Haydi Shannel Peláez Córdova

Lloraba desconsoladamente la familia, mientras era enterrado en una fosa, el hijo menor.

Carlos, un amigo mío de la primaria, en medio de la pandemia, salió de su casa con su amigo en una moto.

-Vamos a una fiesta- dijo Martín.

-Sí, a divertirnos- respondió Carlos. 

Gastó sus ahorros y compró ropa nueva para ir a la fiesta.

Él tenía una novia, Lucrecia. Ella lo amaba mucho, por eso no estuvo de acuerdo en que vaya.

-Tengo miedo – dijo Lucrecia.

– No va a pasar nada – contestó Carlos.

– Y si te contagias, te puedes enfermar, cuídate por favor – replicó Lucrecia.

– Me cuidaré – respondió Carlos.

Era las nueve de la noche, Carlos y Martín estaban listos para subir a la moto e ir rumbo a su destino, la fiesta.

Estaban a mitad de camino, ninguno de los dos se dio cuenta que un camión venía delante de ellos. Cuando menos lo esperaban chocaron.

El impacto fue tan violento que el cuerpo de Carlos quedó destrozado, al salir volando de la moto. Por otro lado, Martín, quien iba con casco, sí logró sobrevivir, pero tuvo fuertes heridas.                                                           

Al poco tiempo, la noticia del accidente corrió rápidamente. Algunos reporteros al lugar del incidente. Así todos nos enteramos de la muerte de nuestro gran amigo. Esa misma noche, sus padres ya habían recibido el funesto suceso.

-Él falleció, lo siento – dijo aquel policía en la llamada.

La madre sin saber qué hacer y llorando desconsoladamente, fue a la morgue y reconocer el cuerpo de su hijo. Cuando lo vi, estaba irreconocible, su cuerpo estaba bañado de sangre, con la cara aplastada y el pecho abierto por las heridas.

-Él es – dijo la madre.

-Lo siento mucho – respondió el doctor.

En la tarde del día siguiente, ya estábamos listos para asistir al funeral de nuestro amigo, entre llantos y tristeza. Caminamos hasta el cementerio. El dolor era tanto que sus padres se desmayaron en medio de la gente.

El féretro fue depositado en la tumba. Su familia, amigos y su novia lloraban desconsoladamente. El cielo se tornó gris, mientras el viento gemía tristemente.

Ahora yo lo estoy esperando con los brazos abiertos en el paraíso.