La cuestión del mar

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Sergio Almaraz Paz (1928 – 1968)

El sentido evasivo del pensamiento político boliviano encuentra su mejor expresión en la sobrevaloración de la cuestión marítima. Un dirigente político ha dicho que “todo nuestro atraso se debe a la pérdida del mar”. Una afirmación tan absoluta requiere, para ser aceptada, por lo menos una hipótesis. Estamos ante un hecho histórico: la guerra de 1879, guerra injusta, ruin, incitada por intereses ajenos que fueron realmente los únicos vencedores. Ahora lo que hace falta es sustituir la abstracción por una hipótesis de dos lados: que se nos demuestre lo que puede ser el país sin la pérdida o, de otro modo, señalar las posibilidades ideales en el primer caso. Para conocer un fenómeno reductible a la experimentación (y los de la historia no son experimentables), se debe empezar por la hipótesis. En el terreno de la historia cabe la hipótesis. ¿Por qué no se nos presenta un cuadro racional de posibilidades negativas y positivas que nos permita apreciar en términos más o menos concretos lo que significa el contacto marítimo para los bolivianos? ¿Es razonable e intelectualmente honesto afirmar como una ciega verdad que todo nuestro atraso se debe al desgraciado problema de 1879? No seamos irresponsables en el razonamiento porque nuestra encendida irracionalidad puede ser el mejor medio para suministrar argumentos para sostener la tesis contraria. Con alguna habilidad silogística no faltará quien demuestre que el progreso boliviano, si no empieza, por lo menos coincide con el 1879 (Huanchaca, Arce, el ferrocarril, etc.).

La historia (que es el terreno del que viene el pensamiento político al que se dirige y muere finalmente en él, transformándolo) no puede ser concebida con el rudimentarismo patriótico escolar. Por otra parte, no podemos continuar formando generaciones de niños traumatizados por desgracias irreparables engendradas por la sordidez humana y ante las cuales no cabe sino “la reparación por la violencia”. Y mientras no llegue el momento de abofetear el rostro del enemigo, esos niños sufrirán lo que hoy sufren muchos hombres maduros y viejos: la humillación de la impotencia. Hay que acabar con el masoquismo histórico. Los partidos políticos en Bolivia están obligados a hacerlo. Hay diversas formas de desequilibrio moral, pero la más difícil de curar es la que afecta a un conjunto colectivo, dándole la sensación de invalidez moral. Debemos decirlo llanamente: no nos creemos inválidos. Los de hoy no tenemos que pagar las cuentas de una oligarquía estúpida y los del mañana no deben recibir un infortunado legado de los que actualmente echamos semillas en los surcos de la historia.

Los partidos políticos no pueden continuar por más tiempo con el fuego ilusionista. ¡Al fin y al cabo, el 1879 no es Versalles para los bolivianos! AL fin y al cabo, Antofagasta no es otra cosa que cobre y ese cobre tiene un nombre que no es chileno, se llama Chile Exploration. Los dueños no son esos pobres “nortinos” quemados por el sol, la arena y la miseria.

La política tiene algún sentido comprensible, es decir “aconsejable” en el curso histórico, cuando es objetiva. ¿Y qué es la objetividad histórica (política)? Es la formad e traducir determinadas necesidades que existen como realidades en el suelo y subsuelo histórico. Nosotros lo bolivianos estamos cercados por realidades atenazantes: bajos salarios, industrias deficitarias, analfabetismo, minería subdesarrollada, etc. Cada uno de nuestros problemas (esas pequeñeces domésticas que merecen el desprecio de nuestros talentos olímpicos) son diez veces más sombríos que todo el Pacífico porque injustamente de ellos depende miles de vidas bolivianas. Más le vendría a un niño del Altiplano ingerir algunas proteínas en su dieta diaria que atiborrarlo con discursos vengativos que no le salvarán del raquitismo, pero le envenenarán el alma.


(Cultura Boliviana, Oruro, febrero de 1965)