que la sociedad sea más crítica y no comparta información sin verificar, una sociedad que tenga presente que detrás de cada perfil hay una vida humana, una familia y una trayectoria que merecen respeto. Del otro lado hay un delincuente que trafica con la tecnología y que no sabe que la libertad de expresión no ampara insultos ni imputaciones falsas.

Pero, en contrapartida, todavía hay internautas que democratizan el buen juicio y la prudencia. Más bien.

Augusto Vera Riveros es abogado

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