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Inteligencia artificial y dinosaurios lactantes

Publicada la semana pasada, la noticia da cuenta de  que el programa de inteligencia artificial AlphaFold, propiedad de la compañía DeepMind de Google, “consigue predecir cómo las proteínas adquieren su forma plegada con una resolución equivalente a la de los métodos tradicionales, que cuestan millones de dólares y demandan décadas de trabajo”. Es “un resultado nunca alcanzado antes por humanos” -continúa la información- que presagia la proximidad de una época en que la inteligencia humana será sobrepasada por la artificial, con consecuencias insospechadas en todos los órdenes.

Es probable que en la situación que vive el mundo, la novedad pase más o menos desapercibida, para no hablar de lo poco que impacta en una sociedad como la nuestra, sumergida, más que otras, en incertidumbres dolorosamente más primarias que avances tecnológicos, casi ininteligibles, en nuestras circunstancias actuales.

Sin que todavía haya concluido de digerirse lo que suponen unos resultados electorales que, a diferencia de los votos triunfantes en 2005, expresaban un potente ánimo y expectativa de transformaciones, hoy reflejan una mayoritaria corriente conservadora, comprobamos la perplejidad de un equipo gubernamental que no atina a hilvanar  las medidas requeridas para enfrentar los problemas sanitarios, económicos, sociales y ambientales que tenemos al frente.

Con un recorte cercano a la mitad de los ingresos fiscales, debe cumplir obligaciones ampliadas frente a la pandemia, entre las que sobresale la obligación de proporcionar alternativas eficaces e inmediatas a la crítica situación de cientos de miles de familias que están retornando a la pobreza, mientras la pérdida de fuentes de trabajo no cesa. 

No es necesario recurrir a la inteligencia artificial para entender que más allá de ayudas y créditos, necesitamos crear nuevas fuentes de ingresos por fuera de los hidrocarburos, cuya época de sostén central de nuestra economía se aproxima a su fin; en tanto que la minería requiere inversiones que están fuera de nuestro alcance.

Debe entenderse que estamos obligados a transitar hacia una nueva economía, que requiere el máximo respeto y cuidado con la naturaleza, porque nuestra sobrevivencia y medios de vida dependen cada vez más de ella.  Simultáneamente, es necesario cortar las fugas que supone la costosa “alimentación” de esas enormes inversiones frustradas que se llevaron una parte considerable de lo que pudieron ser utilidades en el tiempo de los buenos precios del gas y otras materias primas.

Obras enormes con precios más grandes todavía, mal planeadas siempre, deficientemente ejecutadas casi continuamente, y con mentalidad desarrollista arcaica infaltablemente, que las ha llevado a convertirse, no en elefantes blancos, sino en verdaderos dinosaurios que ingieren ávida e implacablemente ingresos cada día más escasos.

Entregarles recursos a obras supuestamente productivas que no producen, de transporte que no mueven carga ni pasajeros o cualquier otra similar es quitar alimentos, asistencia médica o educación a familias cada vez más desprotegidas y en riesgo vital.

Nutrición, asistencia médica, educación, puestos de trabajo son las prioridades que no tienen que ser sacrificadas, con el único propósito de justificar o aparentar que se hizo bien, cuando aplastantes evidencias muestran lo contrario. Lo mismo puede decirse sobre mantener inversiones y esfuerzos en sectores que precisan plazos excesivos de maduración, altos niveles de riesgo e insostenibles costos ambientales.

En un momento en que el nuevo gobierno cuenta todavía con una reserva de buena voluntad colectiva, que trata de ilusionarse ante gestos tan pequeños, como que el Presidente opte por viajar en aerolínea comercial, en vez de usar la flotilla aérea para  burócratas ultraprivilegiados, está obligado a retribuirla con prontitud y reciprocidad.  

Eso significa plantear francamente los grandes retos que tenemos al frente y la necesidad de reflexionar, deliberar y actuar aunadamente para encarar la emergencia e iniciar las profundas transformaciones productivas, energéticas, ambientales y de funcionamiento institucional y democrático que no deben continuarse postergando.

Roger Cortez es director  del Instituto Alternativo.

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