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Turril no, con suerte tutuma

Este domingo 5 de febrero, Carlos Valverde Bravo publicó en este diario su opinión acerca de “Sobre un Barril de Pólvora. Biografía de Hernán Siles Zuazo”, escrito por Isabel Siles Ormachea y yo. Su texto titula “Un Turril de Omisiones” y se concentra en el conflicto ocurrido entre Santa Cruz y el Estado central durante la primera presidencia de Siles. Los vacíos que Valverde asegura haber hallado en nuestra indagación no alcanzan para llenar un turril, a lo sumo si acaso, una tutuma. De ello no debe inferirse que minimice yo la contribución de Valverde al debate. Al contrario, le quedo tan agradecido que rindo cuentas acá de lo narrado.

El conflicto entre Siles y Santa Cruz debería ser visto tomando en cuenta varias dimensiones paralelas con las cuales nos evitaríamos caer en la simplificación.

Los hechos dolorosos de 1958 se dieron en medio de la división interna de FSB entre Gutiérrez y Únzaga, el cierre de los tres campos de concentración establecidos por el primer gobierno del MNR, la dislocación de fuerzas con poder de fuego en el seno del movimientismo y la lucha justa de Santa Cruz por acceder al 11% de las regalías de su producción petrolera.

Como se sabe, Siles fue el primer presidente electo por el voto universal, pero también un ensayo para que el MNR gobierne prescindiendo de Paz Estenssoro. Por ello, juró a la presidencia con campos de concentración clausurados y una bancada falangista de cinco diputados. Dada su amistad con Óscar Únzaga de la Vega, jefe de FSB, y con el propio Melchor Pinto Parada, presidente del Comité Cívico pro Santa Cruz, Siles aspiraba a inaugurar la ansiada convivencia pacífica entre gobierno y oposición. Para ello el Congreso, que se reabría después de un lustro de fricciones, aprobó una amnistía política amplia. Ello, junto a la liberación de todos los presos políticos, buscaba afianzar el flujo manso de las diferencias. Así estaba pensado.

Gracias a Walter Vásquez Michel (2010), exmilitante de FSB, sabemos que la decisión de Únzaga no fue perdonar a sus verdugos, sino usar las elecciones para organizarse y preparar un levantamiento armado que derrocara pronto al MNR. Y fue en Santa Cruz, donde la militancia falangista recibió con mayor fervor la decisión de su jefe. Por eso, se mimetizó en las demandas cívicas cruceñas logrando fundirse con ellas al grado de convertirse en el ala radical del comité. Al jefe de FSB, un cultor de la unidad nacional, aquello le parecería un dislate separatista.

A su vez, el MNR era prisionero de tendencias radicales, expresadas en las milicias campesinas de Cliza y Ucureña, la beligerancia de Luis Sandóval Morón, héroe popular de la reforma urbana en Santa Cruz y los funcionarios del Control Político, colilla humeante de los campos de concentración clausurados. Dichas fuerzas azuzaban un movimientismo desbocado, con el que Siles discrepaba, al que no controlaba y que cayó holgadamente en la provocación tendida por la oposición falangista anidada en Santa Cruz.

Armado de la tesis doctoral de Hernán Pruden (2012), “Sobre un Barril de Pólvora” muestra el modo en el que el Presidente cabalgó entre toros bravíos. No solo convocó a Don Melchor para escuchar su demanda y procesarla hasta alcanzar su aprobación, sino que tomó un avión para comparecer a pecho descubierto en la plaza de Santa Cruz. Cualquier observador atento constatará que ya cuando la exigencia cruceña había sido resuelta, la fracción cruceña de FSB, en contra del criterio de Únzaga, optó por un levantamiento armado, que terminó abortado justamente por su aislamiento. Ese hecho alentó la reacción igualmente rabiosa del MNR que arrojó los cuatro muertos de Terebinto.

En el libro nos rehusamos a acusar a Siles de las violaciones cometidas por el movimientismo, porque no existe evidencia de que él las hubiera impulsado o siquiera justificado. ¿Pecó Siles por omisión? Sí. Como presidente debió haber protegido a sus enemigos como sí lo hizo, por ejemplo, con los presos falangistas entre los que estaba Vásquez Michel el 19 de abril de 1959. ¿Nos hicimos de la vista gorda como narradores? Nunca. Consignamos todos los datos incómodos al punto de que Valverde los usa para ejercer su crítica a la biografía.

A Santa Cruz y a FSB les tocaría quizás perdonar a Siles como lo hicieron, por ejemplo, en 1971 con Paz Estenssoro. ¿No será que son tan implacables con Don Hernán, solo porque él encabezó un frente de izquierda, la UDP; al que en 1979 no dejaron aterrizar en el Trompillo? Allí sí pusieron turriles y muchos.

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