Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Reflexiones sobre el porvenir y el pretérito en un escenario majestuoso en blanco y negro. No solo se trata del hombre y su caótico trashumar histórico, también de la naturaleza y de cómo su destrucción y su olvido añaden a lo anterior en una alocada carrera hacia un anunciado fin.

Resalto, otra vez, la gran cinematografía de este documental, donde la cámara y sus tomas son objetos poéticos. Tanta es la lujuria de lo visual que hasta se podría entender el mensaje del filme sin una narrativa hablada.

Mucho se puede decir del argumento pero trataré de ser conciso. ¿Conquistar ruinas? Hasta suena paradójico. Pero el ser humano siempre ha construido sobre ellas, sobre los remanentes del ayer que sin respeto ha ayudado a destruir. La mítica Troya de Schliemann es en realidad varias ciudades montadas una sobre otra. Así en Buenos Aires (refiriéndome al documental) villas privadas, countries, se levantan sobre antiguos enterratorios indígenas. La cantera de Orcoma, en Cochabamba, que sirve para la producción de estuco, guarda restos de culturas prehispánicas que son dinamitados a diario y desaparecidas ellas de la memoria. Condena del hombre de devorarse a sí mismo. Condena impuesta a sabiendas, canibalismo puro.

Varias historias al respecto se entrelazan en la cinta, entre Argentina y Bolivia. Sin ánimo analítico, los personajes entrevistados se refieren a la trascendencia, qué queda de lo antiguo y qué quedará de nosotros. Quizá sombras gimientes, penantes de escalofrío, las que aparecen en el sueño o la solitud, miedos colectivos de ser perecederos para terminar como fantasmas.

Huesos de dinosaurios salen a la superficie. Pulidos, muestran realidades largamente perdidas. El hombre de hoy avasalla sin respeto el pasado. Cuando todo termine qué ha de quedar: la huella del concreto, ruinas que ya no serán conquistadas porque todo estará extinto.

Producida por Rodante Films, de Ariel Soto-Paz, y Pensilvania Films. Imperdible.